Descubriendo el alma de Toluca

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Inmensa como el océano, majestuosa como una bandera a toda asta, imponente como un sol de verano, impresionante como una luna rosada.

Para una adolescente que viene del campo, es imposible no quedar de su gloria anonadada.

La ciudad de los sueños, se mostraba ante mí, poco a poco, como un sol mañanero, sin prisas, como ojeando detenidamente cada página de sus fulgores para presentarse detenidamente ante el asombro de mis ojos, junto con sus distintas acuarelas y su señorío de deidad viviente.

Con tanta naturalidad, como si el viento mismo la fuera provocando para hacer su pasarela de impacto y emociones. Ante la embriaguez de mi mirada y la fascinación de mis pensamientos asombrados e inquietos, recibiendo en cada molécula de mi ser, una invitación a internarme en el mar de sus adentros. Mientras que mis pupilas permanecían estáticas y llenas de interrogantes, al tener al alcance de mis manos y tocando con la reverencia de mis pies, a su majestad, la ciudad de Toluca. La reina de los valles del estado de México, quien se mostraba ante mí, desnuda de alma y vestida de estaciones de todos los tiempos.

¿Qué me impactó más de ella, cuando, en pleno uso de razón, la vi por primera vez? Es difícil describirlo, la impresión, la emoción y el encantamiento, los sentí en cada parte de mí a cada paso que daba en sus benditas tierras de versos. Los que producían en mi interior, un cúmulo de emociones que me hacían sentir, tan pequeñita bajo su cielo infinito de poemas que me invitaban a descubrir todo lo que guardaba y me quería cantar con cada una de sus rimas.

El estar encandilada por su fulgor, era inevitable y, boquiabierta por su esplendor, imprescindible. Desde la entrada del Paseo Tollocan, cuyo nombre, es representado y sostenido por dos palomas blancas, que me daban una bienvenida de paz y libertad y que yo, ensimismada, asociaba con el alma de la ciudad.

Y en todo mi recorrido, un contraste maravilloso entre asfalto y naturaleza; múltiples vehículos circulaban, dejando ver la pujanza y el dinamismo de sus habitantes. Mientras que sus arboledas y el manto verde de su césped, me conectaban con la creación de Dios, que me transmitía paz y calma a medida que los miraba. Sin dejar pasar a las celebridades que, con su presencia, me dejaban ver la gloria de sus historias, como duendes que me hablaban.

La ciudad de los sueños me sonreía y, en mi caminar, me ofrecía sus mieses y sus néctares, sus colores de arcoíris y los sonidos de sus campas al repicar.

En cada una de sus calles encontraba algo diferente; algunas, por sus nombres, otras, porque me llevaban a las páginas del libro de su historia. Todo era como ver desfilar, por los senderos de mi memoria, los importantes personajes (Juárez, Josefa Ortiz de Domínguez, Hidalgo, Morelos, Aldama, Allende, Lerdo de Tejada, etc.), que han dejado sus indelebles huellas, con su emblemático andar, por los distintos paisajes de la patria.

En cambio, a los caminos y veredas, a veces solitarios, en mis andanzas por los campos de mi niñez, las inmensas avenidas y las calles pobladas de Toluca, me eran realmente impresionantes. Los atractivos de sus vías iluminadas por los escaparates y que parecían de ensueño navideño.

Todo era ella, mi Toluca bella, que me invitaba a seguir, al tiempo que me aconsejaba estar concentrada si no quería ser arrollada por algún vehículo al cruzar, o por la multitud de personas que me rodeaban, a la espera de cambiar de acera y ese semáforo con su luz verde me lo dijera. Colores que me asombraban al ver cómo todos los respetaban. Ahí, en medio de aquel bullicio, mi hermosa Toluca, con cariño, me decía: Aprende la lección, chiquilla, que te será necesaria para andar nuestras calles y avenidas.

