Humanismo y Academia en el educador

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Humanismo y academia: Hay que aprovechar las circunstancias para desarrollar en los estados y municipios los recursos técnicos que se requieren para formular la planeación. Hace recordar que el vituperado emperador Maximiliano de Habsburgo tenía con el ojo cuadrado a los que le veían, señorones de pipa y guante, cuando decidía que las obras arquitectónicas se hicieran con mano de obra, con talento e inteligencia del pueblo al que había venido a gobernar, sin necesidad de llamar a los extranjeros para hacer lo que por cientos de años habían hecho los aborígenes durante la Colonia.

Por eso es que tomó en cuenta nada menos que al recién ingresado en 1864 al país, después de estar casi 11 años en Europa estudiando como un loco desaforado, en esa pasión que le convirtió en el Arquitecto del Emperador, pero no por antiliberal o proimperialista, sino porque llegó a su país de origen a darle toda la sabiduría y demostrar lo que los mexicanos de su tiempo podían dar en urbanización cuya belleza fuera manifiesta: el Alcázar del Castillo de Chapultepec, la idea de crear una Avenida que uniera el Castillo de Chapultepec con el Palacio de Gobierno nacional ubicado en la Plaza de la Constitución. Esas sí eran ideas grandes para fundar una urbe moderna y bella. En ello estuvo presente el arquitecto Ramón Rodríguez Arangoiti como expresión en la arquitectura de su tiempo del genio mexicano, tan igual o superior a los arquitectos que en ese tiempo existían y pululaban en Europa.

Urbanización, importante concepto que habla en los últimos dos siglos de la tarea que tienen frente a sí pobladores de capitales estatales o de la capital del México independiente: Señalamos el principio de lo conveniente que es conservar en la ciudad de México las oficinas ejecutivas y aquellas de servicio para la propia ciudad, pero promover la ubicación en todo el país de las actividades técnicas especializadas de investigación y de servicio. Para cuando propone esto, es porque ha dejado en su obra arquitectónica ejemplos de descentralización tanto como de belleza regada en la patria. No se olvida de sus primeras creaciones que tienen que ver con casas de servicio a la comunidad, a los trabajadores. En fin, sabe que tanto merecen atención los que habitan la cabecera municipal o la urbe más importante de México, como aquellos que alejados del centro del país merecen todas las comodidades que se tienen en el centro de la política, economía, sociedad, cultura y educación: la Ciudad de México llegó a representar en el siglo XX la panacea para todas las capitales importantes de la patria.

Las frases que propuso al cercano final de su charla magistral, trae sentimientos que obligan a reflexionar, dice: La capital de la República debe operar como sede del Poder Ejecutivo, cabeza de un sistema descentralizado de toma de decisiones. Esto dicho en las últimas décadas del siglo pasado es prueba que el gigantismo y la centralización le había ganado a los liberales y descentralizadores que vienen desde principios del siglo XIX. Los males de México estaban ahí, en esa centralización que se olvidó de la región norte del país liberal apenas del dominio español. Norte y Sur convertidos en lejanos integrantes de un país naciente.

Por esa centralización perdimos más de la mitad del territorio que hoy miramos con nostalgia ante la grandeza que era la Nueva España, ya para 1830 a sólo 9 años de la libertad expresándose con lo que al norte del río Bravo demostraba cuán grande se había pensado en lo que se pudo hacer por un estado colonial, el más importante y grande de todo el dominio español, por más que América del Sur se expresara en lo que hoy es Argentina, Perú, Colombia, Bolivia o Chile. El gigante era el territorio del Brasil que sobrevivía bajo el imperio de Portugal. Sí, España y Portugal se habían repartido el nuevo continente con placer y golosos a más no poder.

De esos siglos heredamos para mal el sentimiento de dominio y centralización. Esa centralización hizo que las huestes del general Antonio López de Santa Anna pensaran sólo en el despilfarro y sus francachelas sin mirar la pobreza y sed que los habitantes de tan grande patria sufrían. De eso se aprovecharon los anglosajones del norte para irse sobre los territorios del nuevo país y, así forjar su imperio hasta ahora vigente. Sí, la capital del país debe ser la sede de las decisiones políticas, pero su descentralización es obligada tarea para que los administradores, es decir, la mala burocracia no esté pegada al escritorio de la oficina central temiendo que le quiten el puesto por el sólo hecho de no estar pegado a Palacio Nacional a las órdenes del Jefe Máximo.

