Las costumbres de los muertos

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“La muerte es intransferible; como la vida.”

Octavio Paz

 

México es un país cuya raigambre cultural, antropológica y social se mantiene firme ante las tradiciones y costumbres, que se clavan en lo hondo del corazón. Y es que México es un país tradicionalista, representa un sitial de orgullo para quienes la historia es la madre del recuerdo, es una crin de luz para los que asiduos al memorial; exaltan su valor, su esencia, la virtud de saberse ganar un umbral en el tiempo.

 

Así somos los mexicanos, gente que orgullosa de su historia enarbola el recuerdo de sus antepasados, que pinta con el color del Sol la entrada triunfal de aquellos que se nos adelantaron en el camino; somos la raza de bronce, la raza de barro, la raza de hijos del maíz que con el color de la tierra recreamos a nuestros antepasados; porque su semilla, sirvió para abonar la tierra y edificar la simiente de las nuevas generaciones, somos el brazo de lucha y que hoy se consolida con el color y la pasión de una raza.

Dentro de todas las épocas del año, en México, existe particularmente una que recrea la nostalgia, da sentido al jolgorio y a la creencia de qué se puede cruzar el umbral del tiempo para saludar en el alma a una humanidad pasada; hablamos del tradicional “Día de Muertos”, día donde el mexicano no duerme porque gustoso recibe a familiares y amigos que han fallecido y sí, curiosamente en este día el mexicano no le teme a la muerte; por el contrario, la celebra, baila con ella, la acompaña, la cobija e incluso come con ella; que sentimiento tan bello el de buscar la presencia de los que físicamente ya no están con nosotros para honrarlos.

La celebración de los “fieles difuntos” o del “Día de Muertos” es debatida en su origen, algunos dicen que es parte del sincretismo cultural, religioso y social de la colonización española a las tierras mesoamericanas, hay quienes afirman que esta tradición se remonta a épocas anteriores; lo cierto es que los pasajes de la historia nos dan pauta para recordar este festín como una tradición armónica que se vive en familia, por ejemplo al momento particular en el que a nadie le da miedo a acudir a un panteón de noche, pues por el contrario, gustosos con el acompañamiento de una vela se acercan a la tumba de su ser querido y conviven, ríen, recuerdan, sollozan, suspiran o tal vez simplemente observan.

De acuerdo a la historia mexicana, en la época prehispánica los mexicas tenían diversos periodos a lo largo del año para recordar y celebrar a sus muertos, los más importantes se daban al terminar las cosechas entre los meses de septiembre y noviembre; ellos creían que la vida continuaba después de la muerte y hablaban de destinos de descanso  para las personas de acuerdo a su forma de morir, dedicados a guerreros muertos en batalla, a mujeres embarazadas, a personas que morían ahogados, a bebés muertos y por supuesto; al que conocemos como el poderoso destino del Mictlán, lugar de los muertos; rindiendo culto a Mictlantecuhtli el “Dios del inframundo”.

De estas costumbres históricas sigue vigente la creencia popular de que en el umbral del destino a la otra vida, un perrito debía de guiar nuestro transitar, los historiadores lo vinculan al Xoloitzcuintle; en la época prehispánica, se creía que los muertos deberían ser sepultados con elementos muy característicos, como una pequeña ofrenda de granos de maíz, frijol, piedras preciosas y productos vegetales que servirían para que el “Dios del inframundo” recibiera gustoso al hombre o mujer que llegaban a su presencia.

A la llegada de los españoles, esta creencia se ve trastocada por las costumbres católicas y la evidente similitud en la creencia de una vida después de la muerte, así impera la tradición del famoso “Día de Muertos”, vinculándola con la fecha particular del catolicismo en la que se celebraba el “Día de todos los Santos”, dedicado a la memoria de aquellos que murieron en nombre de Jesucristo; en algunos conventos y de acuerdo a algunas costumbres de la época era propio el limpiar las osamentas y exhibirlas públicamente para veneración y así recordar a los fallecidos.

