LA HABITACIÓN QUE NO SE NOMBRA

Views: 350

Nunca será  una pregunta amable, nunca será una pregunta  que se haga en voz alta, menos será una  pregunta para compartir en redes sociales, es sencillamente una pregunta que se convierte como en lija. Porque no cuestiona ¿qué haría?. No cuestiona ¿qué diría? No cuestiona ¿a quién llamaría? Cuestiona el tan incómodo ¿Dónde?

¿Dónde estaría?, ¿En qué lugar emocional, físico y mental?, ¿En qué parte de mi vida? Y, por defecto, ¿dónde no querría estar?

La mayoría respondemos rápido, casi sin darnos cuenta de lo que acabamos de hacer. Esa rapidez delata que no es una pregunta nueva. Es una pregunta evitada. Una que ya respondimos hace mucho tiempo atrás, sin necesidad de usar las palabras.

Si hoy fuera mi último día de vida, no querría estar cansada de vivir. No querría estar justificándome. No querría estar aguantando.

Nos pasamos la vida viviendo en lugares que no elegiríamos para despedirnos. Pero los elegimos día a día para quedarnos, es la permanencia sin preguntas.

Si hoy fuera mi último día, no lo gastaría cumpliendo expectativas que ya no recuerdo quién me las impuso, y, menos lo invertiría en sostener una versión reducida de mi misma para encajar en un lugar donde nunca permanecí.

Pero estas cosas son las que exactamente  hacemos cuando creemos que el tiempo sobra. Hablamos del último día como si fuera una hipérbole filosófica o una imagen lejana. No lo es. Es una herramienta brutalmente honesta y real. Porque cuando todo se reduce a 24 horas, el contexto desaparece y se nos acaban las excusas.

No quisiera pasar mi último día en ese lugar donde mi cuerpo siempre está en alerta y a la defensiva. No quisiera pasarlo en ese ambiente donde hablar me consume demasiada energía. No en ese espacio donde reemplacé el verbo vivir, por el verbo cumplir. Porque no vivimos donde queremos estar. Vivimos donde aprendimos a aguantar.

Aprendimos que irse era exagerar, que incomodarse era debilidad, que poner en palabras el malestar era dramatizar. Aprendimos a resistir sin ruido. A adaptarnos sin preguntar. A normalizar lo que nos silencia. El mérito está en soportar, no en salir. En durar, no en vivir. En quedarse, no en elegir.

Te obliga a aceptar que muchas veces no estás donde quieres estar, sino donde aprendiste a sobrevivir. Que has confundido estabilidad con sentido. Que has llamado madurez a una renuncia sostenida.

Decimos que cambiar de vida es difícil. Y lo es. Pero vivir una vida que no elegirías para despedirte también es difícil. Solo que ese desgaste es lento, silencioso, aceptado. Uno duele hacia adelante. El otro desgasta hacia adentro. El último día no pide heroísmos.

Pide coherencia. No me pregunta si hice lo correcto. Es porque deja al descubierto cuántas veces dije cuando quería decir basta. La verdadera violencia no siempre golpea. A veces adormece, otras se presenta como rutina, como normalidad, como una vida que no está mal, pero tampoco está viva.

Por esos motivos, casi  nadie nombra esa habitación. La habitación donde te quedaste cuando ya querías irte, donde aprendiste a callar, donde te dijiste por ahora demasiadas veces. No se nombra, porque ponerle nombre sería admitir que llevas años viviendo en ella, no se nombra, porque obligaría a tomar una decisión, no se nombra,  porque está llena de argumentos sostenibles para no movernos.

El último día no llega a enseñarnos lo que era importante. Solo quita lo que nunca lo fue. Y al hacerlo revela con crudeza cuánto tiempo pasamos sosteniendo una vida que no defenderíamos al final. No sabemos cuándo será el último día. Pero sabemos perfectamente cuándo estamos en el lugar equivocado, lo demás es parte de una administración del autoengaño.

Seguí ahí porque moverme implicaba admitir que llevaba años mintiéndome, mi paciencia, mi prudencia y la responsabilidad aparente, eran el disfraz decente del miedo, a reconocer que elegí quedarme, cuando ya me había ido por dentro.

–Para mi padre, a tres meses de su partida,  la explicación que le debía–