La economía moral del abandono, un boletín filosófico de una época que se fragmenta
Hay semanas en que el mundo parece un archipiélago de crisis, y todo lo que está a nuestro alrededor son síntomas, y cada síntoma tiene un olor, por un lado huele a petróleo, a pólvora, a frontera cerrada, a hambre.
Con esta acción que huele, nace esta columna, porque creo que la dificultad para encontrar un hilo del que tirar nace del exceso, y no de la falta de noticia. El problema del columnista (permítaseme adjudicarme éste título) de hoy, es ese ruido que crea el exceso, un ruido ensordecedor de titulares que se atropellan, de crisis que se solapan y de un mapa mundi que se recalienta por todos sus costados a la vez. Por eso muchas veces tengo la sensación de que lo que escribo es repetitivo, puéril, desordenado (hasta que pude darle nombre leyendo a Deleuze, para decir que esta escritura es rizomática) cuando en realidad la estructura sin estructura de nuestro mundo actual, lo es.
Esta semana busco observar la textura del desorden, porque si miramos con atención, veremos que lo que ocurre en La Habana, en Rafah, en Jartum, en Teherán, en la selva del Perú o en una esquina cualquiera de una ciudad estadounidense no son compartimentos estancos, en realidad son fracturas de una misma placa tectónica que sedimenta la realidad, una con orden mundial que cruje y se reconfigura ante nuestros ojos, a menudo de forma violenta.
Así que no es un boletín de novedades, es una invitación a mirar el fondo. Aquí van mis apuntes de la semana.
Cuba
Empecemos por el Caribe, por esa isla alargada que siempre ha sido un espejo de utopías y desengaños, la noticia es el desabastecimiento de petróleo, los apagones que sumen a ciudades enteras en una oscuridad preindustrial. Escribe la agencia EFE el pasado 13 de febrero: De hecho, la isla sufrió este martes el apagón más extenso del que se tiene registro, según datos oficiales. En el momento de máxima demanda, en la tarde-noche, más de un 64% del país quedó simultáneamente sin corriente. Cuba atraviesa una de sus peores crisis energéticas en décadas, y ésta a su vez, escasez de combustible que ha paralizado transporte, industrias, hospitales. El petróleo (esa que ahora llamo sangre negra del sistema moderno) no llega, o llega tarde, o llega condicionado.
Y este no es solo un problema económico, es en definitiva, geopolítico.
Las sanciones, la dependencia energética, la fragilidad de alianzas internacionales, la crisis estructural interna, todo se mezcla, porque cuando un país no controla su energía, no controla su ritmo y cuando no controla su ritmo, pierde soberanía práctica. Es por eso que también es una metáfora, una metáfora del alma. ¿Qué es un país sin energía? No es solo que no funcionen las neveras o los hospitales, es que se detiene el relato colectivo, en la oscuridad, los miedos se agigantan y las esperanzas se congelan. Lo que vive Cuba es la asfixia lenta de un modelo que ya no puede prometer el futuro, ni siquiera garantizar el presente. El petróleo que no llega, ya sea por falta de divisas, por sanciones o por la fragilidad de sus aliados tradicionales (Rusia, Venezuela, también en crisis), es el combustible del sueño que se agota. Y en ese apagón, la gente no solo busca una vela, busca un rumbo.
El petróleo, en el siglo XXI, sigue siendo una herramienta de disciplinamiento global. Pero, ¿Quién decide qué país se ilumina y cuál se apaga?
Palestina.
Si la energía es el combustible de las sociedades, la sangre lo es, lamentablemente, de la geopolítica, y esta semana, como todas, el mapa está empapado.
En Palestina, la guerra ha vaciado de ser noticia extraordinaria, la noticia ya no es una escalada, es un estado de permanencia y esa es la tragedia más profunda. La guerra en Gaza se ha normalizado en los titulares, como si el horror tuviese fecha de caducidad, pero lo que vemos es la consolidación de una solución final fragmentada, administrada por bombas y vallas. Es la victoria pírrica de la fuerza bruta sobre el derecho, un triunfo que, como todos los de este tipo, siembra vientos de futuras tormentas. La cuestión palestina ha dejado de ser un problema de fronteras para convertirse en la herida abierta que demuestra la hipocresía de un orden internacional que habla de derechos humanos mientras arma a los verdugos.
Pero hay algo que quiero escribir de manifiesto, porque he leído que mucho se dice, o sea toma por sentado cuando de genocido (es lo que es) se habla. No basta con repetir conflicto histórico, porque la historia no es una excusa jamás para la deshumanización permanente.
Aquí la pregunta no es sólo geopolítica, es filosófica, ¿Puede el mundo seguir hablando de derechos humanos mientras normaliza la devastación de poblaciones enteras?
Sudán y la guerra olvidada
Luego está Sudán, ese país gigante y olvidado. Si Gaza es el eco, Sudán es el silencio después del eco. Una guerra civil que enfrenta a dos generales por el poder y que ha desatado la mayor crisis de desplazados del planeta. Según la web de OCHAM (Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios) se cita a IOM (Organización Internacional para las Migraciones) que dice lo siguiente: About 10.7 million people are now displaced by conflicts in Sudan, with 9 million inside the country, making Sudan the largest internal displacement crisis globally.
