La noche, los tacos y la diosa

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La noche es tranquila, con una hermosa luna llena y un sin fin de estrellas. Un hombre joven de menos de treinta años espera debajo de un portón de una escondida cuadra. De la pequeña bolsa de su camisa blanca saca una pequeña lista, la desdobla y empieza a repasarla.

 

Repite en su mente: “tomas su mano, caminas con ella, no dejas de sonreír, aprovechas el paisaje y la besas”. Algunas veces agrega otras frases.

 

Pronto es interrumpido, el portón se abre y sale una diosa disfrazada de mujer joven. Diosa de piel lisa y morena, de ojos redondos y marrones, escondidos detrás de un par de gafas, de sonrisa radiante y pelo lacio, vestida con una blusa y pantalón blanco.

 

–Me vestí tal y como me contaste tu sueño.– menciona ella.

 

–Es lo que vi.– responde él sonriendo aún más de lo que ya estaba.

 

Los dos empiezan a caminar por la cuadra escondida. Tímidamente él se acerca y toma su mano. No hay testigos de lo mucho que sonreían, la única que no les dejaba de mirar era la luna. Ella intenta hacer conversación:

 

–¿A dónde me llevarás esta noche?–

 

–Te prometí la mejor cita de tu vida.–

 

Caminan tres cuadras y llegan a la casa de él. Paran en la puerta y él le abre la reja blanca.

 

–No parece una cita perfecta.–

 

–No juzgues, todavía no comienza.– menciona él.

 

Ella se dirige a la siguiente puerta, hasta que él la detiene:

 

–Varias veces te he contado mis sueños, hoy juntaré algunos de ellos y te impresionaré.–

 

Él sube a la azotea y le pide que lo acompañé cuando él se lo pida. Ella obedece y al momento de poner pie se lleva una gran sorpresa. El lugar estaba lleno de pequeñas velas, en el centro un mantel y allí estaba él vestido con un mandil negro y con un pequeño trompo de carne.

 

–Esta noche además de ser tu cita seré tu taquero.–

 

La diosa al oír ese comentario comenzó a reír. Pronto toma la iniciativa y agarra uno de los platos, pidiendo así su primera orden, excluyendo la piña en sus guarniciones. Para esa noche él había planeado cada detalle, incluyendo la forma de rebanar la carne.

 

Después de cenar, él le pide que tome su computadora y ponga su música favorita. Él se recuesta sobre una almohada y mira atentamente a las estrellas. La música ayuda a que el tiempo entre ellos se desplace fuera de lo cotidiano. Ella se recuesta de la misma forma en que él lo hizo.

 

–¿Cómo calificas a nuestra cita?– pregunta él.

 

–No diría que es la cita que me esperaba.–

 

–¿Por qué?–

 

–Nunca había mirado con alguien las estrellas.–

 

Él la mira fijamente a los ojos y sonríe. La diosa postra su cabeza entre el pecho y el hombro del joven. La música y la noche los acompañan, ninguno de los dos habla, disfrutan de su tiempo juntos hasta que él rompe el silencio:

 

–No hay mejor manera de cerrar del día: estando contigo, cenando tacos y la noche acompañándonos, con miles de estrellas y su gigantesca Luna.–

 

La diosa se sonroja y se hinca, vuelve a ser humana. ¿Será acaso la señal del beso? Desconozco tal información, ese secreto lo guarda la noche.