Diógenes el cínico. Las emociones del ser y del ego

Views: 899

La ontología o filosofía del ser también puede ser apoyada por la ciencia en todo lo que se refiere a las formas del ser y las del ego. Éstas podrían señalarse como las que están apoyadas por las emociones positivas: las formas del ser y las negativas: las formas del ego. Así es que vamos a comentar un poco acerca de la ciencia de estas emociones. Serán de gran utilidad las aportaciones involuntarias de Diógenes el cínico. Para comenzar hay que decir que gran parte del comportamiento animal y por ende del humano está regido por conductas innatas, que son requeridas para la conservación de la vida y preservación de la especie. Aquí podemos señalar las conductas alimenticias y de reproducción; las de defensa ante el peligro y de agresividad frente a una amenaza.

 

Este tipo de conductas poseen un fuerte elemento afectivo, que inclusive suele ser determinante, también tendrá manifestaciones viscerales muy variadas. De acuerdo con los estudios de la ciencia se puede aseverar que la coordinación de este vasto complejo de componentes somáticos, afectivos y viscerales se lleva a cabo gracias a la mediación funcional de las estructuras del sistema límbico. Ahora bien, las emociones representan la plataforma premotora que impulsa o frena la mayoría de nuestras acciones, las emociones se cuentan entre las más antiguas propiedades del cerebro. Éstas, se llevan a cabo en una estructura llamada rinencéfalo, cuya actividad soporta y genera por una parte nuestros sentimientos emocionales, pero por otro lado también se involucra en un conjunto de posturas motoras, autonómicas y endocrinas, que evolucionaron para disponer a la acción y como maneras de señalización social de una intención.

 

Es importante hacer la distinción de que los centros emocionales se potenciaron en la evolución humana mucho antes que los centros pensantes. La amígdala integrante del sistema límbico fue la primera zona en evolucionar, después se desarrolló el cerebro pensante ubicándose en la corteza pre frontal que nos da la capacidad de ejercer control sobre las emociones. Las emociones hay que considerarlas como aquellas respuestas estereotipadas y que son comunes a todos los seres humanos. Estas emociones son el resultado de péptidos moduladores liberados, de tal manera que su caracterización universal puede ser reconocida por la mayoría de las culturas.

 

Consideremos el siguiente proceso. La información acerca de un estímulo emocional recibido a través de nuestros sentidos ingresa al cerebro por el tálamo, y desde allí sigue dos rutas: hacia la corteza cerebral, donde se hace la evaluación cognoscitiva, o hacia la amígdala y el hipotálamo, que dirigen las reacciones corporales. El sistema nervioso autónomo crea movimientos viscerales internos, mientras que las rutas motrices voluntarias nos orientan y empiezan a activarse para los movimientos externos de luchar o huir. Expresiones de emoción como llorar o reír, están controladas por la amígdala y el tronco cerebral. Algunas emociones se expresan más corporal que verbalmente. Cuando una persona siente emoción, pero es incapaz de expresarla, sufre de alexitimia, porque carece de las conexiones neuronales entre las áreas de procesamiento emocional de la corteza cerebral y las regiones del cerebro que producen la expresión facial, verbal y corporal.

 

Las emociones positivas son beneficiosas para la química cerebral y hormonal y las negativas alteran sus niveles normales. Si a diario reforzamos conexiones neuronales y estimulamos la producción neuroquímica con la misma actitud nos volvemos adictos a dichos estados emocionales sin percatarnos conscientemente. Ahora bien, la amígdala neutraliza el raciocinio del cerebro pensante de la persona y emite una alarma instantánea mediante un flujo de neuroquímicosactivadores, la adrenalina, que invaden los sistemas del organismo, los neurotransmisores envían mensajes por todo el cuerpo y activan hormonas que influyen significativamente en las reacciones del sistema nervioso y en los sistemas orgánicos del cuerpo entero. Cuando la adrenalina arriba al corazón se produce un aumento del ritmo cardíaco, se cierran los vasos sanguíneos y por tanto aumenta la presión de la sangre, se abren las vías de aire en los pulmones, disminuye el movimiento de los órganos digestivos y aumenta el flujo sanguíneo hacia los músculos esqueléticos, para enviar rápidamente sangre a la piel y órganos que se preparan para reaccionar frente a la amenaza.

