Hechos e ideas

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La historia grande de José María Morelos y Pavón inicia con el encuentro que tiene en el camino hacia Valladolid, Michoacán, viniendo de Guanajuato, con Miguel Hidalgo, quien reconoció al antiguo alumno de El Colegio de San Nicolás, y tras breve charla le da la indicación de dedicarse a conquistar los territorios del Sur de la Nueva España, es decir desde Michoacán pasando por la Tierra Caliente de lo que hoy es el estado de Guerrero, Oaxaca y Sur de su estado natal. Todo cambió para el cura de Carácuaro, pues de octubre de 1810 y hasta el 22 de diciembre de 1815 la presencia de José María Morelos alcanzará fama internacional. Cuenta su biógrafo Francisco Javier Luna: Regresó entonces a su curato. Una vez removidas las ataduras de su antigua vida, tenía prisa y urgencia por comenzar la empresa de la liberación de América. Convocó entonces a sus feligreses y les explicó la situación, pidiendo voluntarios. Igual que Hidalgo, Morelos desde el inicio y durante toda su carrera como revolucionario encontró su apoyo más seguro y constante en los sectores populares de la sociedad. Veinticinco voluntarios se unieron al cura de Carácuaro. Con su pequeñísima tropa, se dirigió hacia el puerto de Acapulco para iniciar la liberación del difuso sur de Nueva España. Cinco años comenzaron de un trajinar donde a diario estaba expuesta la vida, cosa que se fue recrudeciendo en el alma vengativa de los gachupines en sus tres órdenes: políticos, militar y religioso. Igual que con Miguel Hidalgo la iglesia no le perdonaría que se hubiera levantado en armas en contra de su bienestar y sojuzgamiento de un imperio tan enorme como lo era la Nueva España.

 

Igual que con Miguel Hidalgo el Alto Clero no le perdonaría su osadía. Pues bien se recuerda cómo el Obispo, que en cierto tiempo fue amigo de Hidalgo, Manuel Abad y Queipo, de origen español llegó a odiar tanto al español, nacido en Pénjamo, Guanajuato, que no debemos desechar la idea de que éste alto clérigo en el tiempo que fuera rector el Padre de la Patria de El Colegio de San Nicolás, le hubiera dado un empujoncito para mandarlo de párroco a Colima, defenestrándolo para alegría de sus enemigos en la ciudad michoacana que veía caer al talentoso e inteligente Zorro yendo hacia el exilio. Tal obispo declaró en su momento, y cito las palabras de Luna: … espantada, la alta jerarquía de la iglesia trata de hacer ver al movimiento de insurgencia como lo contrario: una herejía, una lucha contra la religión y los buenos cristianos. Desde Valladolid, Manuel Abad y Queipo, en ese momento obispo recién electo en Michoacán, lanza un edicto de excomunión; el crimen: alzar en armas contra sacerdotes en Dolores y Celaya, a los cuales llevaban presos (por ser españoles, no sacerdotes, pero eso ni importaba para el obispo). Detrás de este pretexto, está la lucha entre dos visiones del mundo: quienes ponen la justicia por encima del orden, y quienes defienden el orden por encima de la justicia. La ruptura entre los una, vez amigos, no pudo ser más dramática.

 

Los nombres de los insurgentes son muchos. Lo son muchos más aquellos que se adhieren como pueblo al ejército popular que comanda con su carisma Miguel Hidalgo. Aparece Ignacio López Rayón, quien ha de ser un personaje fundamental en la parte disciplinada y de orden militar con que cuenta él; ante tanto desorden y mala fama de llegar a las ciudades, tomarlas y después realizar el saqueo de las mismas. Ignacio Allende e Ignacio López Rayón son la otra cara de la moneda. Saben bien que el movimiento insurgente no es para destruir ni quemar ciudades, sino para liberarlas de los odiosos gachupines. No es un movimiento en contra del Alto Clero, ni de la religión; sido de aquellos que se han apoderado de la Nueva España, la han saqueado y esclavizado al pueblo sin medida y con voracidad. Pero son tiempos de revolución y los hechos lo tienen contra la pared: con todo y las victorias tan rápidas de Hidalgo, que le tienen al finalizar el año de 1810 a las puertas de la Ciudad de México.

