“LA LECTURA SE GOZA, PERO TAMBIÉN SE SUFRE”
Esa fue una frase que escuché dentro de una librería de viejo, hace un par de días y supongo que muchos de los lectores estarán de acuerdo con aquella profunda meditación sobre la lectura, pues recordando brevemente las de la infancia o la adolescencia, podemos revivir recuerdos de aventuras y proezas magnificas dentro de páginas que nos hacían ser participes de historias maravillosas sin tener que salir de nuestra habitación.
Por recordar algunos ejemplos, tenemos la magnífica obra de aquel escritor francés, considerado el padre de la ciencia ficción, Julio Verne, quien nos sumergía internamente en cuentos adelantados a su época, pues parecía que estaba prediciendo mucha de la tecnología de hoy en día, desde viajes al espacio exterior, a las oscuras profundidades del océano o a los rincones mas inhóspitos del centro de la tierra, estas historias destacaban por hacernos hecho gozar de cada aventura relatada y hacernos querer salir corriendo por otro libro de este autor.
Pero también hubo libros que quizá jamás debieron ser publicados como la obra del infortunado Franz Kafka, el cual le solicitó encarecidamente a su mejor amigo Max Brod incinerar todos sus apuntes ya que su intención jamás fue que estos salieron a la luz, pero gracias a la terquedad de un amigo que vio potencial en sus letras hoy tenemos esta colección de libros que se vuelven un reflejo de la angustia y del agobio por la existencia moderna, pues estas obras fueron las que acuñaron el termino Kafkiano, que refleja el dolor por aquello que nos parece interminablemente absurdo, como se puede sentir en libros como; La metamorfosis, El proceso, o El castillo, sólo por decir unos pocos.
Hay lecturas que te hacen sentir las delicias de la vida, sentir en carne propia, batallas que tuvieron lugar en la antigüedad, algunas otras son capaces de ponerte los pelos de punta por su contenido angustioso y demencial, pero claramente esto nos dice mucho sobre lo que el mundo de las letras es capaz.
Pero ¿Qué ocurre cuando un libro se vuelve un reflejo doloroso de la realidad actual, tu realidad, o incluso de ti mismo?, bajo la premisa del gozar o sufrir, claramente la balanza se inclina comúnmente del lado del sufrimiento, recordando así el pensamiento del filósofo alemán Arthur Schopenhauer, mismo que afirmaba que toda satisfacción, o lo que comúnmente se llama felicidad, es en realidad y esencialmente siempre negativa y nunca positiva, ya que no es un estado duradero, sino un alivio momentáneo.
Duele ver en realidad que desde la época antigua hasta nuestros días la condición de barbarie en la humanidad ha sido revivida una y otra vez, pareciendo una terquedad del hombre vivir en un eterno ciclo de dolor e injusticia, en todas y cada una de sus sociedades por más vanguardistas que éstas lleguen a ser en algún punto.
La lectura nos duele cuando vemos que el conocimiento para la liberación y la emancipación se encuentra ahí, al alcance de todos, en librerías incluso de viejo, donde por unas cuentas monedas tienes el arma mas potente que ha existido, y esta es el conocimiento mismo.
Se vuelve una agonía pulsante ver como el verdadero plan de naciones enteras es sumergir a su pueblo en la ignorancia para que éstos jamás se atrevan a cuestionarlo, o a luchar contra la injusticia o la corrupción, pues incluso con las nuevas tecnologías tenemos acceso a todos los libros del mundo, pero parece que aún no nos damos cuenta que, aquellas tendencias virales brotan cada cierto tiempo para que nos olvidemos por buscar el conocimiento, ya que si bien jamás hay que creer complemente en un régimen, menos hay que hacerlo ahora que anteponen figuras como la verdad histórica.
Pero aun así la lectura se goza cuando se ve a un niño leyendo y divirtiéndose con aquellos libros que lo llevarán cada vez a querer explorar más, o incluso cuando alguien decide leerle a alguien más, pues a muchos se nos educó bajo ese fantasma de la lectura en silencio, esa lectura egoísta que destruye a la comunidad y a la palabra que expresa la emoción de un dialogo, o que incluso se vuelve pantomima cuando no basta el tono de la voz para llegar al cenit de una escena.
Se goza bastante, aún más cuando la lectura se vuelve un acto de revolución ante la inmediatez posmoderna, aquella que convierte al ocio lector una infamia o un crimen, pues el tener paz para poder gozar y sufrir de ésta es la verdadera cúspide de la libertad.

