ESO QUE NUNCA TE DIJE

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La mitad del mundo tiene algo que decir, pero no puede;

la otra mitad no tiene nada que decir, pero no calla.

Robert Frost

Calla, no digas lo que sabes, susurró tu ángel custodio, mientras esperabas turno para encarnar. Luego, posó su dedo índice sobre tu labio superior, recién formado, a manera de recordatorio para ese olvido sugerido. Dice la leyenda sufí, que así se partieron los labios de toda la humanidad, al silencio. Dice la ciencia, que el filtrum (acabo de enterarme de su nombre, ¿tú lo sabías?), es el último punto que se forma en el rostro humano y donde se une, aquel puzzle de tres partes, que es nuestro rostro; un vestigio anatómico que conservamos desde los tiempos en que el olfato resultaba más importante que la vista.

Esta mágica historia, nos ayuda a ilustrar cómo desde pequeños, hemos sido instruidos (manual de urbanidad, incluido) para ignorar las emociones que ponen nuestro mundo de cabeza. A callar, si lo que hay por decir, nos acelera el pulso y nos levanta del sofá de nuestras vidas para pasar a estar incómodos en lo incómodo. Calla, no digas lo que sabes, parece repetir un familiar eco en nuestras cabezas. Es más fácil evitar el momento, volverse además de mudo, invisible; esperar que todo caiga por su propio peso, o algún otro despistado tome la palabra antes que nosotros, pero… no funciona. Y duele.

A veces, callar no es sencillo. Hay silencios que lastiman, palabras que cuesta reprimir cuando ellas mueren por saltar de la punta de nuestra lengua; porque no tenemos idea de qué decir o cómo hacerlo;  por miedo a molestar, a desentonar, a decepcionar, a hacer el ridículo, a ser despreciados, a salir de nuestro escaque mental, a sufrir ante la posible reacción inesperada (y desproporcionada) del otro. Un proverbio aconseja si lo que tienes que decir no es más bello que el silencio, mejor no lo digas… y ante la duda, mejor callar… esa frase, tan mal interpretada, ha sepultado millones de teamos y losientos. Y duele.

Un psicólogo, te diría que el miedo al dolor puede desconectarnos de la realidad, y de nosotros mismos. Estar afuera de nosotros mismos es una sensación extraña. Es vivir a metros de distancia de nuestro propio cuerpo y mente. Actuar como si fuéramos otra persona. ¡Perdernos la vida! Reconectar con quienes somos, cómo somos, lo que nos es importante, nos devuelve a nosotros mismos y una vez allí, sin miedo, el derecho a expresarnos es vital para conectar también con el otro y recuperar, fortalecer, renovar, ampliar, enriquecer, crear nuevos lazos y nuevos espacios.

Sí, expresarnos es un derecho, y un deber porque NOS LO DEBEMOS.

André Maurois, escribió alguna vez que un matrimonio feliz es una larga conversación que parece siempre, demasiado breve. ¿No te parece que esa es también la clave para sacar a flote cualquier relación, incluso la que tenemos con nosotros mismos? Comunicar lo que deseamos, lo que sentimos, lo que sabemos y así dar oportunidad a una interacción. La gente que nos importa, merece que le ofrezcamos una de esas conversaciones que como ellos, importan. ¿Y desoír al ángel de la leyenda? Oh, está bien. En la historia, el ángel nos pedía olvidar y callar lo que ya sabíamos y nos lanzaba al mundo con otra orden: ¡Aprende!

Aprender, es crear nuevos espacios.

¿Y si no se me ocurre qué decir? Si no te sientes capaz de mantener una conversación en ese momento, dilo con franqueza y señala por qué. Hablar de tus dificultades hará que el otro recuerde que también las tiene, de vez en cuando. Aquí lo que cuenta es que estés presente, con tu propio lenguaje. A veces hace falta una sola frase, una palabra, acompañada de una sonrisa, una mirada, un abrazo, una palmada en el hombro. La mejor conversación es la que estás teniendo en este momento, la que eres capaz de sostener.

Ayer, recordaba el día en que empecé a escribir, entre palabras de aliento y entusiasmo de mi familia, compañeritas de escuela y mi maestra Luisa. Sus palabras estaban en sincronía con sus actos y ello, me espoleaba a esforzarme por hacerlo mejor. ¿En verdad, lo bello que veían en mí, les producía felicidad? ¿En verdad se sentían felices por decírmelo? Cuando no eres feliz, escuchar decir a otros que son felices por ellos, te motiva; si lo son por tí, te da esperanza y cuando tú eres feliz, escuchar al otro hablar de su felicidad, te hace sentir que todo ha valido la pena. Seguro no ganaré el Nobel, pero tengo una pasión.

Si algo te gusta de otro, no te lo guardes, dilo y haz que se note. Ahí afuera hay gente que necesita escuchar lo bueno que tienes para decirle. A algunos de ellos, los amas con toda el alma y quizá, les gustaría saberlo. El tiempo no es más largo para quienes amamos.

¿Sabes? Mientras escribía esta columna, se mudaron mis vecinos. No éramos amigos, pero durante el tiempo en que vivieron frente a casa, me sentí agradecida por su presencia, por su energía solidaria y me hubiera gustado que lo supieran. No creé ese espacio. Me he quedado perpleja. Es curioso, así como la marca del ángel dejó huella en nuestro rostro, cada uno de nosotros tiene la cara de lo que calla, un poco, sí.