Aquí no hay grandes intereses energéticos en juego para Occidente, no hay un enemigo claro que movilice a las televisiones. Solo hay una población atrapada entre la espada de las RSF o FAR (Fuerzas de Apoyo Rápido) y la pared de un ejército regular.
Aquí la tragedia es doble:
la violencia interna
y
la indiferencia externa.
Y en épocas de conflicto armado la violencia contra la mujer crece, días después del inicio del conflicto salieron informes sobre violaciones, esclavitud sexual, entre otras. Nuestros equipos de investigación documentaron 16 incidentes de violación relacionada con el conflicto y otras formas de violencia sexual perpetradas por las Fuerzas de Apoyo Rápido entre abril de 2023 y octubre de 2024. Las sobrevivientes entrevistadas describieron enormes daños físicos y mentales así como las devastadoras consecuencias para sus familiares, semana amnistía internacional.
Además basándose en entrevistas realizadas a más de 140 víctimas y testigos, la Oficina documentó más de 6,000 asesinatos en los tres primeros días de la ofensiva, tras 18 meses de asedio sostenido de la ciudad, y según el organismo, la cifra real de víctimas mortales durante la ofensiva, que duró una semana, es sin duda mucho mayor.
Y a parte de la inseguridad, la dificultad de acceso, los ataques y los obstáculos de las partes beligerantes, la acción humanitaria en Kordofán del Sur, como en el resto de Sudán, se está viendo muy limitada por la falta de financiación. Hasta principios de febrero, el plan de acción de la ONU para 2026, de 2.900 millones de dólares (2.445 millones de euros), solo contaba con un 5,5% de los fondos. Occidente mira donde tiene intereses estratégicos claros, donde no los hay, la cobertura disminuye.
La pregunta incómoda:
¿La compasión global sigue la ruta del petróleo y del comercio?
Irán.
Y en el centro de este tablero, como una araña que teje y desteje alianzas, está Irán, su papel es fascinante y siniestro a la vez, pues, es el socio incómodo de Rusia, el proveedor de armas y de ideas para sus proxies en la región (Hamás, Hezbolá), y un país cuya propia sociedad hierve en un conflicto interno entre la modernidad y la teocracia. Irán permanece en un equilibrio tenso con potencias occidentales, el programa nuclear, las sanciones, las alianzas regionales, el rol en conflictos indirectos. Pero reducir Irán a amenaza nuclear es simplificar una sociedad compleja, porque como habrán podido ver o leer en distintos medios de comunicación, en Irán hay una juventud que protesta, que crea, que cuestiona, y hay un Estado que resiste presiones externas mientras reprime internamente.
Las protestas en Irán de 2025-2026 nacen de una crisis económica profunda, pero la respuesta del Estado ha sido una nueva ola de represión letal, el apagón nacional que dura más de 100 horas, logró que la cifras de muertos por represión no sean confirmados con claridad, pero según Irán internacional, al menos entre 12,000 y 20,000 persona fueron asesinadas. Y en cuanto al programa nuclear, lo más reciente es que Irán, está dispuesto a negociar acuerdos para alcanzar un acuerdo nuclear con EEUU. Irán es la prueba de que la política exterior es, muchas veces, una proyección de las contradicciones internas, su fuerza en la región es inversamente proporcional a su fragilidad en casa.
ICE y la política del miedo
Y mientras el viejo mundo arde, en América las cosas también se reconfiguran. En Estados Unidos, Immigration and Customs Enforcement (ICE) continúa operativos de detención y deportación que mantienen en tensión a miles de comunidades migrantes, como punta de lanza, es la metáfora perfecta de un país que le tiene miedo a su propio reflejo. EE. UU. es, por definición, una nación de inmigrantes, criminalizar al que llega es, en el fondo, un acto de amnesia colectiva y de autodestrucción.
Las redadas no son sólo operativos policiales; son rituales de expiación de una culpa, se busca al chivo expiatorio para no mirar las causas internas del descontento: la desigualdad brutal, la precarización del trabajo, la pérdida de identidad.
Y aquí la cuestión filosófica es brutal:
¿Puede una democracia sostener su legitimidad si necesita producir miedo para afirmarse?
La isla de Epstein.
¿Cómo no hablar de la isla? El caso Epstein no es solo un escándalo sexual; es la fotografía de la élite global sin máscara. Esa isla no era un burdel; era una cámara de seguridad, un lugar donde el poder se desnudaba, literalmente, y al hacerlo, generaba un capital de complicidad inquebrantable. El sistema global clasifica a la humanidad en grados de utilidad y prescindibilidad. Unos son valiosos por su capital, otros por su petróleo, otros por su mano de obra barata, y otros simplemente estorban. La política migratoria de ICE, la violencia en Sudán y la red de Epstein son manifestaciones diferentes de la misma lógica sobre la administración de la vida y la muerte en función del poder
Coda
He aquí, pues, queridos lectores el mapa de nuestro archipiélago. Hemos navegado por sus aguas esta semana: desde la isla de Cuba, sumida en una oscuridad que es metáfora y advertencia, hasta la ínsula privada de Epstein, donde la oscuridad era un pacto de sangre entre los poderosos. Hemos sentido el calor que emana de Gaza, el fuego que ensordece en Sudán, el frío acero de las redadas del ICE, la tensión sísmica bajo los volcanes teocráticos de Irán. Este boletín no es para informarles de algo nuevo, sino para recordar que el dolor es geopolítico. No se distribuye equitativamente, hay dolores de primera clase y dolores de tercera.
