El campo mexicano

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“La tierra volverá a quienes la trabajan con sus manos”

Emiliano Zapata Salazar

Los seres herederos del campo, de ese suave remanso de tierra en la que germina la esperanza, del maíz convertido en vida, con color de bronce y sangre de batallas; son seres que han trascendido el tiempo y espacio para convertirse en escudo de lucha por la dignificación de los derechos de los desposeídos, seres que han dejado huella y nos incitan a amar el suelo que pisamos, ya que con la fuerza de sus actos fueron construyendo una bóveda celestial llena de esperanza para las nuevas generaciones. 

Por eso, en el pórtico de las torres cargadas de anécdotas e historias, nos es grato recordar a quienes con su existencia nos inculcaron la lucha por la defensa del campo, por dignificación del trabajo que se consagra con las manos que se funden en la tierra, haciendo valer su persona, su historia y la tradición milenaria de labrar la tierra; mujeres y hombres que han desperdigado la semilla de la verdad para hacerla palpable, demostrando que la voz que lleva la crin de la acción, se convierte en una ánfora de venturas; espíritus que sin tener necesariamente un renombre supieron hacer con la hoz, los surcos de la inmortalidad y que orgullosos de los racimos que cosechan en el infinito, se han prendado de la luz de los astros para fulgurar, para enorgullecer a su raza, la raza del maíz, que labra, trabaja y vive de la tierra.

Hoy las nuevas generaciones debemos reconocer y honrar el paso de los hijos del maíz, que siguiendo la tradición prehispánica se forjaron en la espiga de la esperanza, nuestros próceres de tierra fértil que con su esfuerzo y sudor han hecho posible que la materia prima del sustento mexicano, llegue a nuestra mesa; no podemos negar que tenemos una deuda con el campo mexicano, con su historia y sus costumbres, no es mediante el discurso de papel, ni las discusiones académicas como el campesino ara la tierra y logra obtener una remuneración justa por su trabajo, sino con el discurso de acción, trabajando, arremangándose las mangas y cargando bajo el amparo del sol el jornal laboral del amanecer hasta el ocaso del día para que su trabajo fructifique.

Que sensato resulta reconocer a la mujer y al hombre campesino, cuya espiga es fuerte y vigorosa, pues pocas veces nos detenemos a pensar que pasará más allá de nuestra vista, en los desvalidos o en los vulnerables como pomposamente ahora se les denomina; el detenernos, implica pensar necesariamente en ese campo mexicano que ha sido motivo de estudio social, jurídico y antropológico; recordemos que las almas buenas nunca mueren, porque los que sirvieron a su país desde su propia trinchera, tiñen de luz su epitafio.

Por ello, representamos en el campesino la apoteosis del hombre que a fuerza del trabajo, la constancia y la dedicación va construyendo su propia historia; porque desde los rayos acrisolados del centellante sol recorriendo su ser, pasando por su conocimiento de los ciclos estacionales de la naturaleza, el uso de las técnicas milenarias para lograr que la tierra pueda dar a luz su fruto, el conocimiento de las formas que hacen más eficaz la fecundación de la tierra, el empleo de instrumentos y animales de crianza para lograr que su uso pueda propiciar la explotación racional y siempre respetuosa del campo; labrando su propio destino, viviendo la epopeya de los que como guardianes de la naturaleza hacen uso de sus bondades para vivir de ella; hay que reconocer que hemos vivido casi 200 años como país independiente, defendiendo los derechos del campesino y su tierra, teniendo en ella una fuente de vida y manutención que tiene futuro.

Sin importar títulos o profesiones, una palabra nos define: humanismo, un humanismo que piensa, que como astillas de luz se enciende para iluminar en las tinieblas del pensamiento, para resurgir de las cenizas de la indiferencia y hacer ciclones de ventura con nuestros actos y construir la parte de historia que de la que nos corresponde entregar cuentas. Así, surge el análisis para reflexionar sobre dos polos opuestos que se presentan bajo un mismo escenario, luces y sombras surgen al debate: capitalistas y campesinos, analizados a la luz del humanismo; pues si bien, la actividad de ambos se torna esencial e importante para hacer girar la piedra que va cincelando la actividad económica y productiva de nuestro país, ambos gremios viven situaciones distantes, en uno hay prosperidad y podríamos decir que en otro se vive la precariedad; que no es únicamente una cuestión económica, ni de clases sociales, sino de proyección, visibilización y valoración social.

El disímbolo camino de la mano de producción y el capital inversor, las formas de conveniencia y convivencia expuestas nos incitan a recordar una frase de Clemente Díaz de la Vega: “México tiene una deuda pendiente con los campesinos de la Patria”, pues, a pesar de que los capitalistas dialogan (en congresos o sendos foros) sobre las necesidades del campo, este dialogo se ha quedado en el tintero de las propuestas; las palabras no han surtido el efecto de los actos y el campesino solo escucha el discurso colosal que parece reivindicarle y regresa a labrar su tierra lleno de ilusiones y esperanza que se van difuminando con los rayos del sol y que al pasar de los ocasos del día a día regresa a una realidad, que lastima pero no engaña; pues el campesino y sus necesidades siguen siendo las mismas desde antes de iniciar la guerra de independencia nacional.

El lector se preguntará (si es que no lo ha vivido de cerca) ¿cómo vivirán los campesinos su día a día?, sí por años se ha hablado de sus necesidades, de su pesado andar en una sociedad que cada día que pasa valora menos el campo, olvidando que el producto de su cosecha es el sustento de las familias mexicanas; le vemos en un camino lleno de preocupaciones porque el dinero cada día alcanza menos y es más escaso para los que con sus manos fecundan la tierra, un camino lleno de preocupación con los cambios climáticos que han sido generados por la sobreexplotación de los recursos naturales; un camino en el que el estudio y la preparación no llegan a sus mentes, pues lo que les interesa es poder solventar sus necesidades básicas de manutención, donde los servicios más básicos no llegan cerca de sus hogares, pareciera que luz, agua y educación están reservados para un sacrificio mayor.

Y es que hablar del campo mexicano, de la tierra que da sustento a nuestro ser, es necesariamente hablar de la historia mexicana, de sus etapas, sus proyectos y personajes ilustres; pues seguimos esperando las respuestas para el campo, las acciones que den luz a la oscuridad del agrarismo, seguimos esperando una verdadera representatividad de los intereses del campo en el ámbito público y necesariamente esperamos que los surcos de la tierra se conviertan en bonaza de reivindicación, en proclama de victoria y por sobre todo en justicia para el sector por años a seguido desprotegido.