El “cuerpo” y la percepción

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Merleau-Ponty es un filósofo muy poco común: uno de aquellos que no pretende ni explicar ni sustentar grandes sistemas ni teorías, y que; sin embargo, logra que sintamos de cerca la extensión de sus ideas presente a cada paso que damos en nuestra vida cotidiana. Su visión es la de un individuo que, ante un aspecto remoto y desatendido en la tradición filosófica, supo hacerlo pasar de un simple matiz a toda una forma de ver el mundo.

Merleau-Ponty, en el seno de una Francia fortísimamente influenciada por Husserl y Heidegger, se da cuenta que el quiebro ontológico que había dado el pensamiento francés a la epistemología contemporánea, necesitaba una inyección de experiencia subjetiva que superase la vaga noción de existencia sartreana, cosa que encuentra más presente en el filósofo checo que en el alemán. Así, no tardaría en darse cuenta de que la idea Heideggeriana de temporalidad del ser y de suspensión de este mismo en estructuras que lo forman en momentos concretos, nuevamente, tenía que ser inyectado no solo de existencia, sino de vivencia, que es algo muy distinto. 

Por vivencia, muy vaga y burdamente, diremos que entenderemos la intersección entre la experiencia y el conjunto de aspectos propios del individuo que terminan conformando la manera en que percibe y crea nuevos sentidos sobre las cosas. La vivencia y las condiciones que tiene detrás, para Merleau-Ponty, es una fuente de sentidos más que como una parte oscura del pensamiento y de la existencia del individuo. 

Allí donde solo había vaguedad o terrenos oscuros de la tradición filosófica occidental, él, decide poner un ancla para explorar la riqueza de la mirada que quiere proponer: el cuerpo. Para él, ya no somos el resultado de un sujeto moviéndose por las categorías puras de su entendimiento, o un sujeto cuya conciencia tiene con intencionalidad hacia ciertas cosas por las sedimentaciones de las que esta está llena; no. Lo que somos, es un cuerpo en el mundo. Somos un centro de mando con disposiciones y resortes reactivos que reacciona de una u otra forma ante ciertas cosas al percibirlas, por una historia de memorias afectivas que han terminado cristalizándose en esas maneras de reaccionar, de comportarse. Y a la vez este cuerpo, está en continuo cambio, actualización e información por el contacto con otros, adoptando, rechazando, y, en suma, haciéndose a sí mismo con los sentidos que recibe de otros. Por aquello que Merleau-Ponty, no es nada más un filósofo original: es, además, un gran sintetizador de su misma tradición.

Antes, los hábitos se sedimentaban en la conciencia, ahora, se sedimentan en el mismo cuerpo. La conciencia se encarna en el cuerpo. Desde el cuerpo se es, respecto de lo percibido. El dasein Heideggeriano, como decíamos, ahora es un cuerpo en el mundo. El cuerpo da horizonte a este mismo ser que tenemos y desde el que vemos las cosas. Este ser en el mundo y en el tiempo, baja de su profundísima abstracción teórica hasta la concreción de nuestra vida más ordinaria. Este cuerpo que somos nosotros mismos, no depende de una posible estructura a priori de nuestra conciencia, sino de cómo nuestras preferencias e intencionalidades, se encarnan en esta ancla en el devenir que nos distingue y que nos permite tener horizonte.

Una precisión antes de terminar el espacio: es muy importante tener en cuenta que Merleau-Ponty no nos presenta su idea de corporalidad en un sentido de reduccionismo físico, es decir, en un sentido de que habla literalmente del cuerpo físico. Lo que él trata es describir la densidad de nuestra experiencia en tanto que somos un cuerpo en el mundo.

Cuando estamos hablando de cuerpo, en suma, no hablamos de un cuerpo fenómeno, objeto, como algo que aparece en la conciencia, ya teorizado. El cuerpo de Merleau Ponty, se presenta ante nosotros y en nosotros por apariciones encarnadas que se muestran en nuestra conciencia. No es el cuerpo que le interesa a Merleau Ponty el de la medicina. El suyo es, más bien, el cuerpo vivido, el cuerpo en el mundo, la corporalidad misma.