El estruendo y la palabra: melancolía en la selva

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Hace un par de semanas tuve la maravillosa oportunidad de viajar a la selva peruana, ese lugar que, en los mapas suele aparecer como una mancha verde uniforme, un vacío que hay que llenar con carreteras, con petróleo, con títulos de propiedad, con bombas. Nunca antes había estado allí, y cuando uno llega, lo primero que siente es que todas las palabras que había usado para describirla eran insuficientes. No quiero mentirles, sí, me adentré algunos días en la vibrante selva, donde el sonido que envolvía era el de la fauna y la flora, una naturaleza, que, en cualquier manifestación, deja a uno sórdida pero llena. Quisiera escribir líneas extensas sobre este viaje, describir mis emociones, mi experiencia estética, las cuestiones de lenguaje y de sonido. Pero existen acontecimientos últimos en la selva que no se pueden ni deben ignorarse, el ruido de los helicópteros, el estruendo de las bombas, la voz del Estado que habla con represión porque nunca aprendió a hablar de otro modo.

Estos días he estado encerrada, creyendo volverme vesánica, porque para escribir estas columnas leo, leo noticias, trato de buscar información en distintos idiomas y las traduzco. Qué privilegio el mío poder tener acceso a tanta información, uno podría creer que la globalización, al poner el mundo entero frente a nuestros ojos a través de una pantalla, nos habría hecho menos capaces de permitir atrocidades. Si podemos verlas, ¿cómo seguimos permitiéndolas? Si sabemos, ¿por qué continuamos? Aquí, en la palma de la mano, podemos ver cómo el estado de Israel continúa asesinando a miles de palestinos y destruyendo Gaza ante la mirada de un mundo que ya ni siquiera parece sorprenderse. Podemos desplazarnos unos centímetros más en la pantalla y encontrarnos con Sudán, con el Congo, con pueblos convertidos en territorios de explotación, guerra y desplazamiento. Podemos mirar hacia América del Sur y observar, como quien contempla una fila de dominós cayendo que, cada país de Sudamérica está dentro de un plan plagado de sed de poder.

El título de esta columna, que evoca aquella vieja tensión entre el estruendo del poder y la palabra de los que resisten, no hace más que reflejar una duda incesante, que no me deja dormir, que puede parecer ingenua, pero es honesta. No solo escribiré sobre la selva, tampoco sé si será un boletín filosófico. Pero es, en definitiva, hechos que todos deberían saber.

I. La selva más allá del verde y del recurso

Hay una tradición larga, y profundamente colonial, de pensar la selva como un vacío, como un espacio que aguarda ser llenado por la historia. Es la tradición de los cronistas que veían tierras baldías, de los ingenieros que trazaban carreteras sin preguntar, de los economistas que calculaban reservas de petróleo y de madera sin contar a quienes allí habitan. Es la tradición que el historiador y antropólogo peruano Alberto Flores Galindo llamó el imaginario de la conquista, que describe

como esa forma de pensar el espacio que ignora los mundos que ya están ahí para poder justificar su desposesión (1986). Pero la selva no es un vacío, no es bosque puro, ni un lugar para probar ayahuasca, es un mundo de relaciones por sí mismo. El muy citado filósofo argentino Dussel diría que la modernidad europea se construyó negando la alteridad de los pueblos que encontró a su paso, convirtiéndolos en objetos de su saber y de su poder (1994). En la selva, esa negación ha tomado la forma del silencio, el Estado, las corporaciones, los medios, hablan de la selva como si ella no hablara. Y cuando ella habla, por ejemplo a través del testimonio de los asháninkas, de los awajún, de los shipibo-konibo, su voz es filtrada, traducida, reducida a la categoría de reclamo.

Esta negación tiene consecuencias ontológicas, primero que la selva deja de ser un sujeto con historia y memoria para convertirse en un recurso. El agua se vuelve hidroeléctrica, el árbol se vuelve madera, la tierra se vuelve coca, la coca se vuelve conflicto, y, el conflicto se vuelve, para el Estado, un problema de orden público, no una cuestión de justicia. Y la selva, en definitiva, se vuelve pensada como un objeto que hay que administrar. Y quien no se deja administrar, es un problema (vaya ciclo anormal).

