La insoportable choledad del ser
Entre discusiones nefastas con títulos políticos y genocidios (que no menciono con soltura, sino por lo que son) la cruz que muchos católicos, cristianos cargan debería sentirse más pesada. A mí me pesa desde hace tiempo, solo que no es una cruz. Es la democracia.
En mí país estamos próximos a elecciones, el domingo 12 de Abril será el día en que todos debemos ir a votar, y este será mí primer año.
La democracia en Perú no llegó como una promesa cumplida; llegó como un convaleciente después de una larga fiebre autoritaria. Llegó como una costura mal hecha sobre una herida que nunca cerró. La colonización fue un desencuentro sistemático, una máquina de extracción de almas y cuerpos que durante tres siglos nos enseñó que mandar y obedecer son las únicas dos posiciones posibles. La República, cuando llegó, no vino a desmontar esa lógica. Vino a perfumarla con papeles.
Pero hay algo más profundo que la estructura de poder. Hay una herida en el alma nacional. El Perú nació como república antes de saber qué era ser una nación. Nació ligero, sin el peso de una identidad compartida, sin el músculo de un proyecto común, como escribió el historiador Jorge Basadre (Perú: problema y posibilidad, 1931), nuestra independencia fue otorgada más que conquistada. No hubo una revolución popular que sudara el derecho a decidir. Hubo un cambio de administración. Y desde entonces arrastramos esa levedad original, existimos como país, pero no terminamos de creer que podemos ser algo distinto de lo que nos impusieron.
El filósofo peruano Augusto Salazar Bondy (¿Existe una filosofía en nuestra América?, 1968) hablaba de la conciencia de la carencia como rasgo fundamental del ser latinoamericano. No somos porque nos falta algo. Nos definimos por lo que no tenemos: no tenemos tradición filosófica propia, no hemos tenido una ilustración orgánica, no construimos el Estado, el Estado nos construyó a nosotros. En el caso peruano, esa carencia se vuelve crónica: somos un país que constantemente se pregunta si existe, y cada respuesta es un nuevo aplazamiento.
Y entonces ocurre lo que ocurre cada elección: nos sentamos frente a la urna con esa levedad en el pecho. Sabemos que vamos a elegir, pero no terminamos de creer que la elección nos pertenezca. Votamos como quien presta su firma para un trámite que otro resolverá.
La levedad como dispositivo político
Milan Kundera, en La insoportable levedad del ser (1984), planteaba una tensión fundamental entre el peso y la liviandad. Lo pesado nos ata, nos da raíces, nos hace responsables, lo ligero nos libera, pero también nos vacía. La vida puede vivirse como una aventura sin ataduras (levedad) o como una tragedia con compromisos (peso). Y no hay respuesta correcta, pues ambas son insoportables a su manera. El Perú, creo, eligió la levedad. No por decisión, sino por inercia histórica. Nos resulta más fácil no cargar con el peso de la memoria, no asumir la densidad de un proyecto nacional, no comprometernos con la responsabilidad colectiva. Por eso nuestras crisis políticas son tan frecuentes y tan olvidadizas, un escándalo, dos semanas de indignación, tres meses después nadie se acuerda. Por eso nuestros presidentes duran lo que dura la paciencia de un Congreso que tampoco se siente pesado. Porque la levedad nos permite sobrevivir sin hacernos cargo.
El sociólogo peruano Gonzalo Portocarrero (Rostros criollos del mal, 2004) analizaba cómo la cultura peruana ha desarrollado mecanismos de evasión sistemáticos: la burla como sustituto del debate, el chisme como sucedáneo del análisis, la queja como reemplazo de la acción. Somos un país que prefiere el comentario sarcástico en la mesa familiar antes que la organización política. Porque la organización pesa. El sarcasmo es liviano, y ese es el núcleo del problema político peruano, hemos naturalizado la levedad como forma de estar en el mundo. Votamos, pero no nos sentimos responsables de lo que votamos, elegimos, pero delegamos en el elegido la tarea de hacerse cargo. Y cuando falla (que siempre falla), decimos ya sabía, con esa mezcla de cinismo y resignación que es nuestro segundo idioma.
