Invitación a la lectura de las Investigaciones Filosóficas
Las Investigaciones Filosóficas del filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein es una catedral del pensamiento occidental en el Siglo XX. Así como uno visita las principales ciudades y monumentos cuando pasea por Europa porque así han quedado instituidas en la psique colectiva, así de obligatoria y enriquecedora es su lectura, se esté de acuerdo con él o no. Por eso, en lo que sigue, comparto algunos esbozos de lo que es el libro, y de aquello de lo que me hubiera gustado que me previniesen cuando lo tuve en las manos por primera vez.
Lo más importante: lo de Wittgenstein en este libro, no es una teoría. Es, más bien, un conjunto de aquellas formas en las que presenta maneras de abordar distintos tópicos y problemas presentada a lo largo de pensamientos separados o encadenados. Por eso que su forma, su estilo, es el de las Observaciones Filosóficas: unidades que pueden estar o no relacionadas entre ellas, pero que, finalmente, gozan de una cierta autonomía en algunos casos. Se podría decir que esta forma de escritura apunta a evitar cualquier posible unilateralidad a la hora de presentar lo que le interesa. Por esto las observaciones se encuentran en parágrafos numerados, que suelen tener un inicio y un final bien demarcado.
El libro, así, sigue una secuencia que podríamos entender como un desorden ordenado. Para Wittgenstein, lo que hay ahí es una cierta naturalidad en su escritura, que tiene una cierta similitud con la improvisación. Esas posibles fisuras que trata de evitar, son precisamente los cambios de ritmo a los que los filósofos suelen verse forzados a presentar su discurso y por la naturaleza misma de lo que abordan. El resultado de esto es la unilateralidad de sus ideas y la desconexión con la realidad más inmediata y humana al forzar a su discurso y a su subjetividad a entrar en un formato que muchas veces no es compatible con estos.
Wittgenstein, frente a este problema, aspira a esparcir redes por el camino que su misma intuición y conciencia le hacen ver como cargado de sentido; sin importar las direcciones que pueda tomar el tópico. Por eso que abandona la idea de que podemos explicarlo todo sistematizando el mundo en partes que no deben tocarse y que deben respetar una jerarquía, como sugiere Deleuze cuando nos dice que un rizoma es una co-constitución de todos los estratos de la tierra en la que este mismo crece, por mucho que nos veamos tentados a entenderlos como capas perfectamente separadas entre sí, que son una manifestación de la perfección jerárquica del orden trascendental que el mundo físico imita. Por eso que, estas redes, estructuras o constelaciones que traza sobre el pensamiento y los temas a los que se dedican sus Investigaciones, desfallecían al clasificarlos y orientarlos –en tanto eran resultados de un impulso natural, espontáneo– como si finalmente todas apuntaran a lo mismo.
En algo se parece Wittgenstein a Freud: el querer matizar y redireccionar al mejor puerto posible su pensamiento me hace pensar en el texto que, el mismo Freud, escribió para esto: Esquema del psicoanálisis; que no vio la luz hasta la madurez de su pensamiento. Y es que, a veces aspirar a una claridad total o a una secuencia lógica clara por donde pasa lo que queremos decir es sumamente complejo y a veces hasta indeseable para el propósito de la misma obra; por lo que es normal que algunas grandes obras, para no sacrificar su fondo, merezcan estas ayudas posteriores. Por un asunto de forma, no vale la pena estrangular las implicaciones de las ideas más valiosas de un texto. Un lector realmente interesado debe de estar dispuesto a extrañar este tipo de comodidades para preservar íntegro el contenido de sus ideas y sus potencialidades: muchas veces, la claridad excesiva termina haciendo superficiales a grandes textos.
Y en algo, no se parece nada a Russell. Al contrario del inglés, el austriaco siempre negó la posibilidad de formar escuelas o legiones en torno a su propuesta. Por eso que la obra parece estar pensada para propiciar la pluralidad de lecturas y que el lector sea partícipe en lugar de adaptar su entendimiento a las ideas que en él se exponen. Tampoco se intentaba cambiar el rumbo del pensamiento con él, demostrando que ésta o la otra forma de abordar los problemas estaban obsoletas. Pues, en gran parte de él, se presentan en él ideas que hace mucho se habían concebido pero que, por tal o cual traba en el desarrollo del lenguaje filosófico, no habían sido iluminadas. Esta desconfianza sardónica de Wittgenstein respecto a la asimilación de su texto puede ser interpretada de muchas maneras. Pero si hay algo claro es que cuando Wittgenstein connota tenebrosidad a la época filosófica de la primera mitad del Siglo XX, no se refiere a ningún tipo de oscurantismo producido por metafísicas especulativas o por la una o la otra teología. No. Él habla de una pérdida del sentido de la filosofía por parte de ambas facciones, y por eso mismo que la expresión echar luz sobre algún cerebro no es para nadie en particular.
En suma, creo que aprender a familiarizarse con la manera wittgensteiniana de presentar pensamientos como imágenes es una de las cosas que nuestra cultura intelectual más debe de aprender a apreciar. Lo ideal sería que podamos entender el valor de nuestros propios pensamientos, escenas y situaciones más propias y llenas de significado a la luz de estos paisajes, estas rutas comunes, estos aspectos y estructuras sobre los temas que nos quiere presentar. Tratando, pues, de encontrarnos en ellas y de encontrar en ese reconocimiento el verdadero valor de nuestra otredad.
Hasta aquí, ya hay algo claro, ¿no?: el libro, no tiene ni tesis ni tema central; y tampoco tiene por qué tenerlo. Y ahí está su riqueza.