Pero existe a la vez otra tradición, la de los pueblos que habitan la selva, que piensa el mundo de otra manera. Como nos recuerda el sabio asháninka Pedro García en su testimonio recogido por el historiador Oscar Espinosa, la violencia no es un evento exterior, sino que está inscrita en la geografía y en los sueños, el águila de la muerte, que los sheripiari (los que tienen visiones) vieron antes de que llegara Sendero Luminoso, es un presagio encarnado (2012). La selva, en su memoria, ya había nombrado la violencia antes de que esta ocurriera. El Estado, en cambio, llega siempre demasiado tarde o demasiado temprano, o ambas, tarde para prevenir el conflicto, temprano para disparar.

II

La selva peruana es hoy el escenario de una guerra no declarada, esa que se ve en todos lados, no es una guerra con frentes claros ni con bandos definidos, porque es llanamente una guerra contra la vida, librada por múltiples actores, tenemos a el Estado, las corporaciones, el narcotráfico, que a veces compiten y a veces se solapan. Pero hay tres frentes que quiero nombrar con claridad.

El primer frente es el de los megaproyectos. El proyecto de ley N° 10349-2024, presentado por el congresista Waldemar Cerrón (Perú Libre), busca declarar de interés nacional la construcción de la Central Hidroeléctrica Pakitzapango, en la provincia de Satipo, Junín. Suena a progreso, suena a energía, suena a desarrollo. Pero en la tierra, en la selva, suena a otra cosa, a inundación de 95 kilómetros de territorio, al desplazamiento forzoso de comunidades enteras como Potsoteni, Meteni, Saniveni, Cutivireni, y al despojo de la vida que han construido por generaciones (AIDESEP, 2026; CARE, 2026; DPLF, 2025).

Aunque se piense, este no es un proyecto nuevo, sus antecedentes se remontan a los años 70, cuando Electro Perú soñaba con la conquista del Perú por los peruanos, y resurgió en el 2010 con el Acuerdo Energético con Brasil, que la Comisión de Relaciones Exteriores del Congreso rechazó en 2014 por beneficiar desproporcionadamente al país vecino. Pakitzapango es una herencia del olvido.

La Central Asháninka del Río Ene (CARE), que representa a 45 comunidades, lo ha dicho con claridad: Pakitzapango no va. Como señala el artículo del DPLF (2025), la seguridad energética en el Perú se fundamenta en la capacidad del país para satisfacer la demanda nacional… y el problema es de una inadecuada distribución y comercialización. El país ya tiene un margen de reserva de energía por encima del 30%. Lo que falta no son megavatios, sino líneas de transmisión que lleguen a las comunidades que hoy viven sin electricidad. La hidroeléctrica en definitiva no es una solución para los asháninkas; ni una forma de progresismo, es un despojo disfrazado de desarrollo.

El segundo frente es el del extractivismo criminal.

En Loreto, el río Nanay es el escenario de una batalla silenciosa. A finales de julio de 2026, la Fiscalía Especializada en Materia Ambiental y la Policía Nacional realizaron un operativo contra la minería ilegal que resultó en la destrucción de diez dragas, el aseguramiento de combustible y la detección de traslado de mercurio y clorhidrato de cocaína (Inforegión, 2026). Suena a victoria, suena a ley y orden. Pero, ¿quién se beneficia de esta minería ilegal? El río Nanay no está solo. Como ha documentado Mongabay (2026), el combustible que alimenta la minería ilegal en la Amazonía peruana sostiene al menos 60 focos de actividad ilegal, y su rastro se pierde en una cadena de complicidades que involucra a políticos, militares y empresas formales. La minería ilegal no es un fenómeno marginal; es una industria paralela que ha encontrado en la selva su territorio de operaciones.

Y aquí hay un dato que no se puede eludir, y es que el fujimorismo, históricamente, ha tenido una relación fuerte con esta industria. En el 2017, congresistas de Fuerza Popular presentaron iniciativas para excluir el delito de minería ilegal del marco del crimen organizado, proyecto de ley N° 10349-2024 argumentando la protección del sector artesanal.

