Enojo crucificador
Para quienes nos asumimos católicos, estamos en fechas en las que la reflexión tendría que ser profunda, al punto de llevar el análisis de nuestras acciones hasta la comprensión de lo que hemos hecho para bien o para mal.
Técnicamente es momento para asumir las consecuencias de nuestras decisiones y actos, buscando la construcción de una mejor versión de nosotros mismos; lamentablemente, hay quienes no asumen sus pecados y piensan que el mundo confabula en su contra. En ese proceso de enojo crucificador, la ética se puede ver nublada por creencias que se transforman en argumentos.
Hablar de conductas éticas desde el enojo es como pretender impartir justicia con un machete en llamas: quizá ilumina, pero en realidad quema; el enojo, ese viejo maestro de distorsiones, convierte cualquier percepción en un espejo cóncavo donde lo propio se ve heroico y lo ajeno monstruoso. Y desde ahí, cualquiera se siente autorizado a dictar sentencias morales con la misma serenidad con la que un huracán, modifica la arquitectura de una ciudad.
Porque cuando la rabia toma la conciencia, la ética se vuelve un accesorio decorativo o un adorno. Logra que la autoreflexión sea yo sí soy correcto, pero mira lo que me obligaron a hacer. Y entonces aparecen las viejas conocidas: la difamación disfrazada de verdad incómoda, la argumentación trastocada por el yo soy fiel a mis principios o la necesidad infantil de justificar en espacios sociales (redes, contactos) nuestras decisiones para dejar clara nuestra postura ante el malvado de la película.
La ética, sin embargo, no negocia con berrinches de los que después nos arrepentimos; no se deja chantajear por la narrativa del escucha mundo mi verdad de los hechos. La ética exige algo mucho más incómodo: hacerse cargo, y esto significa asumir que uno actúa porque decide actuar, y por convicción, no porque el universo conspiró para empujarme para hacer las cosas
Pero claro, eso es demasiado honesto para quienes prefieren la comodidad del autoengaño; es más fácil acusar que revisar, más fácil señalar que reconocer, más fácil construir un enemigo que aceptar la propia sombra. El enojo, en ese sentido, es un gran aliado de la cobardía moral: permite golpear sin pensar, hablar sin medir, destruir sin reparar.
La conducta ética, cuando realmente lo es, es un ejercicio de lucidez; un acto de resistencia contra la tentación de la reacción inmediata. Implica detenerse, incluso cuando la sangre hierve, para no convertir la emoción en coartada; implica renunciar al placer primitivo de culpar al otro y asumir la responsabilidad, porque cuando realmente sabemos lo que somos, cuando realmente actuamos bajo principios sólidos, la satisfacción es para uno mismo. Cuando no lo hacemos así, lo que de origen pudo ser un gesto loable se transforma en una indignación teatral.
Hace más de dos mil años crucificaron a un ser humano por rencores derivados de su actuar; a tanto tiempo de distancia, hay quienes siguen actuando de manera rabiosa, por sentirse amenazados o por asumir que no se les escucha cuando no se piensa como ellos.
El deber ser se demuestra en la capacidad de no usar el enojo como licencia para la miseria, en la valentía de actuar con rectitud incluso cuando sería más fácil, más sabroso y más popular actuar con bajeza.
Al final, cuando el enojo sustituye a la ética, no se crucifica a la verdad; se crucifica al primero que estorba la coartada.
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