Él y Ella (Una luz inapagable)

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Ella:

Cuando, caminando por las veredas arcanas

que abren las persianas de la vida

con sus mosaicos de mil colores

y sus lienzos de agua y flores.

Su camino coincidió con el mío,

y como dos madejas de tonos distintos

se entrelazaron para formar un solo cordel

y tejer lo mejor de nuestra historia.

Su brillo de astro rey me obnubiló

y me guío hacia sus valles de rocío,

desde el primer instante

en que se unieron su camino y el mío.

Encontré mi norte y vi con claridad

lo que había en el horizonte;

él y yo, con las cartas de una misma vida.

Lo encontré a él, y me encontré a mí misma.

Pude ser yo, con los lirios de su sonrisa

y esa puerta abierta a la luna encendida,

donde agarrado de la esperanza,

espera respirar mi esencia cada día.

Nube blanca y cielo azul, es.

sol dorado y arroyo en calma, también es;

para alimentar mi amor, agua y mies, es,

y es, además, el dulce licor que sacia mi sed.

Es todo lo que en mis noches

de efervescente primavera soñé.

Cerró la puerta a mi páramo vacío

y convirtió mi corazón en un vergel.

Y ahí se encuentra él.

verso y poesía, métrica y rima,

canto y melodía, verdad y fantasía.

Por él, soy lo que siempre quise ser.

Agua en sus tiempos de sed,

sol dorado en su amanecer,

ungüento en las horas de dolor,

y para alegrar su vida, un poema de amor.

Gracias, bendito hombre,

inmenso en tus virtudes,

generoso como una buena cosecha

y desprendido como las tupidas gotas de lluvia.

Que la luz de tu mirada

siga alumbrando los momentos

que la vida con generosidad me regala

y tu sonrisa sea la dicha de mis palabras.

Bendecida me siento con tu llegada

de alborada despejada

cuando te encuentras conmigo,

o de viento huracanado

cuando no estás a mi lado.

Gracias, muchas gracias por curar

mis males, frutos de la fría soledad

aquella que aparece cuando no estás

y que ahora, con tu luz, al fin, pude sanar.

El:

Mil caminos recorrí,

a miles de cumbres subí,

por veredas despobladas me perdí

y del polvo reseco de la vida bebí.

Por anchos cielos volé

de los que me costó volver;

con falsos soles me cegué

y, al final, a la soledad me entregué.

Nada me hacía presagiar

que todo aquello pudiera cambiar,

caminos, cumbres y veredas,

soles y cielos de falsas sedas.

Pero el destino se apiadó de mí

y a sus generosas manos le rogué

que tu bendita luz pudiera tocar,

y como por ensalmo, alamedas

flanqueadas de lindas arboledas

se fueron abriendo ante mí

y, entre sus ramas embovedadas

una mirada de luces doradas

me hizo ver el norte y la claridad,

el horizonte tan cerca de mí

que hasta lo podía tocar,

poniendo fin a mi triste soledad.

Hoy, cuando miro hacia atrás,

todo me parece un mal soñar

porque con tu luz dorada pude hallar,

una realidad de la que ya jamás

nunca más, me podría apartar.

¡Ay, mujer, claridad de dulce mirar!

que, con tu voz, curaste mi soledad

y con tu calor, la negra y triste frialdad.

Por todo y, por tanto, de bien nacer,

es reconocer y a la vez agradecer,

lo que nunca dejaré de hacer

por unos ojos que me hicieron nacer

en un mundo de un nuevo amanecer,

un universo donde reinan los versos

y donde nunca nos faltan los besos,

de los que nunca jamás me alejaré.

Gracias, bendita mujer, sencilla y afable

generosa, milagrosa y venerable,

a tus pies mi corazón se inclina

como espiga de trigo agradecida.

Que tu luz dorada me siga alumbrando

por los siglos de los siglos guiando,

que no habrá jamás, quien más te pueda amar

que este corazón mío, que por ti, en su soñar

se ve recorriendo mil caminos floridos,

subiendo a miles de cumbres doradas,

por veredas de lindas flores pobladas

y bebiendo de tus labios bendecidos.

Gracias, muchas gracias por curar

mis males, frutos de la fría soledad

aquella que aparece cuando no estás

y que ahora, con tu luz, al fin, pude sanar.

~•~

Inés (Sami)