Eco de un ave que estalla de Heber Quijano

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Vivimos el mundo de la inmediatez, de la respuesta instantánea a imágenes en vivo,  réplicas virales y la tecnología que todo lo ve. Postear, Tweetear, bootear,  compartir, descargar, todos nuevos verboides del día a día. En esa vorágine de información, la Poesía, –así con mayúscula– esgrime sus mejores estrategias y producto de la madurez de los tiempos cibernéticos, hace aparecer un objeto literario como Eco de un ave que estalla de Heber Quijano (Colección Arca de Diablos, Diablura Ediciones, Toluca, 2020).

En pocas ocasiones, nos sorprende un libro en su función de artefacto de lenguaje, tomando la forma del aforismo, en este caso un acertado aforismo literario, con pensamientos como dardos, que adoptan el estilo del discurso breve, del microtexto en no más de 140 caracteres, en su concreción doctrinal. Con respeto me aproximo a esas sentencias cuasifilosóficas, pero portadoras de grandes dosis de figuras literarias, como se acude a la prestidigitación o la exhibición de un bien realizado invento.

Suficientemente explicada en su Preliminar, la intención comunicativa de estos microtextos era dar salida a inquietudes del entorno próximo desde el año 2012, los textos se fueron acumulando. Entonces, su sentido más natural, fue el formar el libro; una versión reposada y reflexiva de esta tuiteratura, de  acuerdo con su autor.

Sin embargo, las diferentes secciones del volumen: Bala perdida, Milicia, Diente de León, La caracola, Tragafuegos, Estrella de Mar, Distopías y Hombre de hojalata configuran una red de signos, códigos, que al final eso son las palabras. Frases que van desde el adagio, el proverbio, el precepto o el chiste hasta la sabiduría popular del refrán. Estas construcciones son autosuficientes y su valor se duplica por el contenido literario que, sin afán de teorizar, sorprenden al lector entrenado, al buscador de metáforas, ese lector fastidiado de la información cruenta de los medios masivos, quien, sin saberlo está a un paso de encontrar la Poesía en la realidad de la página con anécdotas, noticias o hechos ficticios.

El recorrido de los recursos literarios es hábil y muy honesto, nada pretensioso, vivaz, con la maestría de quien puede transformar las palabras más simples en  experiencia estética, aunque éstas, provengan de campos léxicos inconciliables, requisito indispensable del tropo poético. Así, transcurrimos entre alegorías y símiles, hasta el momento en que la lectura de Eco de un ave que estalla se consolida en prosopografía, concepción a detalle de cualquiera persona o animal en el universo, al mismo tiempo que nos sabemos inmersos en ese desfile metafórico de palabras con diferente contexto, conmutación legítima, para nombrar distinto, definir desde otro punto de vista las emociones que desgarran, las vivencias que duelen o hacen perdurar la memoria humana, lo que somos en una coordenada específica, tiempo y espacio, lo que llamamos ésta u otra dimensión. El último o el primero de estos ecos que suceden al estallar un ave tienen igual repercusión, siguen el eje de nuestra necesidad de comunicación emotiva, simétrica y complementaria. Para escucharlos, es preciso decodificar el juicio, entregarse a la voluntad del estilo.