La serenata

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¡Chin! Tan bien que íbamos. Y Genaro se acuerda –como película en donde se regresa la acción– lo sucedido exactamente hace un año, 2 meses y 6 días, cuando  el salía de su chamba en el ABC y la vio esperando el camión. Le gustó tanto que eso explica –él que de por sí no era aventado– como le llegó: 

Señorita, buenas tardes. 

Y tampoco se le olvidará la mirada de ella: interés, sorpresa y gusto, revueltos.

Buenas tardes joven… dígame. 

Y otra vez lo inexplicable en un individuo más bien tirándole a tímido.

– No nos conocemos, pero me llamo fulano de Abraham, y quisiera, digo si se  puede, invitarle un café. 

Era el principio de todos los noviazgos: un café, invitar y recibir el sí para tomar un café; como en los bailes, al estar bailando la primera pieza pedías: ¿Me concede lo siguiente? Y el , era tácita aceptación para un noviazgo. 

Este… bueno, sí.

¿El juu-eves a esta hora? 

Bien. A propósito me llamo Hilda Torres.

Y fue el comienzo de un amor que le dio razón a su vida. Así como en la letra de un bolero: 

Llevo tantas penas en el alma

Que al mirarte a ti nunca pensé 

qué pudiera al fin otra vez poner 

en un nuevo amor mi fe… 

Y la dama ha sido desde ese día así, su consentida, el amor de su vida su adoración… hasta hoy en la tarde, que ¡chin!, tuvo que salir lo de las clases sociales; como en la canción de José Alfredo:  

    

Que no somos iguales dice la gente 

qué tu vida y mi vida no se pueden 

Y saliendo del L’Ambiant, sin sentir la fría lluvia, salió del portal, caminó por Hidalgo y se metió al bar Jardín, que junto con El Conde eran receptáculo de resentidos del amor con su nido de cancioneros. 

No la ve llegar. La neta, quiere llorar. Siente que al irse ella, pus ya pa’ qué, y que todo, chingá no tiene razón. Enamorado hasta el paroxismo después de la primera cuba piensa en ella de la mano de otro, la ve sonriéndole a lo lejos y despidiéndose. Su afiebrada mente la ve metiéndose en el tren del olvido y esa boca que fue solo de él está besando a otro.

¿Qué pasó cabrón?

Ahí junto, como si lo hubiera llamado está Daniel, su cuate Danny, cuya amistad chingona comenzó cuando le hizo un paro contra tres montoneros en la secundaria. 

Danny retomó la voz: 

Oye, parece que se murió alguien, que pinche carita. 

Terminé con mi vieja…

Y el dolor que reflejó el despechado en su charla de cuarto de hora…  y terminó  conmigo de verdad que le llegó a Danny. 

Oye, tons ya hasta pensaban en casarse.

 

Ssii.

Y los cancioneros que afinaban le dieron la idea a Daniel: 

Llévale “gallo”. 

    

Antes –increíble pero cierto– la serenata, el gallo, un rato audaz de ronda, era una aventura amorosa para aventados querendones de a devis y generalmente tenía éxito: implicaba llevar el corazón en canciones, aguantando frio o lluvia y si no sacabas permiso del H. Ayuntamiento significaba hasta subir a una julia de los polis municipales. Conllevaba el jugártela a todo o nada y hasta sacar lo poetiaventado: propalar tu amor a toda voz en plena vía pública.

Orale güey. -insistió Danny- ¿qué pierdes?

Todo cabrón. Su raza no me puede ver. 

Tú lánzate, yo te acompaño, seguro que ella está igual que tú. 

Más bien seguro que otro bato le está cantando al oído. 

Más a mi favor, ¡Lánzate y te quitas de dudas! Y lo peor es la duda. 

Y por mientras, entre tanto, una y otra cubita, porque la verdad había que darse valor. 

Maestro, ¿cuánto por una serenata? 

Completa. O sea, presentación, cinco canciones y rúbrica… ¿traen coche?

 

Claro, este no, nos iríamos en taxi.

 

Yo tengo mi garracuda guey.

¿Cabremos joven?

Apretaditos, ¿cuánto pues?

Trecientos, pero trayéndonos de vuelta otra vez aquí. 

Dos cincuenta, no somos hijos del Dr. Baz. 

El jefe del trío se reunió con los otros dos y regresó.

 

Pero orita que se quitó de llover. 

  

Y ahí van los cinco. El triste galán le dicta las canciones al requintista y líder del trío: Primero la presentación, luego la de cajón… Despierta, ¿no?, luego Consentida, luego Harlem español esa que canta Enrique Guzmán, que nos gusta a… 

No chingue joven, es serenata, no gringada ¿Qué le parece “Morenita mía”?

 

Orale. Luego algo de “Los Diamantes”. 

¿Condición? esa que dice, estamos en las mismas condiciones, borrarte de mi mente…      

         

Bien. Luego 

Nomás falta una joven porque la rúbrica es Me despido ya, vida de mi vida, que duermas tranquila…

Dime pinche Danny, una que le pegue. 

De pronto llegan. Un chipi chipi imperceptible casi un rocío de agua caía, la calle lustrosa con sombras y charcos de agua y luz. 

Ligera afinada y la canción –trémula, friolenta- comienza: Despiertaaa dulce aaamoor de mi vidaaa…

Se enciende la luz de una ventana y al acercarse Genaro y ver qué, se le apaga la luz cuando en un susurro oye de la dizque enamorada: 

 

¿Qué no entiendes español? Ya hiciste enojar a mis papás… y a mí también, ¿vienes borracho? Te me vas yendo antes que llamemos a la policía, ¿entendiste?

Y en la fría noche, al dar la media vuelta Genaro se aguantó el íntimo dolor y solo masculló: 

AMOnoooss, esto ya valió.