EPÍSTOLA ENTRAÑA
Si me escribiera una carta, en su estrecha cercanía y su tremenda distancia, me diría con su silencio cuánto me ama, a través del grito del tiempo, cuando dibuja con acuarelas el azul cielo. Al instante en que percibe mi cansada herida, a través de la ternura y la empatía del perro; con la llegada de aquel ángel a mi vida; con la alegría austera de mi madre; la profunda y viva mirada del amoroso o la inmensa y frágil ternura de mi rizado amor.
Me diría también que me ame mucho, por encima de mi ser: madre, esposa, hija, hermana, prima, tía, docente, amiga, compañera, vecina, transeúnte, habitante… que me ame simplemente humana, porque solo así seré completa en cada una de mis facetas.
Me advertiría de no creer en la amistad de boca, esa que te deja atrás mientras avanza, que te mete el pie para que caigas, que olvida tu nombre con la amnesia de la envidia o el miedo egoísta. Me aconsejaría cobijarme con la amistad sencilla, real y verdadera: la de hospital, la de cama; la que es presencia y escudo en cualquier dilema; la que cuida y acompaña siempre con el corazón y la cabeza.
En su misiva me sugeriría mantener mi alegría en secreto, no cargar mis hombros con lo que no es mío, evitar las malas compañías y todo lo que me hace daño, que me acepte débil y que le deje, confiada, todo el peso de la vida.
Al final el silencio volvería, la carta no llevaría su firma, porque sabe que estoy enojada y porque toda la letra es mía.