Sus arterias de ciudad colosal me impresionaban, pero también provocaban que mis piernas tambalearan. ¡Qué distintas eran a los campos y veredas de mi niñez!

Entre más me introducía en su corazón, más llamaba mi atención. Ella me seguía invitando a continuar descubriendo lo que escondía en cada pliegue de sus latidos. Y es por eso que la veía tan magnífica y atractiva como impresionante, tal que un sol nuevo que se ponía a mi alcance.

En aquellos momentos de mi vida, ver tantos vehículos rodando al mismo tiempo, no sólo me impresionaba, sino que me atemorizaba, pero no podía olvidar que todo era parte de ella, y yo, dejándome guiar por su estrella.

Su transporte urbano, ¡de película de acción! Aprender a moverme en él, tuvo su chiste y por qué no, también su encanto, buscar el equilibrio para no tropezar y caerme mientras estaba en movimiento, fue toda una odisea: Me subía en él, extendía mi mano para pagar y el chofer, sin avisar, arrancaba de improviso y, con la velocidad que llevaba y yo aprendiendo, me mandaba hasta la parte de atrás, sin darme tiempo a pagar.

– ¡Señorita, señorita, su pasaje, por favor! Escuchaba al chofer gritar y yo, más roja que un tomate, regresaba a pagarle.

Conocer su corazón (centro de la ciudad) era como estar delante de un castillo de cuentos de hadas, lo que aumentaba, a la vez que mi curiosidad, la ilusión de estar en todo aquello que ella representaba. No se guardaba nada para sí, y yo tan contenta y feliz de descubrir lo que con tanta generosidad me mostraba.

Saber de sus construcciones con piedras volcánicas de canteras, de adobe, madera y herrería bien trabajada, me decían que Toluca, era poderosa y a la vez, manipuladora; me seguía susurrando al oído, quién era y me insistía en que la siguiera descubriendo a través de sus Portales, de su Catedral, en la Plaza de los Mártires, en el Teatro Morelos, el Palacio de Gobierno, el Cosmovitral y la Ciudad Universitaria.

Conocer y ver a casi todas las carreras en un mismo lugar y, además, con estudiantes no sólo del estado de México y la República Mexicana, sino de otros países, con el sueño de llevar a cabo sus estudios en CU (Ciudad Universitaria) me demostraba su hospitalidad y su cualidad de buena anfitriona.

Su gente, cada una diferente, me lo comprobaba; sus propios sueños, sus propias historias y en común: el amor y el respeto por la ciudad de los sueños.

Había algo más profundo que me impactaba y me llevaba a reflexionar sobre sus secretos, los que podía sentir en el aire mientras recorría sus calles y avenidas, los que solía escuchar en el silencio, cuando me encontraba sola con mis pensamientos.

El espíritu que había tomado forma a lo largo de los siglos, era el alma de la ciudad; una mezcla de historias, culturas y su gente. La misma que se manifestaba en sus fiestas, celebraciones, su música y su danza, en sus comidas y sus bebidas. Eran espíritus libres, que se dejaban ver en la Plaza de los Mártires, en la Alameda, en el Cosmovitral, en los Portales y más.

Y el más importante, el de ella; un espíritu que se dejaba sentir en sus gentes, en sus sonrisas y sus lágrimas, en sus pequeñas historias y grandes sueños. Un espíritu que respiraba, hablaba y me miraba, y que no era otro que el alma de nuestra Toluca amada.

Me sigues impactando, Toluca, año tras año, con tus fulgores de estrella y tus lazos plateados de luna llena. Tú, que ondeas en mi corazón como águila en libertad y bandera al viento de la hermandad, me sigues llamando. Y es tanto el poder de tu voz, que eres parte de mí y yo, desde que te conocí, parte de ti, y, como un paréntesis en mi sentir, te quiero decir, que ya, sin ti, me sería muy, muy difícil vivir.

Hermosa Toluca, gracias, gracias por ser y estar… ¡en la realidad de mi bello soñar!