LA IMAGEN DEL ESCRITOR SERGIO PITOL, EN UN CAFÉ DEL HOTEL BRISTOL DE POLONIA
Por Aranxa Solleiro
Enviada Especial
La constante mutación del mundo, escribió Sergio Pitol en El arte de la fuga. Ahí, en aquella metamorfosis del espacio exterior, se encontraba en un diminuto recoveco que parecía intocable de aquella mutación, casi como si hubiera sido una obligación, el Café Bristol, el culpable de las miles de palabras traducidas por su pluma y de la creación literaria de varias de sus obras.
En el anhelado espacio de cada noche que adoptó como su buhardilla, envuelto en azulejos lujosísimos y espejos cuyos reflejos son inevitables, se encuentra la mesa arrinconada a un costado de la ventana a través de la cual se observa la calle Karowa y un destello de la que, los ojos del Maestro, catalogaron como la vía más hermosa de Varsovia, la calle Krakowskie Przedmieście.
El sol calienta con mayor fuerza aquella mesa, de la que los meseros y meseras están alertas, en todo momento, como si no atenderla fuera a desencadenar una retahíla de sanciones para su labor. Frente a ella, se tiene la puerta, por medio de la que entraron las personalidades de las que el Maestro se sintió atraído y absorto: Andrzejewski, principalmente, pues se reunió distintas ocasiones con él, con el fin de discutir sobre la literatura polaca y traducir dos de sus obras más relevantes, aún con las controversias que eso emergía en la atmósfera polaca. Observó también a Marlene Dietrich, a Peter Brook, Ella Fistzgerald, Jacques Brel, Luchino Visconti, Claudio Arrau, el pianista chileno; Adrzej Wajda, Tadeusz Kulisiewicz, entre otros integrantes de renombre del mundo cultural y artístico de la época. Sin embargo, no sólo ellos lucieron dentro de aquellos reflejos inevitables del diminuto café, sino además, tuvo conversaciones con quienes se puede enfatizar, han contribuido de manera fehaciente y notable a la cultura mexicana como Elena Poniatowska, Juan Manuel Torres, cineasta y escritor; y la artítica plástica, Leticia Tarragó.
La energía del Bristol puede ser adoptada con un sentido de autenticidad inaudito o, por el contrario, como uno en el que la comodidad, se disuelve rápidamente desde el primer paso que se da en su interior. Lo que llamó la atención del Maestro fue sin duda lo último, el excesivo egocentrismo que inunda cualquier rincón del café, lo que lo motivó lo suficiente para pasar al menos dos horas diarias en él con la intención de escribir no nada más sus novelas, sino la traducción de obras que el pueblo polaco había ya enaltecido u olvidado: Cosmos de Witold Gombrowicz; Pedro, Su Majestad, Emperador de Boris Pilniak; Madre de reyes de Brandys Kazimierz; Las puertas del paraíso y Las tinieblas cubren la tierra de Jerzy Andrzejewski, Crimen premeditado y Otros cuentos de Witold Gombrowic.

La magia del Bristol es realmente como la menciona en el relato La lucha con el ángel, que plasmó en El arte de la fuga también:
Viví durante una larga temporada en el hotel Bristol, en el centro de Varsovia, en cuyo interior había un pequeño café-bar cuya atmósfera podía ser deslumbrante.
Lo era, la luz que emite es formidable, posiblemente por las ventanas que además de ser un tragaluz enceguecedor, son símbolo de resistencia como su misma nación, pues fue de los pocos edificios que resistieron la devastación de la Segunda Guerra Mundial de la cual la ciudad padeció al menos el 75 por ciento de destrucción.
A sabiendas de la peculiaridad y relevancia, histórica, cultural, gastronómica y artística, visitar el Bristol resulta una obligación, más que un capricho de viajero. Es una parada imperdonable si se desea adentrarse al mismo escenario del cual Pitol se alimentó para sus textos y su carrera como agregado Cultural de la Embajada mexicana en Polonia, tiempo en el que desarrolló extraordinarios eventos y actividades culturales que fortalecieron el lazo entre una nación con la otra y abrió paso a talentos mexicanos, así como polacos, que hasta nuestros días perduran en la memoria de ambos países.
