El día que el deporte alcanzó la perfección en la niña que aprendió a volar (Segunda Parte)
La misma Nadia ha comentado en entrevistas que: cuando era muy chica, antes de empezar con la gimnasia, veía a mis padres, lo que ellos hacían… Estaba muy motivada por mi padre, por lo muy comprometido que estaba con su trabajo. Él me decía que es importante trabajar duro en lo que sea que hagas para llegar lejos. Esas fueron las raíces que aprendí. Esto en el contexto de que quienes la conocieron dicem que si los entrenadores le pedían diez repeticiones ella hacía doce. Hay que considerar que en el deporte de alto rendimiento el éxito está en la repetición. Tienes que hacerlo muchas, muchas, muchas veces. Pero antes de la repetición hay que tener amor, y querer realmente hacer lo que vas a hacer. Después, entonces, sí la repetición. Porque para hacer esto tienes que tener pasión.
Esto parecía tenerlo muy claro: Yo era una terca. Siempre me volvía loca conmigo misma cuando hacía algo mal. Me alteraba probablemente más yo que Béla (su entrenador). Se trata más bien de desafiarte a ti mismo. Te dicen: Apuesto a que no puedes hacer diez de estos, y yo digo: Apuesto a que puedo hacer quince. Siempre fue intentar descubrirme a mí misma. Conocer cuáles son mis límites. Fue una competición conmigo misma, más que con los demás (…) Es una satisfacción llegar hasta ahí. Porque es algo en lo que tienes que trabajar, no es algo con lo que naciste. La gente hermosa nace hermosa. La gente de familia rica nace rica. Pero si mi madre era una campeona olímpica, no por eso yo seré campeona olímpica. Tengo que trabajar para conseguirlo. Y la idea del trabajo es estimulante. Tienes respeto por ello.
Uno de los temas controversiales de esta historia tiene que ver con que en los primeros años de entrenamiento de Nadia se especulaba Béla Károlyi usaba la violencia psicológica, que ella sufría por lo poco que la dejaban comer, que perdió su infancia, el tener amigos. Se hablaba de que era perfecta pero muy triste como un robot. De aquí surgiría la pregunta, de ser cierto esto, respecto a sí valía la pena tal sacrificio. En la película sobre su vida que fuera dirigida por Alan Cook en 1984, en una de las escenas, después de perder su primer campeonato nacional el entrenador le dice que tiene que renunciar y volver a su patio de escuela a jugar. En algún momento se le preguntó al respecto de la veracidad del hecho, a lo cual replicó: ¡Hollywood! … parecía explicarlo todo y con una clara sonrisa de indiferencia remataba con un: No sé si eso pasó o no. No me acuerdo. Sin embargo en el medio periodístico y en círculos cercanos del entrenador se habló mucho de la presión psicológica que ejercía Béla sobre sus alumnos.
Hubo incluso gimnastas que entrenaron con él que se quejaban. Pero Nadia decía que lo acusaron de abofetearlas y golpearlas cuando eran niñas. Yo no puedo hablar por otros gimnastas. Béla era muy estricto y exigente, pero no abusivo. Siempre dice que él no sabía cuáles eran mis límites, que no sabía cuánto era capaz de hacer yo, que me entrenó por muchos años y nunca supo hasta dónde podía llegar (…) Yo nunca me quejé porque yo era la clase de persona que decía: Oh, yo puedo hacer esto, yo puedo hacer más de lo que me estás exigiendo hacer. Pero no todos somos iguales. Siempre va a haber alguien que se queje. Y pueden hacer lo que quieran. A mí no me interesa.
Llegó el día en que se escribió la historia. Nadia Comaneci subía a la tarima de competición. Era el 18 de julio de 1976, el segundo día de los Juegos Olímpicos en Montreal. Iniciaba su rutina en barras asimétricas. Ella no tenía idea de las empresas que construían los tableros de marcadores, ni de los muchos ojos la miraban. Tampoco sabía de tantas otras cosas de la vida porque tenía catorce años y vivía en un país en el que unos pocos elegían qué sabían los demás. Su mundo apenas sí era una montaña, un espacio de entrenamiento y carreteras que conducían a diferentes sitios en el mapa. Así es que se encontraba ella parada en el borde de la colchoneta, con su metro y medio de altura, su cola de caballo y un flequillo bailando sobre la frente, respira profundo y mira el piso un segundo, el tiempo necesario para atravesarlo todo, las cámaras, la palabra Rumania, su corazón desbordado en las pantallas. Miró las barras y otra vez el piso y salió. Entonces como en sus sueños despegó.
