El yo trascendente del carácter: personalidad del ser

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El filósofo Emmanuel Kant afirmaba que nunca experimentamos el yo conocedor del mismo modo que el yo objeto, proprium. El mismo conocedor es un yo trascendental o puro, que existe y abarca, pero no es abarcado. Solo podemos percibir algo de su sombra. En contraparte William James dice que no existe un conocedor sustantivo distinto del proceso de conocimiento. Cada instante de conciencia en la suma de la existencia se licúa con el momento previo y el conocedor está de algún modo sumergido en lo que es conocido. Así es que debemos detener el proceso normal del conocimiento y reflexionar sobre lo que imaginamos respecto a la situación que nos cuestionamos. El conocedor ahí se forja y es el propio ser. Allport señala que la ciencia debía limitarse a describir los hechos objetivos en vez de recomendar cómo deberían ser. Así que es momento de hablar de la personalidad y algunas distinciones que se mueven por el espacio de existencia de la persona.

 

Hay que comenzar diciendo que la personalidad es un término descriptivo, mientras que carácter es perceptivo, ésta es una primera distinción de importancia, inclusive ontológica respecto a razón de ser. Esto hay que señalarlo porque en la interpretación del ser y sus causalidades hay que evitar un poco los ruidos fenomenológicos y de cosificación expresadas en las conductas de la persona. Los conceptos cargados de moralidad, como carácter y virtud, se introdujeron, como de contrabando, en la psicología científica bajo el barniz suave del concepto de personalidad. Por su parte el concepto del carácter no desapareció por la sencilla razón de que, ideológicamente, no sintonizaba con el igualitario. Si bien la psicología del siglo XX intentó eliminar de sus teorías el concepto de carácter, la personalidad de Allport, los conflictos del inconsciente de Freud, el salto de Skinner más allá de la libertad y la dignidad, y los instintos postulados por los etólogos, ello no tuvo ningún efecto en el discurso común sobre la conducta humana. El buen y el mal carácter siguieron firmemente arraigados en leyes, políticas, nuestra forma de educar a los hijos y en nuestro modo de hablar y pensar sobre por qué la gente hace lo que hace.

 

Aquí será importante, brevemente, hacer algunas distinciones de conceptos que frecuentemente se utilizan en el lenguaje común como o distintos. Comencemos diciendo que el temperamento hace referencia a la dimensión biológica e instintiva de la personalidad, que se manifiesta antes que el resto de factores. Durante la vida de cualquier persona las influencias ambientales que recibe interactúan con su base temperamental, dando lugar a los rasgos que la caracterizarán y la diferenciarán del resto. Éste, está determinado por la herencia genética, que influye de forma notable en el funcionamiento de los sistemas nervioso y endócrino. Estas diferencias generan variaciones en rasgos y predisposiciones; por ejemplo, la hiperreactividad del sistema nervioso simpático favorece la aparición de sensaciones de ansiedad, mientras que las personas extrovertidas se caracterizan por niveles crónicamente bajos de activación cortical.

 

Ahora bien el carácter es el componente aprendido de la personalidad. Aparece como consecuencia de las experiencias que vivimos, que influyen en nuestra forma de ser modulando las predisposiciones y tendencias temperamentales. Hay que decir que no hay un consenso sobre la definición del carácter, pero buena parte de las propuestas destacan el hecho de que se deriva de la interacción social. Esto significa que depende del contexto en el que nos desarrollamos, y por tanto tiene un origen cultural. A principios del siglo XX el estudio del carácter fue una tendencia predominante que acabaría siendo sustituida por la Psicología de la Personalidad; en el fondo, estas perspectivas no se diferenciaban demasiado de los modelos actuales. En la actualidad, en muchos casos, no se distingue entre estos elementos, el carácter y la personalidad. De forma estricta el primer término designa específicamente la parte de nuestra naturaleza que viene determinada por el ambiente, pero la dificultad para separarla del temperamento hace que las definiciones de carácter y personalidad se solapen con frecuencia.

 

En psicología, el término personalidad se define como una organización de emociones, cogniciones y conductas que determinan los patrones de comportamiento de una persona. En la formación de la personalidad intervienen tanto el temperamento como el carácter. Tal vez por las dificultades para delimitar qué parte de la forma de ser viene dada por la herencia y cuál por el ambiente, este término resulta más útil que los anteriores a nivel teórico y práctico. Desde la psicología se han ofrecido un gran número de concepciones de la personalidad. Una de las más influyentes es la de Gordon Allport, que destaca también las manifestaciones mentales y conductuales y el componente de organización, si bien añade un factor de dinamismo y de especificidad individual.

 

Cada teoría psicológica sobre la personalidad destaca aspectos diferentes de la experiencia humana. Además de la teoría individualista de Allport, entre las más importantes encontramos la de Eysenck, que se centra en las dimensiones biológicas, y las de los humanistas Rogers y Maslow. Es importante también hacer mención a los modelos situacionistas, que acercan el concepto de personalidad al de conducta. Desde estas perspectivas se propone que el comportamiento humano no depende tanto de constructos mentales como de las influencias ambientales en una situación concreta, o bien que la personalidad es un repertorio conductual.

Es importante hablar de la unidad de la vida personal. La vida psíquica o consciente, propia de la persona, en la rica multiplicidad y hasta diversidad de actos, se nos revela ante todo como una unidad.

 

Los múltiples actos de pensamiento y voluntad, de sensación y apetitos inferiores, los diferentes estados de ánimo, la variedad inmensa con que la actividad psíquica se nos manifiesta en nuestra conciencia, son actos de un ser permanente y, más concretamente, de un yo, siempre el mismo por debajo de éstos. Aparecen todos ellos esencialmente referidos a esta unidad ontológica incambiable y distinta de ellos mismos, como a la causa de que proceden y como al sujeto, en que residen y al que modifican. La realidad de la vida consciente no se agota en el acto ni en la suma de todos los actos como otras tantas unidades átomas yuxtapuestas entre sí: cada uno de estos actos se nos manifiesta como expresión, efecto y modificación de una realidad más profunda y permanente, constantemente la misma a través de todos los cambios actuales, que los causa y sustenta y que aflora en la conciencia en todos y cada uno de ellos. De semejante relación esencial a ese yo permanente procede la unidad, que en cada momento y a lo largo de todo el tiempo de nuestra vida, poseen en nuestra conciencia esos actos en sí mismos y en su totalidad.

 

Otra cuestión nodal en tanto la intencionalidad es la trascendencia objetiva de la actividad de la persona. A diferencia del ser material, la persona se nos revela como un ser abierto a la trascendencia, al ser distinto del propio. Por el conocimiento aprehende en el propio acto un objeto, es decir, un ser distinto del propio acto en cuanto distinto de éste, y sin el cual el conocimiento ni sentido tiene. Se trata de la actividad sustancial de la persona, que precede y causa las restantes, se nos revela como acto frente a y en posesión de un objeto distinto de sí. El objeto de la aprehensión cognoscitiva es el término distinto y trascendente al propio acto alcanzado en su alteridad. La inmanencia subjetiva del acto se nos manifiesta abierta a la trascendencia y en posesión de algo que no es él, pero alcanzado en la unidad inmanente y simple de su propio ser. Inmanencia y trascendencia constituyen los términos de la tensión de la identidad intencional, la dualidad real irreductible poseída en la unidad del acto. Por elección la persona actúa sobre su propio ser y sobre el de los demás y actúa libremente, con dominio activo sobre su propia actividad. Tampoco esta operación volitiva tiene sentido sin un ser distinto del propio acto, es también esencialmente intencional.