La dimensión sensoafectiva de nuestra vida espiritual: Una aproximación desde Simondon II
- Angustia y espiritualidad
Exactamente por estos problemas psíquicos al interior del ser individuo, es que Simondon retoma un concepto ya clásico dentro del pensamiento francés de su tiempo: la angustia. Es, entre todas, la emoción rectora de nuestras formas afectivas por excelencia. Lo más interesante de cómo lo presenta Simondon, definitivamente, es la idea de que el sujeto desea determinarse él mismo sin pasar por lo colectivo; llegar al nivel de su unidad por una resolución de su ser preindividual en un ser individual (p. 378), pues, en cierto sentido, hay una conciencia en el ser individuado de que no puede verse reconocido en su forma más propia de individuación porque esta no puede ser, ya no expresada, sino vivida en lo colectivo.
Por ello, Simondon nos dice que el sujeto pierde sus haecceidades internas en una dilatación de su interioridad, que está obligado a no estar dentro de sí, y al mismo tiempo, dentro de sí mismo para poder existir socialmente; y lo que es más interesante: que en este proceso, deviene mundo incoordinado (p. 379). Nadie que esté viviendo una individuación genuina puede devenir mundo coordinado. Sin embargo, de acuerdo a la visión de la individuación, esta parte dolorosa de su devenir individúa a lo colectivo, rompiendo sus estructuras más fijas y desarticulando las instituciones que tienen mayor poder de influencia sobre el sujeto progresivamente.
La angustia, así, es una expresión de cómo el individuado y la sociedad se integran influyéndose mutuamente. Y es ahí precisamente, en ese proceso psicosocial que sucede entre ambos, que la espiritualidad tiene una importancia fundamental como moderadora de esta integración, evitando reacciones inflamadas frente a las estructuras individuantes que nos producen angustia sea individual o colectivamente. Esto, los territorios no occidentales ya lo sabían hace siglos, y sin embargo, nosotros aún nos damos cuenta de la tremenda potencia comprensiva que tiene la espiritualidad sobre lo que sucede en nuestra realidad preindividual:
El sujeto se aparta de la individuación aún sentida como posible; recorre las vías inversas del ser; la angustia es como el recorrido inverso de la ontogénesis; desteje lo que ha sido tejido. (…) La angustia es renunciamiento al ser individuado sumergido por el ser preindividual, y que acepta atravesar la destrucción de la individualidad yendo hacia otra individuación desconocida. Es salida del ser. (p. 380-381)
Justamente a esto apunta la reflexión, pienso, por la que estamos aquí en este grupo de lectura. Explorar las entrañas de nuestro tiempo para comprenderlo y tal vez, en un futuro, moderarlo, se enfrenta a su vez con el problema de que al desenredarlo y superarlo, tenemos que movernos por terrenos que ya no son los de la razón ni el humanismo en el que hemos sido formados. Las nociones de humano y de razón se nos han quedado pequeñas y lo que creemos saber sobre ellas, son breves islas flotando sobre el mar de la vitalidad primaria, como decía Ortega y Gasset.
- Lo sensoafectivo como forma de conocimiento
Entendida esa dimensión intermedia entre la afección y la emoción que puede ser tanto una angustia quejándose como una espiritualidad abrazándola, Simondon se concentra en explicar las tensiones entre ambas. Entendiéndolas, no como un problema que resolver, sino como algo que explorar, que tratar de entender como un generador de sentidos. Por esto, Simondon introduce la noción de sensación, como la instancia en la que todas las tensiones sensoafectivas suceden.
Este concepto se presenta, en un sentido fenomenológico, como sedimentaciones de la conciencia. Pero con el añadido de que este tipo de sedimentaciones se caracterizan por tender a encontrar el medio de las relaciones de bipolaridad entre objetos o sujetos a las que nos encontramos. Estas, ya no las podemos controlar, pues se asientan y se rompen progresivamente según cómo nuestra afectividad va cambiando. Son una manifestación de nuestra manera propia de ver aquello que da grado a las cosas cuando estamos frente a una díada. Como decíamos, justamente por esta herencia fenomenológica, Simondon termina reconociendo que no se puede hablar objetiva y universalmente de nuestras sensaciones y de su orientación. Pero que, a pesar de esto, es importante reconocer que ellas nos dan luces sobre nuestra vida interior, porque son una descripción de cómo reacciona nuestra estructura interna cuando lo transductivo del ser, manifestándose como algo que da grado a algo, nos invade, nos obliga a involucrarnos en la contradicción de ese gradiente y nuestra interioridad: La sensación es ya tropismo, pues capta la estructura según la cual el tropismo se actualiza; para que el tropismo sea, solo se necesita que una desadaptación haga surgir la necesidad de un movimiento (p. 384).