 

Se tienen evidencia científica de que la amígdala es el centro neurálgico del miedo. La ira es una emoción primitiva similar al miedo. Al sentirse amenazado un animal o un humano se presentan dos alternativas: huir o luchar. La ira fue necesaria en estado salvaje como mecanismo de supervivencia, pero en el actual estadio de evolución debe y puede ser controlada. Sin embargo, esta emoción si se vuelve habitual altera nuestra salud generando enfermedades coronarias. Una tristeza prolongada causa hiperactividad constante en la amígdala izquierda y en el lóbulo frontal derecho agotando y debilitando las neuronas en esas áreas por acabar con las reservas de neurotransmisores o porque estas sustancias químicas pierden la capacidad de transmitir mensajes llevando a la persona a sufrir depresión clínica. Es importante considerar que a pesar de ser en buena parte racionales, las emociones pueden esclavizar la racionalidad. Las emociones podrían ser la razón de nuestro deseo de sobrevivir y de nuestra inspiración y las propiedades y vicisitudes del yo emocional constituyen lo que conocemos como nuestra humanidad.

 

Propuesto inicialmente por Digman (1989) y Goldberg (1992), el modelo de los cinco grandes factores de personalidad Big Five Model nace de una estrategia de investigación diferente. Se encontró que los descriptores de la personalidad disponibles en el lenguaje habitual de las personas se agrupaban consistentemente, mediante análisis factorial, en cinco dimensiones. Desarrollos posteriores llevaron a McCrae y Costa (1997) a proponer un modelo de cinco factores independientes, que se repetía en estudios transculturales: extraversión, neuroticismo, meticulosidad, afabilidad y apertura. El modelo aportó evidencia empírica, convirtiéndose en la teoría predominante en las últimas décadas sobre la estructura de la personalidad humana.  No obstante las fuertes críticas por tratarse de un simple artefacto psicométrico tenemos la primera muestra explícita de consenso sobre la que profundizar en las dimensiones primarias de la personalidad.

 

De acuerdo a las investigaciones científicas se infiere una posible validez  respecto a sugerir que  existe relación  entre  la  acción  de  neurotransmisores  y  los  rasgos  de personalidad,  admitiéndose que  existe  la  posibilidad  de  que  los distintos  sistemas  neuroquímicos  puedan  ser  modulados,  durante  el  proceso  de crecimiento cerebral,  por  elementos  educacionales  o sociales. Partiendo del diseño de McCrae tenemos el acrónimo OCEAN:  (O) Apertura: fantasía, estética, sentimientos, acciones, ideas y valores. (C) Responsabilidad: competencia, orden, sentido del deber, necesidad de éxito, autodisciplina, deliberación. (E) Extraversión: cordialidad, gregarismo, asertividad, actividad, búsqueda de emociones, emociones positivas.  (A) Amabilidad: confianza, franqueza, altruismo, modestia, sensibilidad hacia los demás, actitud conciliadora.  (N) Neuroticismo: ansiedad, hostilidad, depresión, ansiedad social, impulsividad y vulnerabilidad.

 

Aquí es donde aparece nuestro Diógenes dopamínico displicente con el placer sensorial y el sexo a los que toma  como componentes inherentes del ser humano y a los que contempla como una necesidad perentoria al modo en  que también hay que solventar el hambre o la sed. Su nivel de dopamina le hace controlador de situaciones, extrovertido y dominador de la audiencia. Le otorga igualmente una notable actitud antisocial a la que da salida  entregándose a la provocación y a su habitual parresía. Fuertemente activado, con sus coadyuvantes  Norepinefrina  y Acetil  Colina, dispone de una inteligencia notable que en consonancia con su famosa libertad de palabra le hace  ser  el  filósofo  irónico  por  excelencia, cargo compartido con el gran Sócrates, aunque tal vez de  más  afilada lengua. Se entiende que la actividad sináptica es personal e intransferible y de ahí esa personalidad enorme y escandalosa.

 

Aprovechemos unas líneas antes de dejar sus neurotransmisores tranquilos para desautorizar a aquellos que le acreditan a Diógenes la posibilidad de sufrir un síndrome de Tourette lo que es tan disparatado como el de  Angelman  en  Demócrito,  como  quedó  dicho.  Y  por supuesto  no  padeció  el  célebre  síndrome  de  Diógenes  que, de hecho resulta antitético con nuestro filósofo: esta enfermedad conlleva básicamente un factor desencadenante; edad, aislamiento, depresión; y,  entre  otras  cosas el  paciente  hace  acopio  de  basura,  desechos  y en general de toda clase de objetos que va almacenando sin fin alguno… que es justamente lo contrario que hacía  Diógenes  que incluso  llegó  privarse  de un  cuenco,  pues  le  pareció  superfluo desde  que vio a  un  niño  beber  con la mano. Por último, dispone de la parsimonia necesaria para hacerse acreedor de su condición de cínico como en la celebérrima anécdota cuando Alejandro se le presentó y al decirle Pídeme lo que quieras, Diógenes respondió: Deja de hacerme sombra. La parsimonia en Diógenes no es un fin en sí misma como podría ser quizás en el serotoninérgico Antístenes, en él es la consecución lógica de su pensamiento: Nada hay más provocador y que irrite más al contrario que la indiferencia. Más dopamina estratégica.