Furia ingobernable

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Termino el mundial, y han circulado videos en los que se aprecia la insensata actitud de algunos jugadores argentinos, que ante su incapacidad por ganar en la cancha el partido, sacaron su frustración de maneras más cercanas a los primates que a los seres humanos; siendo honestos, estas conductas suelen aparecer con más frecuencia de la que quisiéramos en muchas personas que viven en una furia ingobernable permanente.

La corrosión empieza cuando uno se mira al espejo y descubre que el óxido no viene de afuera, sino de dentro. Pero claro, es más fácil culpar a los padres, a los médicos, a los árbitros, a los jefes, a la vida, al clima, al tráfico, al destino y hasta al perro del vecino. Cualquier cosa sirve con tal de no aceptar que la miseria que cargamos no es herencia, sino fabricación propia.

Vivimos convencidos de que merecemos todo: respeto automático, éxito exprés, reconocimiento sin sudor, y cuando la realidad nos recuerda que no hemos hecho ni la mitad del esfuerzo que exigimos, reaccionamos como criaturas caprichosas: gruñendo, insultando, lanzando comentarios venenosos que sólo exhiben nuestra fragilidad. La agresión se vuelve nuestro idioma porque la frustración nos rebasa, y en lugar de trabajarla, la vomitamos sobre quien se cruce enfrente.

En todos los espacios, familia, trabajo, escuela y sociedad, nos comportamos como si el mundo estuviera obligado a soportar nuestro mal humor. Somos maleducados, malagradecidos y groseros, no por rebeldía, sino por incompetencia emocional. Y lo peor es que creemos que esa actitud nos hace fuertes, cuando en realidad nada más evidencia que no sabemos lidiar con la vida sin hacer berrinche; lo vergonzoso es que muchos lo hacen con personas que les tienden la mano en todo y no lo saben reconocer.

La corrosión moral es silenciosa: empieza con pequeñas excusas, continúa con culpas inventadas y termina con un resentimiento que nos carcome; nos volvemos expertos en señalar fallas ajenas mientras ignoramos las propias. Exigimos justicia sin practicarla, respeto sin ofrecerlo, oportunidades sin merecerlas y cuando la vida no nos entrega el trofeo imaginario que creemos tener reservado, respondemos con rabia, como si nos estuvieran robando algo que jamás construimos.

La frase de George Bernard Shaw cae como ácido sobre esta actitud: La culpa siempre se puede encontrar; lo difícil es encontrar la responsabilidad. Y ahí está el núcleo del problema: preferimos la comodidad de la culpa ajena a la incomodidad de la responsabilidad propia.

La verdad es simple y brutal: nadie nos debe nada. La vida no está diseñada para satisfacer nuestros caprichos; si queremos algo, hay que ganarlo, si deseamos respeto, hay que merecerlo, si buscamos paz, hay que construirla.

Todo lo demás es ruido, excusa y frustración; personas pequeñitas que jamás lograrán crecer.

horroreseducativos@hotmail.com