El toro en disputa
Durante las dos últimas semanas dedicamos un par de columnas a retratar las repercusiones de la reapertura de la Plaza de Toros Monumental de la Ciudad de México, o simplemente, La México. En aquellos dos espacios, hicimos una enjuta semblanza de lo que da y tiene para dar la fiesta de los toros, sin dejar de intentar una defensa del aficionado mexicano, tan maltratado actualmente por razones injustas. Sobre estos dos tópicos, algo quedó claro: la condena moral que en estos tiempos recae sobre la fiesta y el aficionado es sólo comparable a la que reciben los perpetradores de los más indigestos y sañosos crímenes. Y lo que es peor: casi todos los detractores de la fiesta no conocen ni quieren conocer ni quieren que se conozcan, los fundamentos de la fiesta que atacan.
Son muchos los aficionados que lo han dicho: la fiesta de los toros es algo que no corresponde a cualquier sensibilidad o persona. Su rechazo es perfectamente entendible y su incomprensión normal. Pero, dada la existencia de toda una cosmovisión, de un universo y de un armazón teórico y estético vastísimo, su crítica y su posible censura solo cabe hacerse teniendo un mínimo conocimiento del rito y no del espectáculo en torno al toro. Sin embargo, es a partir de aquí, de este encontronazo moral, que comenzamos a caminar por terreno cada vez más pantanoso. Y no es para menos, pues, ¿cómo revertir todos los significados que alguien tiene formados durante años en torno a un fenómeno claramente crudo?
La anterior pregunta es interesantísima. Podríamos derramar ríos de tinta para referirnos a ella y aun así nos quedaríamos cortos. En palabras de Ortega, es uno de aquellos surtidores inesperados, donde la blanca luz del día, de este día, del presente, se descompone en todo su rico cromatismo interior. Su servidor admite esta increíble dificultad: no es tarea sencilla colocar un vestido de conceptos y significados extraños sobre una experiencia de sangre y de muerte sin dejar de tener reparos morales sobre el asunto. Sin embargo, asentarse en esta parte del problema no me parece cosa distinta que un acercamiento, finalmente, elemental. Es quedarse en la epidermis del asunto, y no poder entender que de contradicciones está hecha la sublimidad en el arte.
Ahora bien, si me preguntasen por una posible solución a todas las interrogantes y contradicciones que surgen sobre los toros, sin duda diría que la más eficaz pasa por despegarse del miedo a la oscuridad de los conceptos. Por dejarse sorprender hasta sentir una vergüenza curiosa, propia de quien se percata de que el viejo recurso de mirar al toro perseguir furioso una muleta ha dejado de ser una excusa para sentirse moralmente superior, y ahora es una imagen con una estética que uno se esfuerza en no reconocer. Y que, de pronto, se rompe cualquier rigidez conceptual asentada con la que se pudiese abordar el asunto. Tras lo que no necesariamente tiene que aceptarse la fiesta, aunque eso no importa. Lo que importa es que uno se queda con los esquemas resquebrajados y el qué hace cada quien ante esto hablará mucho de él mismo.
Por todo lo anterior, y por mucho más, es que mi convencimiento y mi fe en la fiesta perdura. Se podrán pensar infinidad de cosas, pero, a mi juicio el mundo del toro está compuesto de muchísimos asuntos de una profundidad imprevista que tienen la dignidad suficiente para que cualquier persona, se preocupe por entenderlo y que no cabe forma alguna de odio a priori. Y a la vez, creo que su comprensión está limitada a individuos libres en el más amplio y menos económico sentido de la palabra, a aquellos que no aceptaron los reproches de quienes aseguran que: soñar es malo y que la fe en la oscuridad conduce al fracaso.