Sin embargo, ¿quién recuerda lo que el Maestro fue durante sus seis años de estancia en el país y sobre todo, en la urbe varsoviana? La respuesta fue un regalo proveniente de aquel ángel con el que luchó incesantemente. Dado que en el apreciado café del hotel, al pronunciar el nombre del Maestro, las paredes se llenan de un destello que abraza cada parte del cuerpo. Las meseras y meseros sonríen de inmediato, como si estuviera escrito en un decálogo de buenas prácticas durante su servicio.
– ¿Quiere usted sentarse? Tome asiento en donde guste, ahora le atendemos.
Lanzan de inmediato la frase para que el comensal se sienta seguro de que será bien atendido, pues pareciera que el mismo Pitol recomienda a cualquiera que visita el sitio en su nombre con la intención de conocer la culpable atmósfera que lo abrazó durante varios nocturnos.
– ¿Qué desea tomar? ¿Gusta la carta de alimentos?
Cualquiera que sea el mesero a cargo, agita los brazos de inmediato para conseguir una carta, lleva al comensal a la mejor mesa disponible y sonríe mientras menciona: le atendemos en un momento.
La mesa que se ilumina por los rayos del sol que golpean las ventanas en dirección a la calle Karowa, parece haber sido la favorita del Maestro, en tanto que la mente es capaz de dibujarlo de inmediato sentado en el lugar.
Ubicada a la vista de todos, la mesera se acerca.
– ¿Sabe ya usted qué ordenar? ¿Le puedo traer un café? Dijo algo de Sergio Pitol, ¿quiere un café con su imagen?
– ¿La imagen de quién? Pregunté de inmediato.
– ¿La del escritor? Respondió.
– ¿Hay un café con la imagen de Sergio Pitol?

– Sí, mire, podemos hacerla de la fotografía que usted quiera, seleccione la que guste. Baje nuestra aplicación y ahí estará nuestro café para que elija la imagen que guste y nuestro café se pinte con la fotografía del escritor.
Con ojos desorbitados, sin entender mucho lo que me decía y con el uso de la tecnología que es casi una obligación en cualquier establecimiento en esta parte del mundo, descargué la dichosa aplicación a través de la cual seleccioné, efectivamente, la fotografía de Pitol o el escritor, como le nombran, sin entender bien lo que se suponía que tendría como resultado final.
– ¿Quiere que sea su bebida un cappuccino o un latte?
– Un cappuccino está bien.
Cinco minutos después, aquella imagen del escritor estaba marcada en la espuma de mi café de 23 zloty. Sin esperarlo realmente, tenía frente a mí, en la misma mesa, al escritor, al Maestro, a nuestro padre literario: Sergio Pitol.
– ¿Le parece bien? ¿Está bien la imagen que eligió? Lo que necesite, nos dice.
Se multiplicaban para preguntarme si me encontraba bien, buscaban mi mirada para cerciorarse de que no hiciera algún gesto que evidenciara incomodidad. Abrí con presión la carta de desayuno, me perdí entre el Kanapka z awokado y el Koszyk pieczywa, pues además de no interesarme probar ni un solo bocado, los precios eran elevados al ser el hotel más lujoso de la ciudad.
En las paredes rebosantes de fotografías de las grandes celebridades polacas y de distintas partes del mundo, ni una sola tenía al escritor de quien pintan el cappuccino. Me pasmé un segundo tras dicho descubrimiento y de inmediato notaron mi mirada de desconsuelo.
– ¿Se encuentra bien? ¿Necesita algo? Fugaz llegó la mesera con un rostro consternado.
– No se preocupe. Respondí. Es solo que me parece muy bonito el lugar y me gustó bastante el café.
Sonrió, para luego irse corriendo a la mesa del fondo.
En ese momento, el ángel del orden fue interrumpido, pues una noticia de la Embajada de México en Polonia retumbó: preparen el evento, en unos días se hará un homenaje a dos escritores mexicanos: un tal Pitol y me parece raro, una mexicana de origen polaco, Elena Poniatowska. Formará parte del Mes de México en el Bristol, estén atentos.
Aquel día del evento, un 8 de septiembre de 2022, los amigos escritores unidos de manera excepcional a Varsovia y Polonia, recibieron picaportes dorados con su nombre grabado, pues fueron considerados huéspedes distinguidos del hotel.
– ¿Estuvo bien su café?
– Excelente.
Salí con un corazón acelerado. La presencia del escritor me acompañó hasta la puerta y el hostess en turno comentó: la esperamos cuando guste, esta es su casa.

