Incluir en la dieta, cuidar lo que Escuchamos, tendremos resultados
Recientemente encontré como por hallazgo un video donde una maestra en la CDMX, durante su clase, les pide a los alumnos que digan el nombre de su artista de música favorito; desde luego que las respuestas eran tan variadas; sin embargo, captó mi atención el momento en que un alumno pide a la maestra que pongan música de un artista que ha creado fama en redes sociales debido al lenguaje agresivo que se utiliza en sus canciones. La reacción de la maestra fue de sorpresa cuando escuchó aquella petición de su alumno, así que rápidamente dio un giro a lo que en algún momento les preguntó a los niños y decidió poner música en su bocina; la recomendación era de ella para los niños. Cada pequeño regresó a su lugar y se dispuso a trabajar mientras escuchaba la música que puso la maestra.
Entonces, ¿escuchar música tiene algo de malo? Creo importante separar a la música (sonidos) de la letra, la cual está buscando dejar un mensaje en quien escucha; sin embargo, hay letras que despiertan la creatividad y el trabajo en armonía, pero, como cambio de moneda, hay otras letras que son descripciones de actos que promueven la violencia, la desvirtuación de la sexualidad, mensajes con doble sentido y otras más que hacen apología del delito. Es ahí donde tiene origen el problema de lo que escuchamos todos los días. La música, al igual que la poesía, contiene un ritmo; cada nota es intencionalidad del autor para que el oyente logre experimentar sensaciones que sirven de apoyo para crear, para imaginar.
En México todos los días hay ruido, a todas horas: el vecino que te despertó con su música cuando te disponías a dormir, música en el transporte público y a todo volumen, música en los mercados, en centros comerciales, música en el gimnasio, en las iglesias; definitivamente siempre estamos escuchando algo, porque también está lo que elegimos escuchar, desde los que traen audífonos todo el tiempo hasta los que trabajan, comen, se bañan y duermen con música. De modo que siempre estamos escuchando algo. Aquí viene lo interesante: ¿qué estamos escuchando? Sostengo que somos el resultado de lo que vemos, lo que escuchamos y lo que leemos.
Si decimos que la música tiene intencionalidad, ritmo y armonía, entonces, al llegar al oído, provoca reacciones en quien la escucha. No puede generar tranquilidad en alguien escuchar la letra de una canción que habla de acabar con sus enemigos, como tampoco puede una niña de primaria entender que la música que está bailando es la descripción de un hombre que sexualiza a la mujer, tratándola como un objeto con el cual puede hacer lo que quiera. Todo aquello que permitimos lo normalizamos; es una declaración de aceptación. Si algo de lo que veo o escucho me incita al odio y a transgredir los derechos de otros, entonces no puede ser algo sano.
En charla con Guillermo Rojo, un apasionado de la música, licenciado en jazz por la Escuela Superior de Música, con más de 35 años de experiencia, menciona que la música tiene poder, es magia, es una forma de liberar, de sanar, de mantener ocupada a la sociedad, es decir, un escape en medio de tanto caos y que a su vez le sirve al oyente para crear. Como lo expresa Guillermo: La música es experimentar el oleaje del mar sin tener que estar en ese lugar. Muchos artistas declaran que mientras crean disfrutan de música que les inspira, que ayuda a imaginar otros espacios; por ello se vuelve importante elegir qué escuchar. En palabras de él, la música es también un vínculo de manipulación para experimentar sensaciones de tristeza, de angustia y odio. Por ello, la sensatez de prestar atención al contenido de las letras.
Decía Platón que, cuando las formas de la música cambian, las leyes fundamentales del estado cambian con ellas. Es arte crear a partir de lo que experimentamos con la música; por esa razón el ejercicio que la maestra hizo con sus alumnos permite cuestionarnos dos cosas muy puntuales: ¿qué estamos escuchando en casa frente a nuestros hijos? ¿De qué estamos alimentando al cerebro? Cuidemos dentro de nuestra dieta también medir lo que escuchamos, porque la música también alimenta las cosas en que pensamos y cómo percibimos el entorno que nos rodea.