El 1 y 2 de Noviembre se convierten en días de verbena popular, pues el espíritu se exalta al poder traer a nuestra memoria a nuestros seres queridos y pensar que pueden acompañarnos, estar junto a nosotros esos días; alumbrados por cirios y acompañados con el olor característico de la flor de cempasúchil;  nuestros fieles difuntos sonríen a nuestro lado, cantan junto a nosotros, nos abrazan en el alma nos hacen pensar en los grandes momentos vividos; en México esta costumbre se acrecienta pues a partir del 28 de octubre y 29 se recuerda a las personas que han muerto de manera trágica y a las ánimas solas, quienes no tienen quien les recuerde o no tienen quién ilumine su camino; 30 y 31 de octubre recordamos a las almas del limbo, a los niños que no fueron bautizados, a los niños que no pudieron nacer, el 1 de Noviembre se recuerda a las almas de los niños, el 2 Noviembre se recuerda con regocijo a todos los fieles difuntos.

Poco a poco nuestras tradiciones se fueron amalgamando con costumbres españolas, se empezaron a consumir postres con forma de hueso que derivaron en la cultura popular del famoso pan de muerto, se empezó a crear una ofrenda tradicional que tenía como eje central un altar con una veladora, auxilio mediante el cual las familias se reunían para rezar por el alma del difunto que llegaba del cielo; se empezó a hacer tradicional la visita a los cementerios para “velar” a los difuntos y para llevarles música; y aunque el frío de la época nos hace recordar el frío de la muerte, gustoso el mexicano celebra; hay quien con rimas crea “calaveras literarias” llenas de sátira, de recuerdo, de bohemia, de nostalgia, letras que inmortalizan el camino de la huesuda, de la flaca, de la catrina, del esqueleto, del catrín, de las ánimas en pena, de nuestros fieles difuntos…

Que orgullo que desde el 2003 la UNESCO reconoce la tradición mexicana del “Día de Muertos” como una obra del patrimonio oral e intangible de la humanidad, y es que como no darle este toque sí en todos los rincones de México se recuerda como símbolo de mexicanidad a la “Catrina garbancera” la famosa representación de José Guadalupe Posada que fuera inmortalizada por Diego Rivera en un mural que retrata un paseo por la Alameda central, rodeada de mexicanos de renombre y de mexicanos por costumbre, por herencia y por tradición; ese es el valor característico que el mexicano da a la muerte. Sin olvidar que también la saborea en el disfrute del pan de muerto, el dulce sabor de las calaveras de azúcar y de chocolate, en  el olor característico de las flores que adornan las tumbas de los muertos, las flores de cempasúchil, el tradicional olor a copal sin duda cada uno de estos elementos aporta el misticismo y el sincretismo mexicano.

Tantas costumbres, tantas tradiciones mexicanas; sin duda el Día de Muertos es día de vida, día de recuerdo, día de soñar, de anhelar, de abrazar, de reír, de convivir, de llorar y reflexionar; por qué dos cosas son ineludibles en el hombre: vivir y morir, binomio perfecto de la humanidad. Hoy que recordamos a nuestros muertos y sus tradiciones, no dejemos de lado cada uno de los elementos que de la ofrenda: la flor de cempasúchil, el sahumerio y su copal, las velas y los cirios, el agua para saciar la sed de aquellos que nos vienen a acompañar, la sal que no corrompe el alma, las fotografías del recuerdo o en su caso los espejos para que se puedan ver aquellos que algún día habrán de llegar, sus alimentos preferidos, el papel picado o el mantel bordado; pero la mejor intención es la compañía de los amados.

¡Que vivan nuestras tradiciones, que sigan firmes y frescas, que las nuevas generaciones entiendan que ninguna costumbre anglosajona puede derribar el gran muro que se ha edificado en torno al respeto a la muerte y la celebración de la vida!