El Pana

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De tronío era el festejo. Apenas las 3 de la tarde y afuera de la plaza México bullían los puestos de comida, los expendios de puros, viseras para el sol, recuerdos taurinos y veinte fantasías más y, por supuesto, ya se compró y, desde antes, el riguroso boleto.

A las 4 la plaza está hasta el queque, y la ocasión ameritaba la presencia de la inquieta multitud: el rejoneador Pablo Hermoso de Mendoza, Eulalio López El Zotoluco Enrique Ponce y don Rodolfo Rodríguez El Pana presagiaban lastimar las cuerdas vocales con los olés y hacer latir más fuerte el corazón. Y sorprendiendo y de la nada que va apareciendo en la entrada del coso una calesa con El Pana, en medio de dos guapas suripantas aventándole a la gente cláveles rojos que semejaban borlas de sangre ¡Ahí esta! don Rodolfo quien desde antes llegó partiendo plaza.

¡Ora matador! ¡Mucho maestro! Y entró al coso más grande del mundo, levantándose de la calesa, saludando con la montera y dejando ver su blanca cabellera.

Ya en el festejo, los alternantes de don Rafa, arrancaron olés continuos, pero el que se llevó la admiración de los caballeros y los besos de las damas fue el hermoso galán Pablo y sus caballos.

¿Y El Pana? con el primer toro, nada. Pesado, peligroso, de incierta embestida, el diestro, medio muleteó y lo mató a duras penas.

¡OLE! ¡OLE! Los demás se repartían con capa y muleta al intensó frenesí.

Y que le toca cerrar el festejo a El Pana. Desde arriba no lo creíamos: un canoso medio encorvado –¿3ra edad?– de nuevo, luchaba contra el burel.

No era el que iba en la calesa, el que besó a las damas antes de entrar, el de la montera viendo al cielo; ahora desnudado por el bravo, pero difícil toro, a cada momento se resguardaba tras el burladero. Las cañas se volvieron lanzas: ¡Arrímate Pana! ¿No que muy chingón? ¡BUUUU!  Y don Rodolfo escondido tras su montera, a salvo en tablas veía como 3, 4, 8 cojines comenzaron a caer.

Impasse. Vergonzante. Cuando de pronto, El Pana aventando la montera a la arena que sale del burladero y viendo al frente que se planta. Vino el toro y no se movió ¡olé! Sólo un murmullo, luego que adelanta la pierna izquierda, y con un grito cita al toro viendo al cielo. ¡OLE!  Pasó cerquita de la fajilla, y que El Pana de nuevo cita y el tornado de afilados cuernos que rodea la muleta de un hombre estático sintiendo y sintiéndose en la plaza el roce de la sombra de la muerte ¡OOOLE! Coreando, el grito con fuerza salió exhalación como de moribundo ahogado, como necesario escape de un público entre espantado y frenético y El Pana viendo que se queda frente a la fiera que rauda viene y ahora, con los ojos casi cerrados, metiendo al animal en su refugio de arte, len-ta-men-te, hicieron la acuarela: la tela lo recorría y pasaba el toro. Y El Pana y el burel hicieron que el ¡OOOLEEEEE! alargara, que retumbaran los asientos de cemento y que algunos lagrimearan. Fueron nada más segundos vividos al borde: el espigado canoso girando al compás del vals que bailaba el toro parecía no acabar nunca, fueron segundos que se quedarán en la retina del alma para siempre.

Y fue todo.

Y luego recogió la montera y no dio un pase más y abreviando, mató mal; detalles de aledaños malos recuerdos que ya se fueron.

Cierto, los demás se llevaron las orejas y don Pablo hasta hizo bailar un negro corcel frente al toro, ¿pero que tendrá el arte que hace sobrevivir solo algo, cierto plus que se queda en el corazón?

Y aunque solo cuatro pases dio El Pana, ese cuarto muletazo no tuvo madre.

Y muchos nos preguntamos ¿Por qué aquí, en este preciso instante no se retiró?

¿Por qué no se fue a descansar a Tlaxcala, yendo a festivales con becerros y aconsejando a los jóvenes?

¿Por qué tuvo que jugársela ese malhadado día en Lerdo, Durango esa aciaga tarde que una mole de carne, sin saber del arte de El Pana lo lanzó a los aires y al caer de cabeza quedó más muerto que vivo?

Y luego su final: con la explicable desconexión de lo que lo mantenía como fardo: mejor muerto que parapléjico.

Y qué bueno que así, fue, pues así cuando se iba del ruedo de la vida seguro El Pana escuchó ese cuarto OOOLEEEE… y tal vez hasta una sonrisa esbozó. SALUD. Y OLE.