Pero la democracia no funciona con ciudadanos ligeros. La democracia requiere densidad. Requiere ciudadanos que se sientan pesados, que carguen con la incomodidad de tener que pensar, decidir, y después exigir. La levedad es el mejor aliado de la corrupción, porque el corrupto siempre cuenta con que al otro lado hay un ciudadano que prefiere no complicarse.
Y entre esto, muchos se preguntan ¿Para qué votar si no va a cambiar nada? ¿Para qué hacer el esfuerzo de informarse, de decidir, de ir a la urna, si todo va a seguir igual? ¿Para qué cargar con ese peso si podemos seguir siendo ligeros?
Porque votar es el único momento en que se nos exige pesar. Literalmente la cédula en la mano, la mirada sobre los nombres, la tinta en el dedo. No hay aplazamiento posible. No hay ya lo pensaré después. En ese cuarto oscuro, la levedad se suspende. Por un instante, somos densos. Votar es el único momento en que el ciudadano común deja de ser espectador y se convierte, aunque sea por un segundo, en soberano. No en el sentido grandilocuente de la palabra (no vamos a gobernar nada) sino en el sentido humilde y profundo de elegir. Porque la democracia no es el gobierno del pueblo, es el derecho del pueblo a equivocarse eligiendo. Eso ya lo sabían los atenienses, que por cierto condenaron a Sócrates democráticamente.
El filósofo político Norberto Bobbio (El futuro de la democracia, 1984) advertía que la democracia no es un estado de gracia sino un conjunto de reglas para decidir quién decide. Y esas reglas solo funcionan si hay algo que Bobbio llamaba el último recurso, la conciencia de que, por más imperfecto que sea el sistema, la alternativa es peor. Pero yo agregaría que la democracia funciona si los ciudadanos aceptan cargar con el peso de decidir. Si se niegan, si prefieren la levedad del tanto da, entonces el sistema se vacía y queda solo la fachada. En Perú hemos visto esa fachada muchas veces. Elecciones impecables, gobiernos desastrosos. No porque el sistema electoral sea malo, sino porque el tejido ciudadano es frágil. Votamos bien y gobernamos mal. Elegimos con esmero y olvidamos con rapidez. Somos, como dijo el poeta Antonio Cisneros, un país que se mira al espejo y no se reconoce.
Y sin embargo, hay que votar. No porque el voto vaya a transformar milagrosamente el país, no porque el candidato elegido vaya a ser el Mesías que esperábamos. Hay que votar porque el acto de votar es el único antídoto contra la levedad que conocemos. Votar es recordarnos que la democracia no es un espectáculo que otros montan para nosotros, sino un ejercicio que nosotros hacemos, aunque salga mal.
El espejismo de las encuestas
Ahora bien: ¿cómo ejercemos ese peso mínimo cuando frente a nosotros se levanta un aparato que constantemente nos dice quién va a ganar, quién va a perder, quién es voto útil y quién es voto desperdiciado? Las encuestas no miden la realidad: la producen. Pero, más importante aún: las encuestas nos devuelven nuestra levedad.
Ahí entran las encuestas. No son solo datos, son profecías que se autocumplen. Ipsos, Datum, CPI no miden la intención de voto, la moldean. Cuando ven que su candidato está abajo, muchos votantes optan por el voto útil para no perder su voto.
Herbert Simon, en su trabajo pionero sobre efectos bandwagon y underdog (1954), ya describía cómo los votantes indecisos tienden a apoyar a quienes perciben como probables ganadores. Es el efecto arrastre: el candidato que lidera en las encuestas recibe un empujón adicional simplemente porque lidera. En el caso contrario, el efecto perdedor compasivo puede generar simpatía por el que va abajo, pero en sistemas donde el voto útil es culturalmente dominante, como el nuestro, ese efecto es marginal, la mayoría abandona al candidato débil para no perder su voto.
El problema es que las encuestas en Perú no son solo instrumentos de medición. Son actores políticos disfrazados de estadística.