El sujeto, entonces, capta de las estructuras a las que se enfrenta lo que le interesa proporcionalmente al tropismo de sus sensaciones; las que, como dijimos, son formadas desde su dimensión afectiva y emotiva. Somos seres senso-afectivos. Podemos regular cuánto nos insertamos en un dominio transductivo (p. 378). La estética, ahora, se perfila como una forma de conocimiento especialmente sensible a sí misma y al otro por no tener un mapa a priori de su funcionamiento. Nosotros actualizamos nuestros tropismos y también los de lo colectivo porque ponemos en ellos lo propio de nuestras sensaciones: La sensación forma parte de un conjunto que, en ciertos casos, se desdobla en sensación pura y reacción pura, pero que, normalmente, conlleva la unidad tropística, es decir la sensación que es tropismo actualizado. (p. 384).
Regresando a la afectividad, se hace claro que su influencia entre lo preindividual y la percepción de las cosas asentada socialmente, se agranda. Una afectividad que es capaz de escuchar continuamente a su dimensión emocional se vuelve capaz de una comprensión mayúscula de los fenómenos externos. Es, como dice Simondon, nuestra facultad más importante para otorgar gradientes propios al devenir. (Cfr. p. 385). O, como lo pone más adelante, nuestra integración autoconstitutiva a estructuras temporales. Es decir, a las estructuras implícitas en nuestras relaciones que indirectamente adoptamos, y que cuando nos preocupamos en desocultarlas, nos damos cuenta de que las abrazamos porque las compartimos afectivamente en un sentido positivo. Y aquí, es importante hacer un matiz, porque compartir afecciones no es compartir categorías del entendimiento, sino tener metaestabilidad frente a una forma de ver el mundo, detrás de la cual, están nuestras formas de vida apoyadas en aquello que significa; nuestras rutas de interés, como lo presenta Stanley Cavell.
Entonces, lo que tenemos frente a las cosas no es un acercamiento sólo comprensivo sino fundamentalmente estético. Simondon nos invita, indirectamente, a interesarnos por los sentidos que se construyen desde lo estético y lo vivencial e integrarlos como parte de nuestras reflexiones sobre nosotros mismos y sobre nuestra relación con los demás. Precisamente aprender a captarlos y convertirlos en forma de conocimiento, accesos a problemas y a fenómenos, fuentes de nuevos sentidos ante las cosas, es lo que le falta aún a nuestra forma de pensar. Y, si me permiten expresar mi sesgo tan explícitamente, precisamente esta era la misión central de una filosofía del lenguaje ordinario a la luz de Cavell.
Así las cosas, ¿cómo somos capaces de autoconservarnos en el Antropoceno? Depende de cómo se pueda expresar nuestro preindividual y de cómo sepamos leerlo, nos diría Simondon: La emoción responde a un cuestionamiento del ser más completo y más radical que la afección; (…) posee una cierta resonancia interna que le permite perpetuarse, nutrirse de sí misma y prolongarse (p. 386-387). Las resonancias internas de la emoción son las voces de lo preindividual hablándonos sobre el otro y sobre nosotros mismos que no cesan hasta que se sepan escuchadas. Hay que sensibilizarse frente a estos ecos. Ellos son los que nos guían a la hora de mudar de afecciones, y así quebrar las partes de lo social en las que no nos podemos hallar, en las que no podemos reconocer nuestra preindividualidad. Percepción y emoción no son lo mismo, entonces, y lo colectivo es la mediación de ambos. Por esto que, la emoción da temporalidad y actualidad a las estructuras perceptivas y afectivas que tenemos encarnadas para cada contexto.