Eso lo veía el arquitecto humanista, convencido de que la arquitectura tiene que ver con decisiones, de todo tipo, en el fin de ser útil en sus creaciones materiales, no sólo buscando belleza y libertad en la creación, sino sirviendo a la eficacia de lo que se crea porque ha de dar bienestar e identidad a quien ha de utilizar todo tipo de construcción material en el seno de la sociedad.

Arquitectura que habla de descentralización. Que habla de reconocer otras formas de cultura que no necesariamente eran en su tiempo las propias de la clase media o alta. Que recuperan de manera digna y hermosa la cultura popular del Estado de México al crear nada menos que la Casa de las Artesanías, lugar que expresa en su tiempo la joya de joyas que es entrar a un recinto sin igual al proponer la riqueza y diversidad de materiales con los cuales los artesanos de la entidad han venido trabajando por siglos y siglos. Esta política que recupera el profesor Carlos Hank González y para ello llama a la construcción de este lugar, uno de los más bellos en todo el país. Esta recuperación cultural por parte del gobernante, que además se suma a la llamada que hace Hank González para que se hagan gobelinos a través de las manos de los artesanos, uniendo con ello a pintores importantes del país contemporáneos y el trabajo de hilado y tejido en la maestría de quienes son la mayor expresión artesanal en ese sentido del país, venidos de Xonacatlán, estado de México.

Lo ve el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, lo veía a principios del siglo XX el genio de la literatura Franz Kafka, cuya visión sigue vigente cada vez que vivimos los procesos ‘malos’ o de mala fe, que aplica la burocracia o el burócrata con el fin de retener al individuo convertido en número u objeto, pero jamás en su hermano, su cuñado, su hijo o su padre. Seguir la larga frase en su contenido: La capital de la República debe operar como sede del Poder Ejecutivo, cabeza de un sistema descentralizado de toma de decisiones, y no como un gigantesco aparato operativo, repetirla una y otra vez por parte de los arquitectos e ingenieros que han construido a la patria en sus presas, autopistas y carreteras, en los edificios que son emblema de cada lugar por su belleza y utilidad; ver esto con visión de genios y no bajo intereses aviesos que dan al traste con la idea principal de la arquitectura: crear para el bienestar, la seguridad, para fortalecer el espíritu de identidad, para dar belleza y, para entender el mal que los centralistas han hecho a la patria, y todo por la falta de seguridad en el mando: por lo cual, nadie puede tomar decisiones pues para eso está el ‘padre’, paternalismo que se extiende en la familia y en el mando de un país, entidad o municipio quitándole al ciudadano de a pie la capacidad de participar con entusiasmo todo lo que concierne a su comunidad.

Sus palabras fueron en esa ocasión catecismo que hoy sigue siendo vigente, que debe llevar a repetir tal sabiduría, que en su tiempo tuvo la capacidad de decir a los mandantes de los tres niveles de gobierno lo que no se debería de hacer, dice: División municipal: la actual división de los municipios, basada en razones políticas, dificulta el desarrollo de la región, al no considerar la divergencia de necesidades de los núcleos poblados que agrupa, evitando el aprovechamiento adecuado de los productos de la región. Bien se puede decir que han sido los pobladores de las diversas regiones los que han dado fortaleza a la nación. No somos sólo petróleo para nuestra suerte. Somos una gran cantidad de productos que se crean en diversas regiones de México lo que ha permitido llegar hasta donde hemos llegado, sin temer que nos suceda lo que a países sólo petrolizados les ha sucedido: depender al cien por ciento de su producción y de políticas que se imponen en el mundo voraz de esta materia y, que ha ocasionado el fracaso de las economías en países que deberían gozar de la bonanza por su riqueza que cuentan bajo sus pies en territorio de las naciones que cuentan, como México, con este bien natural hecho a lo largo de miles de años.