El bello oficio de la memoria

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El pasado 17 de septiembre se cumplió un año más de la inauguración del que por muchas razones, es considerado el museo más importante de México y uno de los 10 del mundo entero: el Museo Nacional de Antropología de la Ciudad de México. Parece más lejano, cada año, aquel día de 1964 cuando el presidente Adolfo López Mateos y una importante comitiva del gremio cultural, tanto nacional como internacional, recorrían cuidadosamente, por primera vez, el añorado museo mexicano. De hecho, dicen, que en cuanto Adolfo López Mateos ganó la presidencia de la República le dijo al arquitecto Pedro Ramírez Vázquez: se nos hizo el museíto

En la visión romántica de los museos, el antiguo hogar de las musas y también, el escenario de discursos de poder y dominación, estos constituyen baluartes donde se encuentra protegida la memoria del mundo: escritos, obras de arte, indumentaria, principios científicos traducidos en interactivos, objetos de uso cotidiano, fotografías… diversas piezas de rompecabezas que, al ser armadas de una manera particular, nos cuentan o pregonan aquel recuerdo que deseamos deliberadamente tener presente. 

Un bello oficio, este el de narrar la memoria, aunque no siempre resulte placentero. Pensaba, por ejemplo, en un nuevo –que de nuevo tendrá medio siglo– tipo de  museo histórico: los memoriales. Lugares donde se hace explícita la necesidad de recordar para transmitir un mensaje y toma de conciencia, sobre todo, porque suelen estar instalados en el lugar donde se construyó ese recuerdo. Sin duda alguna, el ejemplo más claro de estos sitios son los memoriales dentro de los antiguos campos de concentración y exterminio que hoy pueden ser visitados en distintas ciudades europeas con el mensaje de nunca más. Hablar del ayer, para nunca más repetirlo. Sin embargo, y dado que estamos en septiembre, en un mes que nos lleva a la memoria de la identidad, pero también de la pérdida, resulta importante mencionar uno de los memoriales más conmovedores que he tenido la oportunidad de visitar: el del 11 de septiembre, construido en la zona donde hace 21 años se encontraban las Torres Gemelas de Nueva York. 

Con una museografía impecable y una cuidadosa curaduría de objetos que no caen en el amarillismo de la tragedia, la narrativa del espacio resulta conmovedora, de esa conmoción del alma sacudida. Justo en los minutos que separaron el primer del segundo impacto, la memoria cuenta lo que sucedía dentro de los aviones y la conciencia de los pasajeros de que, aquel vuelo, sería el último en el trayecto de su vida. Asimismo, presenta la historia de héroes anónimos, que, sin nombre, pero en el vestigio de pañoletas o descripciones de sobrevivientes, lograron salvar la vida de aquellos que se habían quedado atrapados en la torre. Termino de escribir estas palabras y pienso, ¡vaya! No es tan bello del todo recordar aquel día, o tal vez sí, para nunca olvidarlo: tal como logra el artista Spencer Fitch en su instalación Trying to Remember the Color of the Sky on That September Morning, donde presenta dibujos en distintos tonos de azul, recordando el azul de aquel 11 de septiembre        –que narran, era espectacular– y con el sutil detalle de que cada tono es diferente,  como la memoria de cada uno de nosotros. 

Eso pasa cuando visitamos un museo, nuestra memoria es diferente, no solo por el conocimiento previo que tengamos sobre el tema, si no por las expectativas y experiencias que nos han llevado visitar ese sitio. Por ejemplo, las múltiples parejas que se han comprometido frente a una obra de arte; los abuelos que han recordado su pasado observando una lista de migrantes o presos; los niños que inician la aventura fuera de la escuela y más allá de la tableta; el solitario que resulta no sentirse tan solo acompañado de las historias que los propios objetos y piezas de arte le narran. Entonces, esos momentos, a veces dulces, y otros, no podemos negarlo, tristes, se quedan en ese compartimento cerebral que los poetas trasladamos al corazón. 

Pero de nuevo, esta visión es romántica y solo parcial. Los museos también buscan legitimar discursos nacionales y el Museo Nacional de Antropología fue y es un claro ejemplo de ello. Su discurso museográfico, considerado a nivel mundial como un claro avance y aporte de México al mundo, con decisiones como los espacios de descanso entre sala, también obedeció a la visión del pasado mexicano. Efectivamente, la Cuarta Transformación no es la única que ha transformado el discurso de la historia. Justo para la época de su diseño y puesta en marcha, la idea del centralismo mexica estaba –como se diría coloquialmente– mas fuerte que nunca. Y se observa sin problema en el recorrido, todo es hermoso, imponente… ojos rasgados, trabajos en piedra, fauna… pero el aliento, ese se pierde cuando uno entra a la sala mexica. Así era y continúa siendo la memoria mexicana.  

Hace casi un año, preparando un trabajo para mi maestría en museos, encontré en un libro de museología francesa, una mención al Museo Nacional de Antropología. Evidentemente, el corazón palpitó más rápido, aunque al traducir el párrafo, se congeló: se trataba de una entrevista que le hacían a casi una década de apertura del museo, al museógrafo –y uno de los fundadores del recinto– Mario Vázquez. En ella decía –supongo que con pesar– que los sueños que los habían llevado a crear  el museo, no se habían hecho realidad, pues olvidamos que el piso de mármol era demasiado frío para los pequeños pies desnudos, refiriéndose a la población indígena del país y al hecho de que el espacio era visitado más por turistas y las clases altas de la sociedad mexicana que por la comunidad a la que estaba dedicado. 

Hasta aquí, flota en el aire la pregunta que muchas veces en la sala de montaje callamos: ¿es en verdad, un bello oficio el de la memoria? Quizás si es selectiva, como dicta la buena literatura, no solo es hermoso sino necesario. Lo cierto es que vivimos de recuerdos, los nombramos a través de los objetos y los momentos, colocándolos en el museo de nuestra propia vida, como curadores apasionados en seleccionar y conservar. Visto de esta manera, creo que la respuesta reverbera en el tiempo.