Y en esta travesía, quizás se haya vislumbrado la verdad incómoda de que no se trata de islas separadas por el océano de la indiferencia, porque éstas están conectadas por el lecho marino, el cable que une el apagón en La Habana con el hambre en Jartum es el mismo que conecta el yate de un financiero con el cuerpo ultrajado de una mujer. Ese cable se llama impunidad estructural, y su corriente es la distribución desigual de la humanidad.
El problema filosófico de nuestro tiempo no es la existencia del mal, eso es tan antiguo como la propia conciencia. El problema es su gestión, su administración burocrática, ya no vivimos la era de los monstruos, sino la era de los gestores del horror, el horror se presupuesta, se decide, con la frialdad de un análisis de costo-beneficio, qué vidas merecen ser vividas y cuáles son simplemente daño colateral, estadísticas, flujos migratorios a contener.
Frente a esto, la pregunta no es solo ¿qué hacer? esa pregunta, sin un diagnóstico profundo, nos lleva al activismo estéril o a la resignación, la pregunta (tal vez) es ¿dónde habita nuestra responsabilidad? Entonces, la geopolítica, vista así, deja de ser un juego de tronos entre potencias para convertirse en lo que siempre fue en su esencia: la puesta en escena de nuestras decisiones éticas colectivas, la administración diferencial de la fragilidad humana. Las sanciones a Irán, los barcos de guerra en el Golfo, los muros en las fronteras, los acuerdos nucleares que se negocian mientras se reprime en las calles de Teherán… todo ello son síntomas de una crisis de civilización que es, en el fondo, una crisis de la compasión. Pero no nos engañemos. La compasión no es lástima, la compasión, en su sentido más radical (del latín cum-passio, sufrir con), es la única fuerza capaz de tender un puente entre las islas de nuestro archipiélago. Porque la paradoja más cruel de nuestro tiempo, es que cuanto más interconectado está el mundo técnicamente, más fragmentada está nuestra capacidad de compasión, las redes sociales nos acercan el horror en tiempo real, es cierto, pero esa cercanía digital produce un efecto contrario de anestesia, saturación, fatiga. El dolor del otro llega con tal inmediatez y profusión que el alma, para sobrevivir, aprende a poner distancia y nos volvemos expertos en el zapping existencial.
Las distintas formas de violencia, entonces, es a su vez, espejo de nuestro propio apagón violento moral. Porque cuando miramos el mapamundi recalentándose por todos sus costados a la vez, corremos el riesgo de confundir el ruido, con la información; el vértigo, con la lucidez. La fragmentación no es solo del mundo, es también de nuestra mirada, mirando a trozos, sintiendo a retazos, pensando por destellos.
Por eso esta columna, que comenzó oliendo a petróleo y a pólvora, quiere terminar con una pregunta:
¿Cómo construir una ética para náufragos cuando todos, de algún modo, estamos ya en el agua?
Porque eso es lo que revela la cartografía de este boletín, que no hay tierra firme. Que la supuesta solidez de Occidente es un barco que hace agua, que las fronteras que creíamos infranqueables son membranas permeables al dolor, que el poder, en su desnudez, es tan frágil como los cuerpos que pisotea. Que Irán, con su programa nuclear y sus jóvenes protestando, es la imagen especular de un mundo que también se debate entre la teocracia del mercado y la revuelta de los descartados.
Vivimos, sí, en el archipiélago de la impunidad, pero un archipiélago no es nada más un conjunto de islas que arden, es también la promesa de que, bajo la superficie, hay un lecho que las conecta, ese fondo marino que sostiene los fragmentos, es nuestra humanidad compartida. Y aunque a veces parezca que yace a profundidades abisales inalcanzables, sigue siendo el único suelo posible para edificar algo que merezca llamarse mundo.
Dejo algunas fuentes que pueden leerse.
https://www.unocha.org/publications/report/sudan/sudan-humanitarian-update-4-february-2024
Sobre la violencia sexual como arma en Sudan, https://elpais.com/planeta-futuro/2024-08-26/los-paramilitares-de-sudan-siembran-el-terror-con-la-violencia-sexual-contra-las-mujeres.html#:~:text=Los%20paramilitares%20de%20Sud%C3%A1n%20siembran,mujeres%20%7C%20Planeta%20Futuro%20%7C%20EL%20PA%C3%8DS
Sobre Irán y la tensión con Trump, https://www.bbc.com/news/articles/clyz4y3zwz5o

