Jungla permanente
La cantidad de lords y ladies que aparecen semanalmente en medios y redes sociales es un síntoma de la intolerancia con la que vivimos cotidianamente; lo mismo viendo a un tipo alcoholizado que tira un trompo de tacos al pastor que a una damita bien encabritada que agarra a batazos al conductor de carro de atrás, a una mujer abusiva que a punta de empujones quita de su camino a varios adultos mayores para ser la primera en cobrar un apoyo como a una señora sesentona que, por sabrá Dios que, comienza a ofender a un chavo de secundaria con vocabulario digno de cualquier cinta de la pulquería.
En la gran mayoría de los casos, se trata de una dosis de frustración que encuentra, cual olla exprés, una salida por el espacio más pequeño que localiza, aunque esto signifique violentar la tranquilidad de otras personas.
Algunas parecen chistosas, por lo bochornoso de las conductas expuestas, pero en realidad no lo son, en tanto reflejan la inconciencia con la cual podemos reaccionar cuando salimos de nuestra zona de confort, que lleva a la agresión, la ofensa y la pérdida de nuestra capacidad de razonamiento.
En todos los casos encontramos una constante, una posición de superioridad mal entendida, pues en un alto porcentaje de estas situaciones, el agresor hace alarde de su poder o de su fuerza bruta (literal y metafóricamente), y si no la tiene, se agarra de cualquier objeto a la mano para adquirirla y mostrarse frente al agredido como chingón.
Pocas veces como ahora, la expresión jungla de asfalto tiene tanta pertinencia, pues lejos de ver ciudadanos haciendo su labor diaria, cualquiera que ésta sea, testimoniamos espectáculos en los que animales se enfrascan en discusiones con otros animales. Estoy seguro de que muchos de nosotros hemos estado tentados a darles de comer algún cacahuate o llamar al antirrábico para que los lleven al encierro.
Citando a los clásicos, las benditas redes sociales son una herramienta al alcance de cualquier persona que, con un poquito de voluntad, puede subir en segundos cualquier situación que le parezca digna de ser compartida en la virtualidad. Eso debiera hacernos más responsables de los actos que cometemos, porque el quemón social nadie lo quita.
Aunque caben varias peguntas inocentes, ¿Qué sucede con todos estos personajes que son atrapados por las redes sociales?, ¿la autoridad toma cartas en el asunto?, ¿se persigue a los agresores de oficio?, ¿hay un seguimiento puntual de cada caso?
Para ser francos, sólo recuerdo el caso de aquel lord de las Lomas, señor sangrón que al grito de me la pelas, fue procesado porque no fue protagonista de uno, sino de dos videos de esta naturaleza; de ahí en fuera, ni el sujeto que se llevó de corbata a un oficial de tránsito, ni la mujer que en Cancún amenazó de muerte al oficial, ni otros tantos parecen haber recibido alguna sanción.
No podemos aceptar como normal tanta tropelía en esta jungla permanente, ¿de verdad lo vamos a tolerar?
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