LA TORPEZA, ESA VIEJA AMIGA
Sólo puedes crecer, si estás dispuesto a sentirte
incómodo y torpe cuando intentas algo nuevo.
Brian Tracy
La conoces. Está contigo, siempre. Estuvo a tu lado cuando aprendiste a caminar, entre pasos suavecitos y caídas legendarias, seguidas de hilarantes carcajadas infantiles. Te acompañó durante la época escolar, en los recreos y en las clases de deporte; en tu primera fiesta adolescente cuando parecía que el baile no era lo tuyo; en la mañana en que el chico o la chica de tus sueños por fin te habló y te quedaste sin palabras; en la mirada de resignación de tu familia, hecha a la idea de que nunca habría una vajilla completa en casa; en tu primera metida de pata, ya inserto en el mundo laboral. Tu vieja amiga, la torpeza, ha aparecido siempre en los momentos más importantes de tu vida. Solo que cada vez, su presencia te sacaba menos sonrisas hasta que un día, no fue más, bienvenida.
No estás solo. Todos hemos sido candidatos al título manos de mantequilla del año, en más de una ocasión, y si buceamos en ese oceano gigantesco que es el internet, encontraremos millones de testimonios dignos de tan embarazoso galardón:
En mayo del 2017, una estudiante intentó tomarse un selfie en la galería móvil The 14th Factory, del artista Simon Birch, en Los Angeles. Mientras buscaba la pose perfecta, perdió el equilibrio sobre una instalación de 11 columnas que se deslizaron como piezas de dominó, causando daños hasta por 200,000 dólares. Todo quedó grabado. Afortunadamente, la estudiante no fue demandada, pero ¡pasó por un sonrojo enorme!
Otro caso que conozco es el de Maya y su abuelita. La abuela gustaba de retratar a la nieta e insistía en enseñarle a posar y sonreír. Maya se concentró tanto en seguir las instrucciones recibidas que perdió su espontaneidad. Cada sonrisa suya frente a una cámara –por muchos años– fue una especie de mueca, fabricada con manual de instrucciones.
La psicóloga Alba Cobos, asegura que la obsesión por dividir las tareas automáticas en pequeñas órdenes, distrae a nuestra mente y le impide concentrarse en el objetivo final, y esa es una invitación ¡a gritos! para nuestra amiga, la torpeza: baja la escalera paso por paso, come despacio para no manchar la ropa, no vayas a decir una tontería; ponen el foco en lo que puede salir mal y con la mente en modo error, error tendremos. Eso les pasó a nuestras modelos fotográficas de arriba. Y, ¿sabes qué suele acompañar a estas distracciones? los pensamientos intrusivos, déspotas y crueles: Lo arruinarás, no sirves para esto. Si los escuchamos, estaremos aplicando una nueva versión de la Ley de Murphy: Si te identificas como alguien que suele cometer errores, los cometerás.
La torpeza es esa incómoda vieja aliada que escolta el aprendizaje, y ganamos más al abrazarla que al enfadarnos con ella. ¿Cómo hacemos eso?
1) Aceptemos que somos humanos y nuestra capacidad de concentrarnos en las cosas es limitada. Hacer algo y preocuparnos por la forma en que lo estamos haciendo, es realizar dos actividades a la vez. Una de ellas no recibirá suficiente atención y podría salir mal.
2) Somos poco habilidosos para algunas tareas y brillantes para otras, querer valer para todo es un sueño tan exigente como utópico y pasa una factura muy alta en ansiedad, e inseguridad sobre nuestra propia valía.
¿Alguna vez te has preguntado por qué quienes dejamos atrás la niñez, seguimos disfrutando tanto de los viejos personajes, héroes y superhéroes que capturaban nuestra atención cuando éramos niños? ¿Por qué nos resultan tan simpáticos El Chapulín Colorado, Mr. Bean, Cantinflas, Homero Simpson, los héroes torpes de las series o incluso los superhéroes? Solo date una vuelta por el cine y observa las animadas y largas filas de estrenos de alguna película de Marvel o DC, y comprobarás que la brecha generacional aquí, es un mito. Nos resultan familiares y nos gustan, mas no atinamos a descubrir por qué. La respuesta es simple. Todos llevamos un niño interior. Y ellos son como niños, tiernos, rebeldes, sin límites ni censuras, que resuelven los líos sobre la marcha.
Nos sentimos cómplices de sus hazañas e intenciones. Y las situaciones incongruentes con la lógica, en que se ven envueltos, sorprenden a nuestros cerebros y los obligan a resolver el enredo pasándolo a un plano humorístico, donde la incongruencia, la situación insólita e inesperada que provocaron, sí tiene sentido. El humor, ese maestro de la vida y gran aliado en todas las batallas, llega al rescate. Lo mejor de todo es que ese niño que somos, en cuerpo de adulto, aún recuerda cómo reírse de sí mismo, como cuando se caía y levantaba al aprender a caminar, entre hilarantes carcajadas infantiles porque reconocía que su más leal amiga, la torpeza, era parte del proceso para alcanzarlo todo. ¿No es genial?
Puede ser que tu caso sea muy grave, que estropees absolutamente todo lo que tocas y que, aun cuando no tengas un problema físico, tropieces y caigas, a cada segundo de tu existencia, ¿realmente es así? ¿O quizá, las veces en que te ha asistido la torpeza, estabas pensando en mil formas para evitarla y… ¡cataplum!? Ese es mi caso, lo confieso. Y también confieso que me tiene encantada haber descubierto que mi postre favorito, el ganache de chocolate, nació de la bendita torpeza de un pastelero que mezcló sus ingredientes por error, el más delicioso de la historia. Respira. Como dice Melisa Dahl, no pasa nada si bajas un poco el estándar. Derramarás vino sobre alguien. Alguien derramará vino sobre ti. Sobrevivirás. Y vivirás un poco más feliz en esos momentos si logras reírte de ello.

