LOS GERANIOS DE MI TIERRA
Para ser recordado dice, Octavio Paz, basta con que un verso sea del conocimiento de la gente. En el caso de Isidro Fabela hay diversos textos que son de la mejor memoria de quienes somos sus contemporáneos en este siglo XXI. Pero, no hay duda, de que su poema Los geranios de mi tierra, es el que le dan un lugar en el extenso mundo de la poesía mexicana. Dice así:
Los geranios de mi tierra
Siempre están en primavera
Siempre ríen
O sonríen
Con sus caritas coquetas
Asomadas al balcón de las macetas.
La lectura del poema remite a lo que sus críticos señalan: amor infinito por su tierra, la de verdes valles, montes escarpados y, luz que refleja serenidad bucólica, que no ha de tener en la gran ciudad: de las cuales, Fabela, llega a conocer muchas para su fortuna de vida diplomática y andariega. Jamás ha de olvidar a su Atlacomulco. Lenguaje directo, sencillo, es prueba de que el buen lector —él lo fue—puede crear con lenguaje de su pueblo poemas de gran aliento: él mismo, lleva alma y corazón. Al leer al veracruzano Salvador Díaz Mirón, con este fragmento del poema El arroyo: Oh gentil arroyuelo cristalino / quisiera en tu camino / ser una flor abandonada y sola, / rambla de arena en tu brillante cauce, / sombra de un cisne atravesar en tu ola, / o en tu orilla temblar, sombra de un sauce; / quisiera ser tu brisa lisonjera, / ser no más una gota de tu lodo, / un eco de tu voz… porque quisiera / menos alma que piensa, serlo todo!
De esos poetas le viene la sensibilidad al sabio gobernador, que es ejemplo para la posteridad: aunque al paso de los tiempos se olviden de él, al seguir sus huellas; lo mismo en Mariano y Vicente Riva Palacio, Vicente Villada, Felipe N. Villarello o Agustín Millán, que en su vida ética, dejan junto con su amor por México y lo mexiquense, recuerdo de cariño y afecto perdurable. Prosigue el internacionalista después con su poema al decir:
Los geranios de mi tierra
Son frescos como el viento de la sierra
Y suaves como la piel del durazno
Y la tez de sus doncellas
Que son bellas
Porque parecen geranios.
Los geranios de mi tierra
Tienen alma vocinglera
Llena de gracia y donaire
Como el ave de primavera.
Comparar con poemas que su generación escribe, permite saber dónde el político, escritor, hombre de cultura, diplomático e internacionalista queda con ese sentimiento por lo que le es propios en su alma mexicana. Leo por ejemplo a nuestro Alfonso El sabio, don Alfonso Reyes que nos recuerda ese bello poema titulado Glosa de mi tierra: Amapolita morada / del valle donde nací: / si no estás enamorada, / enamórate de mí. / I / Aduerma el rojo clavel, / o el blanco jazmín, las sienes: / que el dardo sólo desdenes, / y sólo furia el laurel. / Dé el monacillo su miel / y la naranja rugada, / y la sedienta granada, / zumo y sangre —oro y rubí—: que yo te prefiero a ti, / amapolita morada.
Don Isidro en la soledad está con el alma en una mano y en la otra compone los siguientes versos del mismo poema:
Mis geranios cantarinos
Aconsonantan sus trinos
Con los gorriones parleros
Esos locos tempraneros
Que cantan su libertad,
Con sus notas de cristal
En la eclosión matinal.
Porque mis geranios cantan
Y encantan;
Cantan
Sus amores a la vida y al amor
Cabe el aire y el dolor
De la tierra profunda
Por el agua y por el sol;
Cantan con sus variados matices,
Sus deslices
Con la noche y con la luna
En una
Sinfonía orquestal
Que Dios quiso que en mi tierra
Pareciera
Celestial.
Carlos Pellicer, del Grupo Contemporáneos, generación que viene a inicios del siglo XX versifica lo siguiente en su amor por la selva tropical que le toca como privilegio al nacer en tabasco, tierra de verdor y manantiales por doquier, escribe versos que titula Segador: El segador, con pausa de música, segaba la tarde. / Su hoz es tan fina, / que siega las dulces espigas y siega la tarde. / Segador que en dorados niveles camina / con su ruido afilado, / derrotando las finas alturas del oro /echa abajo también el ocaso.
Don Isidro, el poeta, tiene en su mano el temblor del creador, el sentimiento que ahonda el espíritu, y el recuerdo, en su bella tierra que tanto ama, que quizá un día no ha de estar para ver sus paisajes, para ver el crepúsculo, y versifica lo que en el ensayista sería motivo de hondas reflexiones sobre lo que sobrevive más allá de la muerte: sus claveles que tanto ha llevado, como Alfonso Reyes su sol de Monterrey, así el poeta de Atlacomulco, escribe:
Cuando yo muera
Que será cuando Dios quiera
—Más no muy pronto, Señor—
De tu divino favor
Quiero
Y espero
El milagro de vivir
Aún más…
Porque a mí infinito amor
Le queda mucho que dar
A los demás…
¡Señor del Huerto!
¡Señor del Huerto!
Cuando yo muera,
Que me cubra una montaña
De geranios de mi tierra.
Un poema para ser recordado, no sólo sus libros en prosa titulados La tristeza del amo o ¡Pueblecito mío! Deja el gobernador sabio de sólo 3 años y medio en el mando estatal. Prueba que no se debe sólo de gobernar una entidad en la ignorancia de todo que da por resultado un ejecutivo ocurrente y caprichoso. Sino el sabio que nació para gobernar sabiendo lo que hace por el bien de su pueblo.
Lástima que de estos ejemplos no tengamos mucho. La sensibilidad y el escribir con el corazón apasionado y honesto al paso por la vida es lo que hace grande a un gobernante. Saberlo honrado y sabio es lo mejor en la vida del político. Saberlo poeta y político, es pensar que en la realidad los sueños de tener gobernadores excepcionales sí es posible en vida.

