Entrevista con Silvia Cristina Landa Ávila

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A veces, lo más luminoso surge del cruce entre lo inesperado y lo profundamente coherente. Así es la conversación con Silvia Cristina Landa: un río de pensamiento que fluye entre la poesía, la filosofía, la política de los cuerpos y la divulgación científica. En su voz, hay algo que invita al asombro —ese que Cristina Peri Rossi llama la única condición verdadera del poeta—, y también una firmeza que se siente como raíz: la certeza de que comunicar ciencia no es sólo traducir conocimiento, sino abrir espacio para que nuevas formas de vida y pensamiento se hagan posibles.

Silvia no nada más lee ciencia: la encarna, la escribe, la dice en voz alta. Sus referencias —que van de Simone de Beauvoir a Judith Butler, de Hannah Arendt a Virginia Woolf, de los haikus japoneses a los poetas malditos— son el tejido que le permite pensar(se) con otras y otros. He podido saciar mi curiosidad gracias a estas lecturas, dice. Por eso, a pesar de que durante la maestría le costaba aterrizar el lenguaje filosófico, encontró una manera de habitarlo desde su propia voz: más cercana a lo poético que a lo académico. 

Para Silvia, lo biográfico no es un dato menor: es una clave de lectura. No lo leo con prejuicio, lo leo como parte del contexto literario del texto, explica. Una de las preguntas que atraviesa su pensamiento es la del lugar que han ocupado históricamente las mujeres en el conocimiento Creo que la figura femenina ha sido temida por su sabiduría, dice. Temida porque representa todo: fertilidad, inteligencia, cuerpo, mente, camino, vínculo. Y esa potencia —que en otras culturas se veneraba— fue reducida, silenciada, desaparecida. Pero ahora, abunda Silvia, estamos reaprendiendo a mirar. Hoy las niñas ya ven a mujeres en sus libros de historia. Y eso cambia todo.

En ese marco, Silvia enmarca el poder colectivo de las mujeres. Cuando las mujeres se unen en un fin común, pasa algo impresionante, dice. No se trata de ocupar espacios, sino de reconfigurarlos desde otros lenguajes, otras éticas, otros modos de habitar. Tu necesidad fue mi necesidad, será mi necesidad, es mi necesidad. Como si todas fuéramos hermanas. En esa hermandad simbólica —que también es histórica y política— Silvia Cristina Landa traza su camino. Uno hecho de preguntas, de lecturas, de ciencia dicha en voz de mujer. 

En un país donde existen muchos comunicadores científicos, pocas veces se destaca una cualidad que, aunque intangible, es fundamental: la calidad humana. Son escasos los colegas que, además de su profesionalismo, tienden la mano sin reservas, sin artificios, con generosidad genuina. Silvia es una de esas personas.

En días difíciles, su compañía ha sido una constante valiosa. Más allá de los títulos y los proyectos, lo que sostiene nuestra vocación —y la posibilidad misma de transformar la realidad a través del lenguaje— es la red de afectos sinceros. Y Silvia ha sido, en mi vida, un punto de apoyo luminoso.