El tercer frente es el de la militarización. Y es el más reciente, el más violento y el que mejor muestra la gramática del poder en la selva. El 11 de agosto de 2026, helicópteros del Estado atacaron con cargas explosivas la pista de aterrizaje de la comunidad de San Luis de Charasmana, en la frontera entre Ucayali y Loreto. No era una pista clandestina del narcotráfico. Era la pista que la comunidad había construido para evacuar a sus enfermos, a sus parturientas con complicaciones, a sus heridos, hacia los hospitales de Contamana o Pucallpa (IDLADS, 2026).

El Ministerio del Interior negó el bombardeo aéreo y afirmó que se trataba de una neutralización de una pista clandestina, al amparo del Decreto Legislativo N° 1241, que autoriza la destrucción de infraestructura logística del narcotráfico. Pero, como

ha señalado el Instituto de Defensa Legal del Ambiente y el Desarrollo Sostenible (IDLADS, 2026), el decreto exige coordinación con el Ministerio de Transportes y Comunicaciones o los Gobiernos Regionales para verificar si la pista es clandestina o no. Qué lógica tan conocida.

Bombardear primero y preguntar después. Destruir primero y explicar después.

Y siempre habrá una palabra preparada para justificarlo: narcotráfico, seguridad, terrorismo, desarrollo, orden.

No estoy defendiendo al narcotráfico, resulta casi ridículo tener que aclararlo, lo que cuestiono es algo más elemental: ¿qué significa combatir una economía criminal cuando las personas que viven en un territorio pueden terminar siendo tratadas como daños colaterales de una guerra que nunca decidieron? (Vaya sorpresa de ver cómo el poder se ejerce hoy)

El día de ayer, 24 de agosto, se conmemoró el Día Internacional de los Parques Nacionales, la fecha debería servirnos para celebrar aquello que hemos decidido proteger, pero también para preguntarnos qué significa realmente proteger en un país donde las áreas naturales continúan sometidas a la presión de la deforestación, la minería, las actividades extractivas y otras economías que avanzan sobre los ecosistemas

Porque un parque no está protegido simplemente porque aparece pintado de verde en un mapa, un territorio no está protegido porque exista una ley que lo declare protegido, ni siquiera eso. La naturaleza no se salva mediante ceremonias, se protege cuando se protege a quienes viven en ella, cuando no se asesina a quienes la defienden.

Fui una visitante, estuve allí unos días, me maravilló lo que escuché. Luego regresé a casa…

Pero la gente que vive allí no puede regresar de la selva porque la selva es su casa. Y quizá esa diferencia debería cambiar por completo nuestra forma de hablar sobre ella. Porque nosotros podemos decir la Amazonía peruana y pensar en una región, en un mapa, en un recurso nacional o en un destino turístico. Para otros, ese mismo territorio es la continuidad de sus antepasados, el lugar donde están enterrados sus muertos, el río del que beben, el bosque que conocen, las palabras de una lengua que no nació en ninguna oficina estatal. La distancia entre esas dos maneras de mirar es también una distancia política, porque el poder mira los territorios desde arriba, y sin embargo quienes viven en ellos los conocen desde dentro.

III.

Termino donde empecé, con la pregunta que me hago cada mañana: ¿qué pasa en el mundo? ¿Qué pasa en mi país? La respuesta puede ser simple y devastadora, porque lo que pasa en la selva es un microcosmos de lo que pasa en todo el mundo, es el triunfo de la razón instrumental sobre la razón de la vida, la colonización de todos los espacios por la lógica del capital, la reducción de lo humano a lo útil. Pero también hay otra respuesta, que la selva me enseñó, en los pocos días que pude convivir con mis compatriotas, y es que la resistencia no se agota. Hay hombres y mujeres, niños y ancianos, que siguen levantando la voz, que siguen defendiendo la pista que los conecta con la vida, que siguen diciendo Pakitzapango no va. Su lucha no es idealista, es profundamente real y material, es la lucha por la tierra, por el agua, por el aire, por la memoria. Es la lucha por habitar el mundo sin tener que pedir permiso.

Es trabajar en comunidad y crear comunidad.

Solo para no desviarnos quiero relatar a una de las comunidades que más pasmada me dejó, es el Caserío de Palestina, en la región de San Martín, donde se encuentra la también la cueva de Palestina, una formación kárstica de más de 60 millones de años, la tercera más larga del Perú.

