El Rock mexicano punta de lanza del movimiento social (Segunda Parte)

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Es el momento de recordar y considerar cuando por allá de los años setenta, Carlos Monsiváis, criticando a la contracultura mexicana de inspiración anglosajona, aseguró que si a los jipitecas les importa disolver el modo de vida más pregonado en México, el de las clases medias, fracasan al no captar que a la imitación no se le opone la imitación en un medio donde el proceso colonial ha ido de la admiración elitista por la cultura francesa o inglesa a la admiración multitudinaria por Norteamérica. Es claro que estas palabras tienen sentido por la época, aquellos momentos en los cuales había una conciencia para generar una identidad latinoamericana y había un recelo respecto a la penetración del imperialismo cultural estadounidense.

Sin embargo, hay que señalar que en México, el rock llega a sufrir cambios significativos por mediación del ethos barroco que, según Bolívar Echeverría, es una estrategia de construcción del ‘mundo de la vida’.

De facto el rock ha tenido una importancia social cada vez más significativa, de tal suerte que, por ejemplo, sirvió para que muchos músicos que fueron segregados por su color, pudiesen expresarse y llegar a sonar en radios locales, nacionales e internacionales. Como el caso de Chuck Berry, quien traspasó fronteras inclusive, su canción Johnny B. Goode fue elegida para ser enviada al espacio en las sondas Voyager junto con otros datos como muestra de la existencia y cultura de la especie humana, quedando a la posteridad una imagen de los marginados por sus habilidades críticas. Aterrizando de regreso al fenómeno mexicano, es quizá paradigmático, por ejemplo, la relación de la música con el movimiento Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), el que puso los reflectores sobre uno de los sectores de la población mexicana más abandonados hasta ese entonces: las comunidades indígenas.

Acá hay que destacar que  la sociedad civil, con rockeros entre sus filas, reaccionó exigiendo al gobierno mexicano que se reconociera al EZLN y el problema se resolviera por medio del diálogo entre ambos. Pero fue en febrero de 1995, que el gobierno del presidente Ernesto Zedillo rompe el dialogo y es sintomático que la detención de sus dirigentes coincida con la prohibición de los conciertos de rock al aire libre por parte del entonces Departamento del Distrito Federal, con la excusa del desenlace violento que tuvo el concierto gratuito de Caifanes organizado por la Delegación Venustiano Carranza el 19 de febrero de 1995.

Ahora bien, es destacable ahondar en el sentido de que el rock ha llegado a formar parte del mundo simbólico mexicano el cual al ser hegemonizado por el Estado, o mejor dicho por el gobierno, genera una ruptura en el discurso nacional  no quedándose ahí lo obliga a redefinirse. Así es que a pesar de que el gobierno utilizó tácticas represivas, este se vio obligado a resignificarse de tal manera porque era urgente expandir el significante vacío del sistema gobernante, transformando su particularidad en el significante de una totalidad sistémica ausente, como lo explicaba Laclau. Sin embargo, nunca se llegó a una construcción una contra hegemonía, pero desde esta perspectiva, la contracultura mexicana mínimamente manifestaría una demanda. Hay que decir que en el Siglo XX en México, se buscaron vías que expresaran la insatisfacción ante una atmósfera anímica cada día más contaminada, que sobre todo en los jóvenes permitieran descargar la energía acumulada y presentar nuevas señas de identidad.