Y ahí estaba en las asimétricas; sus caderas como un péndulo testigo de un silencio absoluto en las gradas. Ella volaba, ahí estaba como de rama en rama quebrando el silencio en pequeños gritillos con pucheros desde las gradas. Así transcurrían los diecinueve segundos para siempre. Y continuó volando. Las piernas atrás, el pecho vertical, las alas desplegadas en lo alto en una salida a la que se le pondría su nombre. Otra vez la colchoneta y el regreso a este mundo. Nadia saludó con los brazos en alto y una sonrisa de dientes blancos, sonrisa de niña. Bajó de la tarima, se aproximó al marcador y, cuando lo vio, su cara se transformó en una apoteosis del miedo, mientras desde las gradas bajaba un manto negro de ooouuuuu. El tablero marcaba 1.00. Pero ella misma lo narro: –Tan mal no lo hice. No me salió como en los entrenamientos, pero tampoco lo hice tan mal.
Béla corrió hasta el jurado a protestar. Él lo había visto. Todos lo habían visto. Entonces, ¿qué pasaba? Pero se detuvo antes de llegar porque los altoparlantes gritaron una frase que se grabó en muchísimas almas y se ha mantenido sonando por años y sigue aún, retumbando en muchos corazones: Damas y caballeros, por primera vez en la historia de los Juegos Olímpicos… ¡Un 10 perfecto! Esos segundos eternos de estudio tuvieron que ver con que la compañía suiza que se encargaba de hacer los marcadores de las competencias, tenían una duda sobre los tableros para la gimnasia olímpica: ¿Tenían que hacerlos de tres dígitos? como se había hecho hasta entonces, o ¿los hacían de cuatro? ¿Era posible que alguien sacara 10,00? Del Comité respondieron: –No, un diez no es posible. Así es que los tableros no estaban preparados, el público del mundo no estaba preparado. La aplaudieron de pie y ella volvió a subir a la tarima. Levantó los brazos. Entonces pensó que su madre la estaba viendo desde Rumania. Que toda su familia la estaba viendo. Y sonrió. Sonrisa de dientes blancos. Sonrisa de niña.
Se cuenta que Nadia Comaneci, desde muy chica llevaba una libreta en la que cada día escribía lo que debía mejorar. ¿Cuál fue la nota que más se repitió en esa libreta? La posición perfecta del cuerpo. ¿Qué es la perfección? Es nunca dejar de intentar ser el mejor. Eso en gimnasia. En la vida es… Es cada vez que te esfuerzas por hacer algo que tú crees que es lo mejor. Eso se llama perfección para mí. No sé si fui perfecta. No quiero ser perfecta. Es mucha presión. En Montreal obtuvo siete 10 perfectos y tres medallas de oro. Su belleza se esparció como el polen. En todo el mundo, niñas y adolescentes empezaron a imitarla en veredas, en gimnasios, en sus propios dormitorios. She’s perfecto daba la vuelta al mundo en la portada de la revista Time. Y Newsweek sentenció: Ha nacido una estrella. Se volvió ícono para la gente de su país. Pero de pronto, en lo más alto de todo, algo se quebró como la rama de un árbol. Tenía catorce años y era héroe nacional. Héroe de una causa que desconocía. Tenía catorce años cuando los perseguidores de su sueño la alcanzaron. Nadie le explicó lo que estaba pasando: Por qué una dictadura. Por qué era héroe nacional. Por qué los héroes no eran como se suponía que fueran, personas a las que se admiraba y respetaba, sino que eran perseguidos, presionados y vigilados. Y por qué, al mismo tiempo que se los encerraba, se los presionaba para que siguieran abriendo las alas.

