La tristeza pandémica

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… Y el frio día caminando con lluvia y la Pandemia que no se va. La frase que se escribe de una plumada y sintetiza en su total, chingo de cosas: Primero simplemente es vivir, así nomás, con aciertos y errores, con triunfos y derrotas… y finalmente –piensa Audomaro– quedé solo, por eso concluye que acompañar a las  y los ciudadanos Covides que en estos días mueren como moscas al influjo del insecticida de la Pandemia no suena tan descabellado; doloroso es ver morir a una o un joven… ¿qué goces y dolores ya no vivirá? Truncar una joven vida sí que duele y vaya que duele, pues él, ya lo había sentido en su familia, pero ¿irse un viejo?… ya vivió. Y cayó en la real cuenta que sea como sea, él ya estaba a punto de su The end. De Covid-19 o de los males de la vejez, pero su fin ya venía.

Yo no comprendía como se quería en tu mundo raro. La canción ranchera de José Alfredo, el pianista Chía seguía con suave deliquio metiéndose en el intrincado cerebro de Audo, porque vaya que su cabeza tenía una cajita de alambres con alocada colocación: lucecitas cerebrales que lo metían en profundos abismos o lo subían al Everest de la palabra. ¡Achuuu! un estornudo lo preocupó; mejor decir, lo trastornó, pues aunque ya pegaba un melifluo solecillo se sentía frío. Ahora la canción de Armando Manzanero: Esta tarde vi llover, vi gente correr y no estabas tú, le recordó cosas ¡Como era de hermosa la música, que te toma de la mano y te lleva a lo que fue! Y vaya que lo que vivió, fue como navegar en un río bravo, turbulento: ¿Por qué no tuvo la calma que tantos mortales tuvieron y la vivieron? Así como estar dormido en una nube rosa y ver pasar aves canoras. No, él siempre de aquí para allá, lúchale, búscale, nadie te da nada, dale, ándale, como el boxeador que cae a la lona y tiene que levantarse. Y a volver a darle y la canción que siguió: Usted es la culpable… me desespera y hasta la vida diera… ¡cada amor hallado! Y el deseo para quien coincidió con él que la vida le haya sido grata.

Para Audomaro han sido dificultosos sus lances amorosos, aunque finalmente sólo una persona lo hizo sentir que fue feliz y coincidentemente a ella le falló y cada vez que se acuerda, aunque no quiera, muchas ganas le dan de llorar. Audomaro le da una violenta vuelta de tuerca a la manivela del cilindro y retorna a la pintura: Un óleo es para siempre y ahí está, lo ves una y otra vez. Te solaza, te pone a pensar. Un paisaje del Valle de México de José María Velasco muestra hasta una nopalera que estaba junto al caballete del pintor, ¿pero Joan Miró? ¿Entiendes? metete en su pintura, en lo más íntimo… ¿qué dice? Y se dice con franqueza: No entiendo que quiso decir. No hay parangón con Velasco. Y Audo vuelve a lo trillado: Vamos a intentar con pensamientos cortos, irónicos, para mostrar otro estilo en el escribir. Audomaro lo intenta y nada más halla pensamientos oníricos ¡conexos que no lo convencen! Deja un momento el bolígrafo porque al no hallarle lógica a lo escrito recuerda que primero practicó la oratoria… y se regresó sin querer a como entró a la escritura. Su cableado cerebral, se ancla primero en Burt Lancaster y la cinta Elmer Gantry que en su momento lo deslumbró. Y Audo recuerda luego la cátedra: en el cuadrilátero de un aula puedes hacer magia verbal. Y nuestro personaje sonríe al acordarse de un tiempo alucinante de cuando fue docente.

Da unos pasos por la sala y retoma a la mesa de trabajo. Va terminando la música de Enrique Chía: que allá en el otro mundo en vez de infierno –¡tamales oaxaqueños! se oye en la calle– me borre a mí. Échame a mí la culpa de Ferrusquilla. Un oficio y otro. José Ángel Espinoza el autor de la canción también fue actor, escritor viajero. Y en todo lo hizo bien.

… y el solecito que se va, y la tristeza que regresa, y el no querer salir a riesgo de contagiarle… y sin saber por qué llorar SALUD.