El vuelo de la esperanza (Relato)

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Antes.

Anoche soñé que mi piel era de seda, mis manos, alas y volaba sobre una montaña de cumbres doradas. Luego, detuve mi vuelo y me deslicé por aquella cima encantada. Entonces, parte de mi piel de seda, se convirtió en plumas de colores, blancas, rojas y azules. Alas eran mis manos, ramas cuajadas de hojas verdes con aromas de la higuera, mi alma.

En verdad, no sabía con seguridad qué era, qué clase de ser, que se podía mover de distintas maneras; si la de antes, que conseguía volar con solo mover sus manos, o la de ahora, que andaba, sintiendo en su piel de seda, el calor que le transmitía la vida. Hojas, movidas por la brisa, dejando un reguero perfumado, quién sabe si como señal para no perderme en el camino de vuelta, si se diera.

A medida que avanzaba hacia los pies de aquella montaña de cumbres doradas, el paisaje fue cambiando de tonalidades. Nubes blancas, como frontera, delimitaban los espacios, que, sin perder claridad, me decían que ellas también formaban parte de mi vida.

El caso es que, ya dentro de aquellas nuevas tierras, siendo parte de las mismas, me fui transformando, nueva y lentamente, en lo que era antes del sueño. Y, como en un sueño dentro de aquel sueño, me vi caminando por un sendero de tierra amarilla, limpio de hojas muertas.

A mis costados verdes pinares, con sus aromas a resina, me sugerían cómo se curan las heridas. Fue la primera enseñanza de aquel libro de la naturaleza que casi nadie leía y que ya nunca dudaría de que en él, se encontraban los remedios para una vida larga y en armonía.

Ahora sé que mi sueño fue una advertencia y que yo, era la representación de una especie, la humana, que estaba poniendo en peligro nuestro planeta, tan hermoso y tan generoso. El que, como aquellas cumbres doradas y aquellas nubes blancas, me dejaba ver un espectáculo tan hermoso que me hizo volar y caminar. El que me dio la oportunidad de tener plumas de colores, blancas, rojas y azules para poder soñar en una realidad que nos pudiera salvar.

Al final, creo que no fue un sueño, sino una especie de encantamiento que me hizo ver, por un lado, una pequeña parte de la grandeza y generosidad de una naturaleza amenazada y en peligro de perecer por la inconsciencia y la avaricia. Y por otro, el egoísmo desaforado de quienes vivían de prestado y no se daban cuenta de que tenían las horas contadas, mientras que los pinos se curaban sus heridas con aquella resina sagrada.

Ahora.

La luz de la bombilla del cuarto se fue apagando a medida que iba clareando el día. La ventana, con las cortinas corridas, y ella, sentada frente en su sillón de siempre. Con el teléfono a la mano, por si suenas, se decía de vez en cuando, y cuando lo miraba y con suavidad lo tocaba. 

El día, perezoso, como indeciso, en dejarse ver y tímido de mostrarse en su esplendor. Una niebla caprichosa buscaba su protagonismo, sabía que tenía el tiempo justo y contado para dejarlo pasar. El sol, que venía detrás, no tardaría en llegar. 

Como en un cuadro en el que todo está parado, así se dejaba ver aquel cuarto con aromas del pasado y la luz transitando hacia lo que nunca llegaba. La llamada que ella, con la angustia del que espera y el desasosiego del que teme al silencio, aguardaba. 

Hasta el momento presente, en el que todo cambió de repente, donde fueron transcurriendo los días, donde el desaliento era la rutina y la tristeza, la niebla que invariable y puntualmente se dejaba ver tras la ventana de las cortinas corridas en aquel cuadro en el que reinaba la melancolía.

Donde el único signo de vida lo ponían unos ojos cansados de mirar al vacío y unas manos que acariciaban el teléfono que nunca sonaba. Cuando un timbre rompió el silencio, y unas manos ansiosas, como impelidas por el resorte de unos deseos contenidos, fueron al encuentro del que tantas veces fue acariciado con la ternura de un amor que espera en la sombra el calor ansiado. 

Con manos decididas y temblorosas, descolgó a quien esperaba encima de aquella mesita redonda con un paño de croché que ella pacientemente, como retando al tiempo, había tejido con todo cariño. Merece estar bien atendido, se decía mientras tejía, como si aquel teléfono fuera otra parte viva de su vida rodeada de quietud y tristeza.

No tuvo necesidad de preguntar, sabía quién era. Solo tuvo que esperar a que la voz dejara ver su color. Ella, con los años, había aprendido a ponerles tonalidades a los sonidos; ya sabía que los grises vestían a las tristezas y los dorados a las alegrías. 

Soy la esperanza, la que se alejó de ti cuando perdiste la fe y te dejaste vencer por el pesar y la desconfianza. Soy promesa y ofrenda, soy todo aquello que la realidad te niega. Levántate, ve hacia la ventana, la abres y deja que la brisa acaricie tu cara. 

Seré yo, quien, con cariño, borrará el color pálido de tu cara por el sonrosado que te mereces. Luego, mira al cielo y observa cómo se desvanece la niebla; es el destino que la empuja, soy yo, la que con el calor de las palabras que sanan le hará lugar al sol de la honestidad para opacar la maldad.

Después, cuando la claridad de la justicia inunde calles y plazas, piensa que nada es una ilusión, que todo lo que ahora forma parte de la vida, en la que tú eres la protagonista, será cambiado en el despertar de las conciencias dormidas.  

Cuando calló la voz y el silencio dejó de ser lo que fue, un páramo muerto de sed, se puso de pie y, sacando fuerzas de flaquezas, cambió el sillón de lugar y mudó la mesita redonda, que sostenía el teléfono con aquel paño de croché, acercándola a la pared. 

Fue hacia la ventana de las cortinas corridas, las abrió y se asomó. La brisa la recibió con el manto dorado de aquellas cumbres del sueño. Llevó sus manos a su cara mientras dos lágrimas rodaban buscando sus labios. Todo había cambiado, la esperanza se había dejado ver con el color radiante de una fe que volvía envuelta en ese velo de seda que tanto sabía de vuelos, colores y aromas. 

Eran las cosas sencillas de la vida que tanto valor tenían para ella. Era la esperanza que, vestida de azul de cielo y el pañuelo de la ilusión sobre sus hombros, salía a su encuentro. 

En un mundo nuevo donde no tendría cabida el egoísmo desmedido de quienes vivían de prestado sin darse cuenta de que tenían los días contados. Un planeta que iba hacia el abismo, en el que, al final, para encajar en él, sería posible si las conciencias despertaban y erradicaban la inoperancia. 

Con ese pensamiento, apoyada en la ventana de la vida, dejó volar los sueños hacia aquellas cumbres doradas.

Sami.