El poder de la palabra

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Tenga cuidado con lo que dice, mantenga algunas palabras  secretas, perderlas es la diferencia entre ser cruel o no ser, no le vayan a revelar terceros después, lo que no sabía: que las palabras tenían poder. Frase común, el poder de la palabra se ha convertido en herramienta de la coerción, clave morse de las intenciones humanas.

La palabra es la base de cualquier compromiso. Dar la palabra ya casi no vale nada; sin embargo, es interesante ver cuán poco se devalúa el discurso de alguien que no cumplió con la suya, empeñada, como si ahora ser embaucador fuera una gracia. Dicen que antiguamente las palabras tenían vida propia, y que educaban niñas y niños a la antigua, con respeto y disciplina, también lastimaban como hierros candentes o inspiraban altos actos humanos, pues las palabras determinan dónde empieza la creación, declaración de lo que es bueno o malo.

No importa si es dicha, pensada o  actuada, las palabras provienen del espíritu y pasan por la mente para salir al entorno próximo a cumplir su misión. Decir que sí o que no, a saber cuál será tal objetivo. Magia descontrolada, las palabras requieren ser declaradas por hablantes y mudos, también para  malintencionados y mentirosos son necesarias.

Se regodean en su poder, las palabras, capturan momentos y espacios, dolores, amores, llamados y abandonos.

Entiendo que la palabra proviene  de lo más profundo de la voluntad, querer, decir, hacer.

La palabra es un designio, una instrucción, a veces un sable que corta los sueños de otras palabras que nunca debimos haber proferido.