Recordemos 2016: Ipsos, Datum y CPI daban a Keiko Fujimori más del 40% de intención de voto. Keiko ganó la primera vuelta con 39.8%, dentro del margen, dirán algunos. Pero lo que no predijeron fue el sorpresivo segundo lugar de PPK (21%) frente a Verónika Mendoza (18.7%). El margen de error real era mucho mayor al declarado. ¿Por qué? Porque las encuestas no llegan a todo el mundo, ignoran zonas rurales, no alcanzan a quienes no tienen internet ni teléfono, y fallan sistemáticamente al captar el voto oculto, esa decisión que el ciudadano no revela porque desconfía del encuestador, o porque simplemente no está en la base de datos de nadie.
El caso más estruendoso fue 2021. Todas las encuestas daban como ganadores a Keiko Fujimori, Hernando de Soto o Rafael López Aliara. Pedro Castillo ni figuraba. Apareció de la nada y ganó la primera vuelta con el 19% de los votos. Si los electores hubieran decidido solo por lo que decían las encuestas, nadie (literalmente nadie) habría votado por él. Pero la gente votó. Y esa es la belleza terrible de la democracia: a veces se equivoca la masa, y a veces se equivocan las encuestas. Pero las encuestas tienen micrófono y la masa no.
Y esa es la lección: las encuestas solo tienen el poder que les damos. Si votamos como ellas dicen, las convertimos en dueñas del futuro. Si votamos como decidimos, las reducimos a lo que son, fotos borrosas de un instante que ya pasó.
Entonces, ¿qué significa votar informado? No significa saber de memoria el plan de gobierno de cada candidato, que, por cierto, casi nunca se cumple. Significa entender que el voto no es un cheque en blanco para cinco años. Es un mecanismo de presión, un mensaje, una declaración de preferencias que los políticos leerán después, cuando diseñen sus estrategias para la siguiente elección. Pero significa también votar como si nuestro voto pesara. Porque pesa.
El sociólogo peruano Julio Cotler (Clases, estado y nación en el Perú, 1978) argumentaba que el sistema político peruano ha sido históricamente una pirámide invertida, las decisiones importantes no las toma la mayoría, sino una élite que se renueva periódicamente a través de alianzas con sectores populares. El voto, en ese esquema, es la moneda de cambio. No es poder directo, pero es la única moneda que tenemos.
Por eso hay que votar. No porque el próximo presidente vaya a salvar el país, que vaya no lo hará, sino porque no votar es entregar la única herramienta que nos queda. Y porque el acto de elegir, por más pequeño e ilusorio que parezca, es el único gesto que nos recuerda que no somos súbditos. Somos ciudadanos. Aunque duela.
Coda
El domingo 12 de abril entraré al cuarto oscuro por primera vez. No voy a votar por el candidato que va a ganar. No voy a votar por el que las encuestas dicen que es útil. Voy a votar por convicción, con la certeza de que mi voto probablemente no cambie el rumbo del país, pero con la certeza también de que si todos pensáramos así, el rumbo ya habría cambiado hace mucho.
Porque el problema del Perú no es que estemos condenados a la levedad. El problema es que nos hemos acostumbrado a ella. Hemos aprendido a vivir sin peso, a no cargar con la memoria, a no comprometernos con el futuro, a quejarnos sin proponer, a criticar sin construir. Y esa levedad, que en apariencia nos libera de la responsabilidad, en realidad nos condena a la irrelevancia. Un país de ciudadanos ligeros es un país que no pesa en la historia. Es un país que pasa, que ocurre, pero que no se hace. Jamás.
La democracia no es un milagro. Es un hábito. Y los hábitos, como el respeto o la dignidad, se construyen un acto pequeño a la vez. Votar es uno de esos actos, no el único, pero sí el más público, el más solemne, el más incómodo.
Al final, como escribió César Vallejo, Hay, hermanos, muchísimo que hacer. Y votar, aunque no lo parezca, es parte de ese muchísimo. Porque la insoportable levedad del ser peruano no es un destino, es una elección. Y como toda elección, puede cambiarse. Empieza el 12 de abril. Empieza con cada uno de nosotros. Empieza con ese instante en que la cédula está frente a nuestros ojos y el mundo, por un segundo, se detiene. En ese segundo, pesamos. En ese segundo, existimos. En ese segundo, somos país.

