La oportunidad de lo inoportuno

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¿Qué haría –siendo marinero– para  llegar a puerto seguro? Una serie de maniobras opportunitas, palabra formada por op que significa antes, y portus que expresa puerto, es decir, opciones del navegante porque nunca se sabe cuánto tiempo existirá la misma condición  de vientos para atracar o reanudar el viaje.

Conjugación de las posibilidades con el tiempo para conseguir o alcanzar un resultado, un propósito. Aquellos que saben aprovechar las oportunidades, los que se sobreponen a las condiciones de cualquier tiempo, esos son los más exitosos, los vendedores, emprendedores de negocios o tratos.

Dicen que las oportunidades van generando nuevas ocasiones, porque, de no hacerlo, los individuos caen en la fatalidad si no es que en la resignación. Las circunstancias favorables facilitan la oportunidad y aunque la ocasión hace al ladrón es la perspicacia del oportunista la que surtirá mejor efecto.

Bueno, esto cuando todo sale bien. ¿Qué pasaría si lo primero que surge en la oportunidad es un problema? Como al planificar un viaje deseado  con horas de anticipación, selección previa del equipaje, desvelo de ansiedad para salir puntualmente, el viaje comienza, fluye el transporte por el asfalto de la carretera, paisajes recorren hacia atrás las ventanillas del autobús, agradable ambiente de cine móvil, sólo un par de horas hasta el próximo destino.

Y de pronto, el viaje es interrumpido por lo más inoportuno que pudo haber pasado, un bloqueo carretero inexplicable, inamovible. Fueron minutos de tensión, los primeros, porque después, el tedio invadió el autobús y luego, el hambre y luego la sed. Los pocos pasajeros a bordo, tratamos de distraernos leyendo o siguiendo el reportaje de los hechos por internet. Afuera, un río de automóviles varados, expulsaban a sus conductores con el fin de refugiarse del sol a plomo que calentaba al nivel de anafre a esas láminas multicolores atestadas en seis carriles y laterales en ambos sentidos.

Recordé los ejemplos narrativos del caos de la autopista, grandes escritores han hecho distopias, utopías y autovías de tinta para explicar el micromundo en el que se convierte un atasco, un embotellamiento, en este caso, el más grande que se había formado en el Estado de México, seis horas y ya éramos diez kilómetros de fila de autos. Hubiera podido escribir una novela, miré seis películas, no pude dormir porque la ansiedad de los choferes los obligaba a interactuar con los guardias en las motopatrullas. Se hablaba de gas pimienta, de granaderos, de pernoctar varias noches en la misma posición.

Después de ocho horas, una jornada laboral completa, dieron avance a los autos atorados. La posibilidad de llegar al siguiente puerto, no se hizo esperar, hasta quince minutos después, cuando fuimos retornados a la ciudad de origen por causa de un fuerte accidente vial. Atravesé tres estados sobre un autobús casi fantasma, enmudecido, sin agua ni comida, fui y vine, avancé y regresé sobre mis pensamientos, sobre mi ansiedad y mis temores. Y perdiendo la oportunidad, nuestro chofer retomó la ruta porque cuando uno dice que hay que llegar, llega. Una cita es una cita, un compromiso lo es, después de catorce horas arribé a la reunión ensoñada en el momento en que captaban la foto conmemorativa de la ocasión.

Sonría– me pidieron.