Durante mi viaje, tuve la fortuna de conocerlo y de pasar tiempo en sus tierras. Como me contaron sus habitantes y como confirman las crónicas locales, el nombre de Palestina proviene de la costumbre de bautizar nuevos pueblos amazónicos con nombres bíblicos o de Tierra Santa, una práctica común entre los primeros colonos y migrantes andinos que llegaron a fundar o renombrar estas tierras (Visita San Martín, s.f.). Así, en medio de la selva, emerge un nombre que evoca un territorio lejano, una tierra de olivos y de piedras, de resistencia y de memoria.

Mientras estuve allí, pude conversar y convivir con las familias de Palestina. Me contaron que, antes, no le daban mucha importancia a la naturaleza que los

rodeaba, pero el tiempo y la necesidad les enseñaron a mirarla con otros ojos. Trece familias estudiaron y se organizaron por primera vez para hacer el mariposario Morpho azul, un espacio que hoy está dirigido por mujeres del caserío y que se ha convertido en su principal fuente de sustento a través del turismo.

Y existe un momento histórico que la hace tangible. El 8 de enero de 2025, el Embajador del Estado de Palestina en Perú, Walid Muaqqat, viajó más de mil kilómetros desde Lima hasta el caserío de Palestina, en Nueva Cajamarca. Lo que significó un encuentro entre dos mundos que comparten un nombre Los habitantes de Palestina, lo recibieron con na banda musical, una multitud de pobladores que lo acompañaron en coches y motos, y un equipo de fútbol compuesto por niños que vestían camisetas con el nombre Palestina en árabe y los colores de la bandera palestina, ondeando por todas partes. Hubo un gesto porque los pobladores, en un acto de hospitalidad que es también un acto de memoria, bautizaron la montaña que rodea el caserío con el nombre del embajador Walid. Una montaña en la selva peruana lleva hoy el nombre de un diplomático palestino, como un recordatorio de que los nombres no son sólo palabras, son anclajes de sentido, promesas de que la resistencia se nombra y se recuerda.

El embajador, que se encontraba a tres semanas de concluir su misión en Perú, consideró esta visita imprescindible. Y al recorrer la cueva de Palestina, al escuchar la historia del nombre contada por los hijos de los fundadores, al recibir artesanías palestinas y entregar a cambio camisas y recuerdos de Tierra Santa, confirmó lo que el caserío que el nombre Palestina es un lazo vivo entre dos pueblos que, a miles de kilómetros de distancia, comparten la certeza de que la tierra que se habita se defiende con la palabra, con el gesto, con la memoria. Pienso la resistencia, como los nombres, también viaja, que la Palestina de la selva y la Palestina están unidas por una memoria la de los pueblos que se niegan a desaparecer, que aprenden a defender su tierra, que construyen belleza desde la comunidad, de la organización y que, a pesar de todo, persisten. Porque mientras en otros lugares de la selva alguien mira un río y ve oro, ellas pueden mirar una mariposa y aprender su ciclo, o mientras alguien mira el bosque y calcula cuánto puede extraerse de él, una comunidad puede preguntarse cómo vivir junto a él.

No sonar romántica ni convertir a los pueblos amazónicos en una postal ecológica para tranquilizar nuestra conciencia urbana, pues esto sería otra forma de violencia. Las comunidades necesitan recursos, infraestructura, salud, educación y condiciones dignas de vida, pero, precisamente por eso deberíamos ser capaces de imaginar algo más que dos únicas posibilidades, abandonar un territorio o destruirlo en nombre del progreso. Existe también la posibilidad de aprender, de escuchar, de construir con quienes ya viven allí. Debo confesar que no puedo evitar pensar en la distancia que separa ambos lugares y, al mismo tiempo, en la extraña cercanía que ese nombre ha construido dentro de mí.

