La estrella

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Dubitativo, Melchor miraba cómo las nubes y la luna jugaban a desaparecer en las dunas del inmenso desierto.

Se quitó el turbante, soplando sobre las cuatro arenillas que primero bailaron y luego cayeron para reunirse con las demás, como gotas fugitivas que regresaran al mar.

Melchor, uno de los reyes de las tribus del desierto, al levantar la cabeza para acomodarse nuevamente el limpio turbante miró al cielo y entonces la vio.

–¡Parejo  a 300!

El mercado, hoy lleno de juguetes, chispea de actividad ¿Mañana las ilusiones de los niños se materializarán en estos lúdicos aditamentos? Un hombretón y un niño están tras unos juguetes tradicionales. En otro rincón un vendedor de juguetes de madera, baleros, trompos, y trailercitos de colores no ha vendido nada, ahora los niños piden celulares, tablet y artilugios tecnológicos.

–¡Parejo a 300! 

Y el niño, cuya ilusión más práctica es que se vendan todos los juguetes que el padrastro curiosamente llamado Melchor compró de fayuca, los vuelve a formar, si no el sufrirá las consecuencias de la cólera del viejo.

No se vende. Los niños de ahora ya no salen a jugar, clavados en su celular verán como sus piernas sin movimiento no funcionan al correr y sus estómagos engrosarán con grasa.

Un padre de familia compra un carrito de bomberos.

–¡A  ver si ora si me repongo un poco!… ¡y tu babotas te me vienes pa’ ayudar, ya me estoy cansando de mantenerte. 

La voz del pinche viejo le resuena, mientras la gente pasa sin mirar esos juguetes sin gracia que no saben hacer nada, ni se manejan solos, muñecas que no lloran ni caminan, carritos que no suena el claxon solito, ni prenden la luz, sin que intervenga la mano humana.

– ¡Muévete peregrino! 

El fracaso en la venta hace que el mal comerciante, se desquite con el niño y éste deplora no ser más fuerte y no tener donde ir.

Con los ojos rasos, llenos de cólera, el niño, al levantar la cara para, retador, mirarlo de frente, se desvió al cielo y entonces lo vio: una estrella más brillante que las demás que parecía sonreírle.

Melchor cerró y abrió los ojos creyendo que era un espejismo. Acostumbrado a las jugarretas del desierto, escéptico, pensó en la vez que la inmensa caravana con sus súbditos, achicharradas las testas del calor, creyeron ver un oasis con un lago de agua de coco. Miró con más atención y ella seguía ahí: una estrella que parecía sonreírle.

Al pequeño se le olvidó que la gente pasaba, que el viejo –que no era su padre– seguía gritando un precio más elevado de lo justo, que el frío de enero es el más cortante y siguió mirando a la estrella, embelesado, el cintilar lo alegró, y la luz vino a llenar de poesía la negra noche.

El rey del desierto, sorprendido, miró bajar del cielo la señal. La lejana estrella, se movió y al acercarse, el resplandor lo fue cubriendo. El cuerpo celeste, moviéndose, le indicaba que lo siguiera. Eso precisamente era lo que decían aquellos viejos y respetables libros: se mostrará la señal y ella guiaría. El buen Melchor, entendiéndolo, se aprestó a partir.

Escogió el mejor camello, las mantas más abrigadoras y vituallas para el largo viaje. La estrella, ya no tan lejana, ya no tan inmóvil lo espera, pero también como que lo apura.

– ¡Otra vez de baboso!… ¡apúrese! 

Pero esa palabra que era como un trueno, sonó lejana porque el niño había visto como la estrella se acercaba y se movía. Como el brillo se hacía más intenso y lo llamaba. Se salió del puesto como autómata y caminó rumbo al cuerpo celeste que sólo él veía.

Melchor, la vista fija en el astro que lo guía, recorre los caminos sin que milagrosamente le falte nada. Como si todos supieran que es dirigido, que la señal es para él, la obsequian del vino mejor y de los dátiles en óptima sazón.

– ¡¿A dónde crees que vas tal por cual?! 

Un violento jalón y luego una patada, terminan con el sueño. 

El gentío como que esconde la estrella que llamaba y luego, nada, como si el Hacedor se hubiera arrepentido de haber guiado a un niño hacia él. Y la estrella, como la arena que regresa al desierto, cuando hace aire se une con los demás granos. La estrella viene y se va y en esta ocasión se perdió en el silencioso coro celeste.

De ahí tal vez viene la expresión tiene buena estrella, tiene mala estrella. ¿Por qué no todos nacemos con buena estrella?

¿Por qué Dios en el Día de Reyes no hace que sus estrellas alumbren a todos los niños por igual?

¿Por qué?