 

Los sucesos se vienen con tal prisa y al interior de los dirigentes del movimiento se expresan hechos que duele saberlos. Principalmente el de que Ignacio Allende represente la idea de ejércitos con disciplina y orden militar, y para Hidalgo la idea del ejército popular sea la ilusión de verse acompañado, por decenas de miles pueblerinos que no tienen ninguna idea de la disciplina. Pueblo que tiene antiguas rencillas contra españoles y criollos; por ello, se han de ir sobre ellos en cada pueblo o ciudad que llegan a conquistar. De lo que nos enteramos es que en unos meses la Nueva España estaba convertida en un volcán en plena erupción. Desde el 16 de septiembre así fue por eso escribe Francisco Javier Luna: Después de Celaya, el ejército insurgente se dirige a Guanajuato, ciudad rica e importante. El miedo de los gachupines y criollos ricos es evidente; temerosos se atrincheran en la alhóndiga de la ciudad, un edificio para guardar grano de gruesos muros de piedra que les sirve de refugio. Entre los líderes de la ciudad se discute si se debe salir a presentar batalla antes de que la horda llegue a la ciudad. Se impone la opinión de Juan Antonio Riaño, intendente y antiguo capitán de fragata: defender la alhóndiga. Como buen marinero, combate desde su barco, aunque deja el resto de la ciudad a su suerte. Todas las tropas realistas se atrincheran en el edificio; también reclutan voluntarios y esperan la llegada de Hidalgo. Dentro de la leyenda de las guerras que en pocos meses libró Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Juan Aldama e Ignacio López Rayón, es de recordar que la toma de la Alhóndiga, fue uno de los sucesos que más terror creó sobre todo en la capital novohispana; la carnicería que ahí se dio fue dolorosa para todos: más de 3 mil insurgentes y no menos de 400 españoles y criollos ricos, terminaron sus días en la violencia jamás vista dentro de estos territorios.

 

Es interesante citar al autor de nuevo: Los insurgentes llegan el 28 de septiembre. Se exige rendición mediante una nota, pero esta vez se niegan los defensores. El primer combate real de los insurgentes comienza; en ese momento los seguidores del cura llegan ya a veinte mil, contra un centenar de defensores. Ante tal cantidad, estos últimos huyen de las defensas exteriores y sólo mantienen una trinchera cercana a la alhóndiga. Hidalgo ordena a varios indios con hondas que tomen las azoteas de las casas aledañas y que hostiguen a los enemigos. Los indios obedecen, y es tal la lluvia de piedras que cae sobre los realistas, que terminan por desalojar su techo y volver al edificio. Sólo doce días a partir del Grito de Independencia y Miguel Hidalgo ya comandaba un ejército inmenso, si pensamos que en aquellos tiempos los medios de comunicación y transporte eran pocos y muy extensos los territorios. Esto prueba que el levantamiento fue un sentir de la población en toda la Nueva España, que vivía cansada del viejo régimen, de sus acciones de soberbia y mal gobierno, que fue lo que llevó a su debacle y a la pérdida de esta parte de la América Latina. Sorprende al revisar con cuidado que sólo en semanas, y pocos meses, la historia del mundo fuera a cambiar en esta parte rica en mares y montañas, en oro, plata y otros minerales que enriquecían a los reyes de España. Nos debemos preguntar qué pensaban Hidalgo, Allende, Aldama, Jiménez ante lo que estaban viviendo. Hombres que para julio de 1811 estarían siendo fusilados, después de caer en desgracia por la derrota de Puente de Calderón ante Calleja. Los cuatro personajes líderes del ejército popular colgarían de la misma Alhóndiga de Granaditas al serles amputada su cabeza para ponerlas en jaulas, y así exponerlas, para ejemplo de lo que sucedería a todo aquél que se opusiera al régimen realista, al triunvirato: Virrey, Ejército y Alto Clero. Dueños de lo habido y por haber, a inicios del siglo XIX. Es bello revisar la historia cuando se cuenta con certeza y objetividad, más allá de toda ideología.