Elegirse voz, aun así, en tiempos tempestuosos
En estos días interminables de noticias grotescas que sólo desvelan la superficie de la crueldad de nosotros, los seres humanos, me encuentro profundamente agotada y con una extraña superstición que me dice que jamás podré ser feliz en este mundo que habito (habitamos), y no es nada más derrota o nihilismo es naufragio sin brújula, naufragio de quien habiendo estudiado las profundidades, descubre que el abismo también estudia de vuelta.
Y en este desamparo, vuelvo a la columna que una vez escribí sobre Gonzalo Arango y su elección de ser escritor en el abismo. Hoy, con el corazón puesto en Granada y los ojos en una pantalla que muestra algo milagroso, una imágenes inéditas de Federico García Lorca en movimiento, descubiertas por el cineasta Manuel Menchón para el documental La voz quebrada, esos fotogramas de 1932 donde el poeta vive, gesticula, ríe, viaja con La Barraca, y su cuerpo (ese cuerpo que tiempo después fue silenciado) todavía respira teatro, pueblo, tierra. *
Cuando vi por primera vez estos fotogramas no pude evitar sentir sucumbir mí más álgido cuerpo, cómo quien viaja con nostalgia, pude sentir el cuerpo en movimiento, el gesto vivo, la sombra proyectada antes del crimen. Y me dije algo claro que escribí y quiero plantar aquí: Hay algo profundamente político en ver a un poeta en movimiento.
Porque verlo moverse no es un hallazgo histórico, es más una especial de resurrección íntima. Porque Lorca nunca fue un símbolo abstracto, fue un hombre de carne y vértigo que eligió ser, por encima de todo, un testigo encarnado. Su escritura no era refugio, sino exposición. Como Arango, Lorca entendió que para cantar al mundo había que meterse en su barro, tocar su podredumbre y su flor al mismo tiempo, ambos sabían que no se puede mirar al cielo cuando la sangre corre por las cunetas.
García Lorca no escribía desde la torre de marfil, sino desde la calle, desde el llanto de la guitarra, desde el grito enterrado de los perseguidos. Su palabra era un cuerpo más (un cuerpo político, un cuerpo erótico, un cuerpo místico) que se negaba a la desincarnación, por eso su asesinato en 1936 no fue sólo un crimen político; fue un intento de silenciar la carne que habla, la palabra que late. Mataron al hombre, pero ¿cómo matar la voz que ya se había hecho duende, que ya habitaba en el rumor del agua y en el gesto de los actores de La Barraca?
Su escritura es un acto de exposición, porque con ella desnuda el alma de Andalucía, que es desnudar el alma humana en su grito y su fiesta, en su sangre y su lirio.
En los fotogramas recuperados, Lorca actúa, y he ahí la revelación, esa de que su vida entera fue un acto de teatro sagrado, un teatro donde lo popular y lo culto se besaban, donde la muerte llevaba traje de luces y el amor olía a azahar y a tormenta. Lorca eligió ser ese puente peligroso entre la tradición y la vanguardia, entre el cante jondo y el surrealismo, entre la risa y el presagio. Eligió, como Arango, ser hombre a través de la escritura, pero también a través del cuerpo colectivo del teatro.
Y ahora, frente a estas imágenes que nos devuelven su movimiento, entendemos algo terrible y bello, que la voz no se quiebra del todo, que se transforma en eco, en semilla, en gesto suspendido en el celuloide. El director Menchón no nos muestra un fantasma, nos muestra una prueba, la de que la belleza es un acto de resistencia, y nuestro querido Lorca sabía que el arte verdadero siempre es un riesgo mortal, porque desvela la humanidad frágil y feroz de los que no tienen voz, eso que el poder quiere ocultar, una y otra y otra vez, sin descanso.
De todo esto emerge una verdad filosófica que me estremece y que sostiene esta columna, que el poder puede matar el cuerpo, pero no siempre logra domesticar la vibración.
Es por eso que en tiempos donde la palabra parece agotada, donde todo se dice y nada se escucha, Lorca nos recuerda que la voz no es solo sonido, es posición,
es cuerpo,
es riesgo.
Que escribir (y vivir) no consiste en sobrevivir intactos, sino en sostener una verdad aunque tiemble.
Hoy, en un mundo otra vez lleno de pantanos, corrupción, desmemoria, violencia envuelta en retórica, degradación máxima de la vida humana, la figura de Lorca nos interroga: ¿somos capaces de mirar hacia abajo, como él hizo? ¿De escribir desde la herida, pero también desde la fiesta? Porque en Lorca, incluso la tragedia tiene pulso de baile. Su duende no es solo dolor; es esa fuerza eléctrica que nace cuando el artista se juega la vida en el verso.
Tal vez por eso regreso a él cuando siento que incluso la escritura me abandona. Porque Lorca ofrece en su escritura la certeza de que no siempre se vive para ser feliz, sino para ser fiel a aquello que nos atraviesa. Elegirse, como hicieron Arango y Lorca, (y tantos, cómo Weill, Flora Tristan, Lemebel, Jara, etc.) es aceptar que la auténtica escritura no es un oficio, sino un destino, pero, ¡ojo! un destino que a veces se paga con la soledad, con la incomprensión, incluso con la muerte, pero que también concede la única inmortalidad que importa, la de seguir habitando en el gesto, en la palabra que otros recogen y hacen latir de nuevo.
Y yo, desde este cansancio profundo, pienso que quizás la felicidad no era el destino, quizás el destino era, simplemente, seguir escuchando. Aunque el mundo se desangre en noticias grotescas, quedan estos rescoldos de belleza violenta que nos recuerdan, que elegirse es, en última instancia, no rendirse.
Ni siquiera ante el olvido.
Lorca no se rindió, y en su movimiento detenido, nos empuja a seguir moviéndonos, a seguir escribiendo, a seguir mirando hacia los costados, para poder cantar, una vez más, hacia lo alto.
Para ver el retazo del fotogramas hallado para La voz quebrada de Manuel Menchón, visita: https://youtu.be/9nVJ-oGFc1o?si=jBkKvnf4JM7-fc8l
*Imagen: Raúl Arias

