En algún lugar de la selva y la importancia de observar

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¡Dios mío! ¡Qué lugar tan extraño! pero ¿Cómo fue que llegué hasta acá? ¿En dónde estoy?

Lo último que recuerdo es que mi mamá me estaba dando de comer en mi piquito y que me advirtió que sería la última vez que ella me daría de comer.

—Ya has crecido bastante, tus alas son muy fuertes y tu plumaje, exuberante. Ya es tiempo, que de ahora en adelante, busques tu propio alimento y te conviertas en un colibrí hecho y derecho.

Esas fueron  las últimas palabras que escuché de mi madre, al mismo tiempo que vi cómo se alejaba. Recuerdo vagamente que intenté alcanzarla, pero en lugar de eso, caí de la copa del viejo árbol, donde antes era mi hogar, no recuerdo nada más. Oh, Dios, me duele mucho la cabeza y siento un enorme chichón.

—Hola, hermoso colibrí ¿Te encuentras bien? ¿Qué te sucedió? Tal parece que en lugar de una cabeza tuvieras dos por la hinchazón, y tus alas, las noto un tanto maltratadas. ¿Qué te parece si volamos juntos? Como a quinientos metros, vi algunas plantas de mirto repletas de flores, ven, sígueme para que te alimentes con su miel.

—Hola, preciosa mariposa, al parecer me caí de un árbol, no sé cómo llegué hasta acá. Te tomo la palabra, me siento muy débil y con mucha hambre.

Fue así como llegamos al paraíso de las flores de mirto, yo, feliz chupando su miel, mientras ella, atenta me miraba. Sería que le estaba gustando, o tal vez, no había visto nunca a un tragón como yo. Jijijiji. De cualquier manera, su compañía era como agua bendita en tiempos de sequía.

Después de terminar con el delicioso y abundante banquete que me provocó un enorme eructo, me dijo:

—No sé si lo habrás notado, pero estamos en la selva, hay comida en abundancia, pero también muchos peligros, por lo que deberás andar con cuidado para sobrevivir. Te mostraré, así sabrás a qué atenerte.

Si sobreviví a la caída de un árbol de treinta metros, creo que con un poco de ingenio y de astucia, podré lograrlo (pensé, mientras la escuchaba).

Volamos hasta la copa del árbol más alto, donde se podía apreciar con lujo de detalles, todo lo que ocurría dentro de ese inmenso lugar.

Por un lado estaban los mamíferos: jaguares, pumas, tigres, panteras, tapires, elefantes, hipopótamos, perezosos, monos, chimpancés y orangutanes. Que eran, los que de alguna manera, se sentían los dueños del lugar. Creían saberlo todo y tener la última palabra, no soportaban que nadie más les robara pantalla o les llevara la contraria y harían cualquier cosa para terminar con quién se interpusiera en su camino.

En otro punto se encontraban las Aves: tucanes, guacamayos, chotacabras, mis hermanos colibríes, gallitos de roca, guácharos, harpías, hoatzines y hormigueros. Quienes desde lo alto observaban todo lo que ocurría a su alrededor. Interactuaban lo menos posible con la demás fauna para no meterse en problemas.

No muy lejos de ahí, estaban los reptiles: serpientes cazadoras y constrictoras, como la boa y la anaconda. No querrías encontrarlas a tu paso, devoraban todo lo que en la cadena alimenticia les estaba permitido. Se la pasaban criticando a los demás, imponiendo sus ideas y buscando protagonismo, como si solo ellas tuvieran derecho a ejercer su libertad de expresión y andar libremente por toda la selva. Lo mejor era, darles por su lado e ignorarlas, por salud propia.

Más adelante estaban los anfibios: sapos y ranas, que saltaban de un lugar a otro dentro de sus charcas, como extraviadas, con muchas incógnitas, que por egoísmo y por creerlas inferiores, nadie les respondía.

Por último tenemos a los insectos y arácnidos: escarabajos, hormigas, mariposas, abejas y tarántulas, que, aunque son los más pequeños de toda la fauna, también son de cuidado, y lo mismo que pasa con los demás animales (los más grandes, se comen a los más chicos) Ningún escarabajo que apreciara su vida, se querría encontrar con una tarántula hambrienta, o con un ejército de hormigas, no, no, no.

Por último, le pregunté a mi amiga, la mariposa, ¿cómo es posible, que siendo tan pequeña, hayas podido llegar hasta aquí, sin haber servido de bocado, a un mono, un tucán, una serpiente, una rana o una araña.

—Sucede que soy una observadora aguda y desde la distancia, aprendo el comportamiento de toda la fauna de la selva.

Me centro en lo esencial, anticipándome al lenguaje corporal, de cada uno de los animales, sobre todo de mis enemigos, detectando anomalías y recordando acciones pasadas, que me puedan ayudar a prevenir el peligro. Con mi mente analítica, constantemente en funcionamiento, más allá de notar detalles, los observo, analizo y proceso la información a mi favor.

Mientras ellos pierden tiempo diciendo, quién es el mejor, haciendo de menos a los que consideran más débiles, hablando mal de los demás, etc. Yo lo gano observando y analizando a detalle sus capacidades y sus puntos débiles, acrecentando así mi propia capacidad para evitar problemas, resolverlos  y sobre todo, para sobrevivir, volar por donde me plazca y seguir mostrando mis maravillosos colores. Los observadores entendemos las raíces de cualquier situación, nuestro enfoque minucioso nos  permite encontrar soluciones creativas e innovadoras para cualquier cosa.

Desde entonces, gracias a mi amiga la mariposa, me convertí en el más grande observador de todos los tiempos. Aprendí, que en cualquier entorno, donde interactúan dos o más animales, deben prevalecer los valores: amor, tolerancia, respeto, solidaridad, empatía, etc. Ya que nos enfrentaremos a distintas situaciones donde cada uno tendrá su propio  punto de vista y opinión y que no siempre será igual a lo que pensemos los demás.

Aprendí, que no todo es malo, pero que es mejor si pongo de mi parte. Si cuido de mí, sin buscar mal a los demás.

Moraleja: Si hablamos menos y observamos más, la vida podemos salvar.