La ataraxia de la mariposa Aby
En el jardín de los sueños, donde las flores eran pensamientos y las hojas recuerdos, sucedió algo inefable: una pequeña oruga llamada Aby, nació en una hermosa y perfecta orquídea.
Aby era como una página en blanco, esperando a ser escrita con la tinta de la experiencia y los colores de las emociones que no claudican.
Al principio, Aby se sentía un poco perdida y confundida. No sabía qué era ni qué iba a ser. Era como una nota musical sin melodía o un color sin pigmento. Pero la metanoia, esa hermosa transformación profunda, que envuelve la mente y el corazón con el velo mágico del sentir más puro y pleno, que no permite contaminantes, pues la pureza y la naturaleza inmaculada de Aby, ninfa de las claridades, demandaba que todo a su alrededor estuviera purificado para no manchar, en lo más mínimo, su esencia de agua bendita.
Así que se puso en estado de ataraxia pintando rosas y borrando espinas alrededor de su pensamiento. Transmitiendo, a su vez, esa paz y esa calma donde no hay lugar para lo negativo.
Pronto, Aby, descubrió que tenía un apetito insaciable por el conocimiento. Preguntaba e investigaba cada una de sus inquietudes, ampliando su entendimiento, creciendo cada día más, no solo en tamaño.
Desde la alborada de su vida de oruga, en su trayecto de crisálida y en sus vuelos de mariposa adulta, sorprendió a propios y extraños con el arcoíris de su forma de ser, que era el holocausto de las tinieblas de lo negativo y el nacimiento de la eudaimonía, donde florece la felicidad.
Mientras crecía y se cultivaba, ayudada por el heliotropismo del girasol que estaba cerca de la orquídea que le servía de hogar, sentía que algo dentro de ella estaba cambiando. Era como si se estuviera tejiendo un tapiz de seda sobre ella. Cada hilo representaba una experiencia, cada color un sentimiento y, cuando terminó con su lectura del día, Aby se sintió como una obra de arte en proceso, una escultura sin terminar.
El undísono, que se escuchaba cerca de ahí, la hacía pensar en un caligrama donde pudiera expresar en hermosos versos, lo que en ese momento estaba sintiendo.
Un día, Aby, después de mucho volar por las calles del jardín, se sintió un poco cansada y se detuvo a descansar en la rama de un manzano. La rama era un puente entre el pasado y el futuro, un lugar donde la oruga podía reflexionar sobre su viaje. Y entonces, algo mágico sucedió. Aby comenzó a sentir una sensación extraña en su cuerpo. Era inexorable por su naturaleza, nada podía hacer para evitarlo y, de poder hacerlo, no lo evitaría porque no le disgustaba. Sentía como si estuviera siendo transformada desde dentro de su alma, hacia afuera, en sus vertientes y contornos.
Algo así, como si encontrara en un crisol, donde el fuego de la transformación estaba derritiendo su antigua forma y creando una nueva. La crisálida era un capullo de seda, un envoltorio protector que rodeaba a la mariposa en formación. Sin embargo, Aby nunca sufrió de talasofobia o algún otro miedo paralizante; más bien, sus pequeños temores eran pasajeros, nada que ella no pudiera esclarecer, por mucha caliginosidad que existiera.
Y así, Aby se convirtió en una crisálida, y dentro de ella, una mariposa estaba naciendo. La crisálida se balanceaba suavemente en una rama, y Aby se sentía como si estuviera soñando.
Era como mecerse en un columpio de enredaderas de hermosas flores, colgado de las puntas de dos estrellas, felizmente arropadas por el manto de la luna llena, y en ese etéreo estado, detener el tiempo.
Finalmente, llegó el día en que la crisálida por fin se abrió, y una hermosa mariposa salió de ella. La mariposa se estiró y se sacudió las alas, y Aby, sin el mayor asombro, se dio cuenta de que, era ella misma. Era como si se hubiera despertado de un sueño, y se hubiera encontrado con una nueva realidad.
La mariposa Aby, se sintió libre y ligera, y se lanzó al aire, volando sobre el jardín.
Sus bellas, resistentes y coloridas alas, le daban mucha seguridad para volar en libertad, por donde ella quisiera. No conocía límites, su capacidad e inteligencia no se lo permitían.
Las flores se veían diferentes desde arriba, y Aby se sentía como si estuviera viendo el mundo por primera vez. Era como si hubiera obtenido una nueva perspectiva, una nueva forma de ver las cosas.
Fue entonces, que Aby descubrió que tenía un don especial. Podía hacer que las flores cambiaran de color con solo tocarlas con sus alas. Las flores se volvían rosadas, azules, amarillas, y Aby se sentía como si estuviera pintando el mundo con sus alas.
La mariposa Aby se convirtió en una leyenda en el jardín, y las flores la esperaban con ansias cada día. Se sentía feliz y libre, volando sobre el jardín, cambiando los colores de las flores y pintando el mundo con sus alas. Un mundo donde reinaba la felicidad interminable, la paz inacabable, la armonía inagotable, los colores, extasiantes y los perfumes, excitantes. Gracias a Aby, la mariposa de los colores mágicos, de la que, sin duda, se podría escribir un florilegio, inspirado en cada uno de sus vuelos.
Y es en uno de sus tantos y mágicos vuelos donde me deja el siguiente mensaje:
No has de olvidar que, para llegar a tu mejor versión, tendrás que recorrer el proceso que la vida te irá marcando, y será, cuando veas tu imagen reflejada en el espejo, luciendo una esplendorosa belleza, que te dio el proceso de transformación, el que habrá sido inútil si no es para hacerte mejor. Entonces podrás volar tan alto como tus sueños, y tan libre como yo, que antes fui larva, oruga y crisálida. Me dijo la hermosa mariposa.
El caso es que yo lo sabía y, aunque no le dije nada, esperaba con alegría… ser como ella.