Coda

He escrito, a lo largo de estas páginas, de tres frentes de una guerra no declarada. Pero quiero que quede claro que no hay tres amenazas distintas, sino tres manifestaciones de una misma lógica que convierte la selva en un depósito de recursos y a sus pueblos en estorbos o daños colaterales, una lógica para la cual no hay distinción entre una comunidad que se organiza para criar mariposas y el narcotráfico que la rodea. Porque, en las categorías del poder, ambos son igualmente obstáculos, unos porque se resisten a la extracción, los otros porque la gestionan sin permiso. Pero aquí no quiero quedarme en la denuncia. Quiero insistir en que en medio de todas estas guerras de poder, hay otras formas de existencia que no se rigen por esa lógica. Eso fue lo que aprendí en Palestina. Allí no hay grandes discursos, ni doctrinas, ni partidos, familias que deciden organizarse para

estudiarlo juntos, y construyeron un mariposario. Esa es, a su modo, una revolución silenciosa. Que mientras las explosiones devastan las pistas de aterrizaje de otras comunidades, las mujeres de Palestina crían mariposas y las guían hacia la luz. Que en el corazón de la selva, un lugar que se llama con el nombre de otro lugar arrasado al otro lado del mundo, se esté construyendo una economía que no destruye, sino que cuida.

Termino, entonces, sin cerrar del todo. Porque la lucha por la selva no termina con una columna, ni con un decreto, ni con una victoria electoral. Es una lucha que se libra en la cotidianidad de quienes la habitan, en la organización de quienes la defienden, en la memoria de quienes la nombran. Y en esa lucha, nosotros, desde la ciudad, desde la academia, desde el privilegio de poder leer y escribir, tenemos una responsabilidad de no ser cómplices del silencio. No dejar que el estruendo del poder se convierta en la única voz que se escuche.

Sintonía:

Canción: Melancolía en la selva Por: Los Jelwees

Una banda originaria de Tingo María (ciudad de la selva central que hoy es uno de los epicentros de la minería ilegal y la deforestación) pero que en los años 60 y 70, era también un hervidero musical, un lugar donde la música tropical peruana, el rock psicodélico se encontraban con el sonido de la selva. Así nacieron bandas como Los Wemblers (Iquitos), Juaneco y su Combo (Pucallpa), Los Mirlos (Moyobamba), Los Rogers (Iquitos), Los Zheeros (Iquitos), Los Dexters (Uchiza), Los Trionix (Rioja), Los Silvers (Iquitos), Tony Marín y Los Tierra Roja (Pucallpa), y tantos otros. Así que te invito, antes de cerrar la pantalla, a buscar esta canción. https://youtu.be/VNXuazBH2pU?si=bbiuxz0Z2uaG0kTs

Breves referencias

Dato: En el año 2018, en Palestina (San Martín), se realizó el documental “Un mundo en Palestina”, que aborda la biodiversidad de la comunidad de Palestina y la importancia del río Jordán como fuente de vida para sus habitantes. https://youtu.be/fm-hfb_HYf0?si=ppElZGJPG55A45VF

AIDESEP. (2026). ¡Pakitzapango no va! Central Asháninka del Río Ene rechaza proyecto de ley.

CARE. (2026). Pronunciamiento de la Central Asháninka del Río Ene.

DPLF. (2025).  ¿Existen suficientes razones que justifiquen impulsar la creación de la hidroeléctrica de Pakitzapango en Perú?

Espinosa, O. (2011). «La violencia y la historia asháninka: De Juan Santos Atahualpa a Sendero Luminoso». IFEA.

Flores Galindo, A. (1986). *Busando un Inca: identidad y utopía en los Andes*. Horizonte.

IDLADS. (2026). El Estado peruano bombardea primero y luego pregunta. Inforegión. (2026). Loreto: destruyen 10 dragas en operativo contra minería ilegal en el río Nanay.

Mongabay. (2025). Asesinato del defensor Quispe Huamán en la Amazonía peruana.

Mongabay. (2026). Río Nanay: combustible sostiene 60 focos de minería ilegal en el Perú.

Quijano, A. (2000). «Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina». CLACSO.

Embajada del Estado de Palestina en Perú. (2025, 8 de enero). Visita del Embajador Walid Muaqqat al caserío de Palestina, Nueva Cajamarca, San Martín. (Comunicado y registros de la recepción).

Visita San Martín. (s.f.). Cueva de Palestina. Recuperado de https://visitasanmartin.com/sitio/cueva-de-palestina/

Entrevistas y conversaciones con habitantes del caserío Palestina, San Martín, agosto de 2026.