Las expectativas de nuestro lenguaje
Las expectativas tienen un peso sobre nosotros y nuestra manera de percibir las cosas que no solemos reconocer. Mejor dicho, no podemos acercarnos al mundo y a las cosas sino es mediante expectativas. Pero lo más interesante de éstas, es entenderlas como únicas en su significado en cada instante que se presenta ante nosotros. Más allá de que se pueda ensayar –o probablemente no– una explicación sobre cómo funcionan en el uso ordinario de nuestro lenguaje.
Un deseo, expectativa, sea que los veamos desde su lado conceptual o afectivo, sea de la naturaleza que sea, está siempre inscrita en una propia gramática. El prototipo de satisfacción o insatisfacción, tiene muchas formas; tantas como maneras hay de poner la palabra en distintos contextos; hoy sabemos, que no sólo se puede pensar el deseo como carencia (Freud) sino también como agenciamiento, como apetito por hacer algo propio de una determinada manera, esto es, como manera de hacer algo propio, de poseerlo, de retener algo subjetivamente que por cualquier motivo se anhela; y no nada más por una carencia que responde a un axioma sobre el comportamiento humano, lo que sería limitante y unilateral (Anti-Edipo).
Quiero decir: ¿pensar nuestros deseos y exigencias como una carencia, como algo vacío, como algo que siempre se tiene que completar para poder seguir avanzando, sea en nuestra vida ordinaria o en el conocimiento mismo, algo arbitrario, más bien, es muy propio de nuestra cultura? Esto es como ver a solo a través de un cilindro. Esto es, una entre muchas formas de pensar el deseo o la expectativa, la satisfacción en general, que esboza de manera sugerente cómo en la cultura intelectual de occidente, sin algunas expectativas cumplidas, vemos las cosas vacías, como si no hubiera nada más ahí. (Nos hemos olvidado de todo lo importante).
Por lo anterior, decir tengo ganas de comer una manzana no es un enunciado en el que haya, siempre, una creencia implícita, según lo dicho anteriormente. No debemos leer el enunciado con la soberbia epistémica del pragmatista y decir cuando alguien dice ‘quiero una manzana’ se está implicando una creencia en que la manzana satisfará su hambre. No. Esta, puede ser una expresión de insatisfacción en general, de no sentirse incompletos. Es una forma de hacer propio lo que entendemos por insatisfacción respecto a un contexto concreto, que en este caso responde al caso de la manzana; que por lo mismo, no implica ni reflexión previa ni creencia, sino simplemente, el hacer propia la palabra sin reparar en su significado. Esto no es, pues, ‘predicar’ algo.
Si alguien pudiera ver la expectativa como algo nítido, digamos, el proceso mental, o más bien, el proceso puro de subjetivación por el cual un cuerpo se agencia en un significado que lo afecta de una determinada manera, para expresarse, efectivamente, podría verse qué es lo que se espera frente a algo o qué espera o anhela alguien con una determinada estructura psíquica. Pero claro, cuando nosotros vemos la expresión de una expectativa –sea de manera explícita o sea de manera implícita en una expresión– es cuestión nuestra saber leerla en su heterogeneidad, en sus posibilidades, preguntar por las posibilidades afectivas del enunciado, no adjudicar creencias implicaciones epistémicas a ese enunciado sin reparar en estos detalles sustanciales (Davidson).
Por eso que quien comparte mi forma de vida y tal vez la misma vivencia que yo en un momento concreto, de acuerdo a una gramática concreta, reconoce exacta e intuitivamente qué es lo que espero, como cuando se ve un partido de fútbol o cuando juego al póker con alguien que está iniciado en esas reglas. No se infiere, pues, nada, a partir de un proceso percibido en el que podríamos adjudicar una creencia que poder encajar en una forma teórica de expresar los deseos, y decirle a otra persona tienes un trauma edípico (Superioridad epistémica del psicoanálisis).
Lo que sabemos leer, con mayor o menor claridad, es la expresión de una expectativa que queda tras un lenguaje por medio del que se expresa, porque con él no se predica ni tampoco se quiere predicar nada. Así como yo mismo, cuando tengo una expectativa, de una u otra forma estoy esperando reconocimiento de la misma más allá de que se cumpla o no. No estoy, pues, racionalizándola de forma clara e identificando exactamente lo que quiere. Aquello, depende de cómo se presente el contexto. Las expectativas, son todo menos mecánicas.
Una expectativa manda sobre sí misma, finalmente. No tienen formulas o mapas a priori sobre su contenido. Es un ejemplo muy bueno de que, aun cuando sus formas pudieran establecerse de una forma clara en un mapa, su contenido, jamás. Hay una forma concreta de cumplir una expectativa que es puro contenido. Es en razón de ese contenido subjetivo que suele ser compartido por una forma de vida común y por contextos vivenciales que suelen cumplirse, o no, que su contenido se despliega en toda su extensión. El hecho que satisface la expectativa lo pone ella misma. Ella determina sus posibilidades de positividad o negatividad. Incluso, el poseer en su misma formulación, una disyunción de varias posibilidades, es una forma paradigmática, digamos, de cómo se manifiestan realmente nuestras expectativas, más allá de cómo quisiéramos forzarnos a entenderlas.

