Enfoques divergentes

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En el imaginario colectivo coexisten puntos de vista, opiniones, criterios y creencias que no necesariamente tiene que coincidir, esa es la grandeza de la diversidad, que permite que cada quien se exprese desde su interpretación del mundo.

No obstante, también es cierto que no entendemos o no queremos entender que, ante la contundencia de algunos hechos, es preferible aceptar nuestros errores antes que buscar deslindes que llegan a ser infantiles.

Por ejemplo, es cierto que hablar mal del otro es una especie de deporte nacional que pretende hacer que la atención se centre en el vecino, antes de que mis propias deficiencias se noten. Es decir, me encargo de que las miradas se centren en otra parte con la idea de que, de esa forma, no habrá quien se dé cuenta de las incongruencias que he cometido. Esta postura de vida resulta de muy mala lecha y por supuesto que debe generar repudio.

Pero, y ese es un gran dilema, hay quien asume que el hecho de hacer notar mis errores representa una manera de hablar mal; afortunadamente ningún ser humano es perfecto y tenemos el derecho de equivocarnos, a razón de ser ciertos, el error nos ofrece muchas más oportunidades de reacción que la trampa de la aparente perfección que se traduce en zona de confort.

No confundamos, si yo te sorprendo pasándote la luz roja del semáforo y te lo hago notar o lo digo, no estoy hablando mal de ti, estoy dando testimonio de una conducta inapropiada que bien valdría la pena corregir.

Si te veo sustraer una cartera y lo hago notar o lo digo, no puedes enojarte, más bien asume que están incurriendo en un delito y procura evitar la conducta; eso no es hablar mal, es actuar en congruencia con un catálogo de valores. Tampoco puedes tergiversar las cosas, no se vale que cuando tu tomas dinero ajeno le llames aportación, pero si otro más lo hace lo llames moche.

Al final puede imponerse la necedad; en muchos temas, religión, tradiciones, política o deportes, por citar algunos ejemplos, hay dogmáticos que se escudan tras de sus ideas y se cierran ante cualquier opinión o ataque sobre sus firmes ideas, aunque carezcan de ética.

Sin duda habrá nudos que será complicado destrabar, no vamos a convencer al ateo de la existencia de un Dios, pero si podemos pedirle que respete a quién crea en él y disfrute vivir de esa manera.

No se trata de que todos pensemos igual, sería absurdo, pero si de establecer consciencia de que no todo lo que se nos dice resulta una agresión y que no todo lo que se nos sugiere resulta una intromisión en mi estilo de vida.

Ante cualquier comentario, la racionalidad tendría que llevarnos a valorar e interpretar lo que ese interlocutor está diciendo, de manera que se asuman posturas congruentes con el deber ser aceptado y consensado socialmente.

Negar la existencia de enfoques divergentes resulta tan absurdo como negar que hay un día y una noche, lo preocupante es no a sumir lo que hacemos y querer tapar el sol con un dedo.

horroreseducativos@hotmail.com