El sujeto Diosdado
Conoció y acarició su lado oscuro como a los gatos. Quemó la máscara y deshojó una a una la lista de las mujeres con las que había compartido a su marido. Planeó cada detalle, las palabras que pronunciaría el día en el que encontraran el cuerpo, la intensidad de las lágrimas, lo desesperada que tendría que mostrarse, las vacaciones en la casa de Cuernavaca para no despertar sospecha.
Ella, menuda y malévola, se instruyó en el arte del tallado, aprovecho cada segundo de su respirar para consagrar su acto de maldad. Pero la fechoría, tuvo que salir a la luz, tuvo necedad de traer con ella a todos lados el artefacto, mostrarlo ante sus amigas, tocar en noches de té y entrar en la farándula donde corre la envidia como el agua de cañería.
Entonces llegaron los rumores, las investigaciones y los análisis al instrumento de su éxito. El caso fue expuesto ante la Corte de Justicia, se presentaron los hechos, las audiencias y las pruebas finales fueron contundentes y rotundas.
En todas las audiencias no cabía ni un alfiler, entre mirones y periodistas que buscaban el mínimo detalle de la obra. Todos miraban estupefactos al sujeto, buscaban en ese artefacto angelical un indicio de alma humana; a simple vista se tornaba un tanto ordinaria como una flauta de niño.
La acusada, tenía espesa la sangre, camina firme con las manos a la espalda. Miraba su rededor con los ojos llenos de burla. Al momento de declarar indicó a todos los presentes que la flauta que sostenía la parte acusadora era producto del fémur de su marido.

