Los ideales de Colosio

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“Veo a ciudadanos angustiados por la falta de seguridad, ciudadanos que merecen mejores servicios y gobiernos que les cumplan. Ciudadanos que aún no tienen fincada en el futuro la derrota; son ciudadanos que tienen esperanza y que están dispuestos a sumar su esfuerzo para alcanzar el progreso.”

Luis Donaldo Colosio Murrieta

 

Para nosotros, los que somos hijos del barro, del maíz con color de bronce, que tenemos sangre de batallas; y seguimos aprendiendo a amar el suelo que pisamos, los que palpamos constantemente en nuestras interminables caminatas al ocaso y el  sentir de una raza cosmopolita; reconocer las hazañas de mujeres y hombres construyeron con su transitar el cielo de esperanza que hoy nos cobija es un deber civil, moral e intelectual, es reconocer que la centella del pasado; da fulgor a las estrellas de nuestro porvenir.

En la hecatombe de la indiferencia, surge como en glorias pasadas; la necesidad de mujeres y hombres que defiendan los ideales más sublimes de la libertad, que se manifiesten vigorosos hacia el camino de la verdad, para denunciar pero ante todo; para recrear espíritus como el del tribuno Luis Donaldo Colosio Murrieta, que veía en el porvenir de México la necesidad impostergable de asistir al necesitado, de educarse para poder edificar un buen gobierno, dejándonos un testamento que como halo redentor entra en lo más profundo de nuestro ser al instarnos al compromiso de corresponsabilidad que tenemos con nuestra Nación.

Hoy los tiempos ungidos de respuestas nos mueven a ser ciudadanos comprometidos, capaces de edificar en nuestro entorno mejores escenarios para vivir; ciudadanos que tengan la fuerza y la valentía de levantar la voz ante la adversidad, dispuestos a dejar con sus actos la huella por donde habrán de cruzar las nuevas generaciones, esas que como luceros han de brillar en la bóveda de las ilusiones y los más grandes anhelos, para hacerlos brillar más tarde con nuevas glorias, plagadas de identidad pero con miras de futuros venturosos.

Por eso, es necesario entender cómo fue que nuestros próceres surcaron la barrera de la adversidad para lograr el éxito personal, profesional y colectivo; siendo semilla de cambio en su generación y en las generaciones subsecuentes, comprendiendo la influencia de su época. Las nuevas generaciones deben sentir el pecho henchido de orgullo al rememorar el andar de nuestros prohombres; porque necesariamente hemos avanzado, disfrutamos del derecho a defender nuestra identidad, nuestra libertad y nuestra cultura al amparo de las glorias sempiternas que fueron construidas gracias a la cultura del esfuerzo, plagadas de lucha y de sentido pertenencia a las raíces de un proyecto al que se aspira desde el nacimiento: nuestro destino.

Así nos encontramos con la vida de un hombre que naciera el 10 de febrero de 1950 en Magdalena de Kino, Sonora, heredero de la raigambre social del esfuerzo, de esa que labran los seres que tejen poco a poco una vida de frutos prósperos, que primero han pasado por el trabajo constante y permanente, después por la preparación profesional y la experiencia de vida, para irse forjando una brecha en la fronda de los resultados, en la posteridad del recuerdo por sus acciones y sus talentos.

Joven de espíritu fuerte que aprendió mediante el uso correcto de la palabra a dibujar el dolor social; que musitara permanente los hechos y acontecimientos históricos que encendieran el pebetero de la necesidad de un cambio social; que diera a conocer el dolor social que como un volcán paría seres de fuego, rompiendo su molde y emergiendo para dar luz a una humanidad sedienta de justicia; así como en el monte de la buenaventura el rabí de Galilea habría sus labios taumaturgos para pronunciar su sermón de redención.

Ese torrente de la palabra convertido en acción definió su vida, desde los certámenes de declamación, haciendo excelso el verbo de los sentimientos; hasta la oratoria como el bello arte de persuadir conciencias por medio de la palabra, fue ciclón que arrolló tras su paso a los tartamudos de conciencia; mediante la palabra ganó un sinnúmero de partidarios, pero arrastró a su paso con un gran número de adversarios porque es bien sabido que aquellos que se atreven a denunciar verdades tarde o temprano tienden a ser juzgados por los escépticos.

Cultura, palabra en libertad hecha memoria; bajo ese tintero de pensamientos libertarios encontramos la vida de Luis Donaldo Colosio Murrieta, el hombre formado académicamente cercano a la gente, el catedrático, el servidor público, el hombre afable y amigable, el padre de familia, el fatídico candidato a la presidencia de la República, el hombre que el 6 de marzo de 1994 en el monumento a la Revolución incendiará el territorio mexicano, con el campo florido de las ideas de libertad; de igualdad y fraternidad entre los mexicanos, opacando al gobierno en turno pues señaló con índice flamígero sus debilidades; es Colosio el coloso mexicano que se imbuye en la mente de sus paisanos y reconstruye la epígrafe de sus pensamientos: la esperanza.

Sabemos del valor y portento que tiene la palabra, del vigor que construye en quien se apropia de ella, de la sacramental esencia de la humanidad cuando nuestra voz prorrumpe el silencio para acrisolar en el sonido, las ideas que han de aguijonear a las almas combatientes; y es que la palabra es acción en potencia, un ciclón de ideas, un escudo de defensa ante la iniquidad y la injusticia, una llama que consume la indiferencia, es el más grande regalo que de lo alto nos ha sido entregado, porque en el principio era el verbo y el verbo se encarnó para habitar entre nosotros según las letras del evangelio según San Juan.

Así pletórico de añoranzas y sediento de acción, el verbo se apodera de almas rebeldes para defender las causas justas, por eso estrechamos en el verbo de nuestros prohombres los discursos que fueron cincelados en la pared de la inmortalidad; en ese faro que alumbra, tiene su sitial la voz de: Luis Donaldo Colosio Murrieta (el orador sacrificado), quien ocupó la palabra convertida en diosa a través de la oratoria, para ejercer la política con la esperanza de sanear el corazón herido de una Nación.

Fatídicamente el 23 de marzo de 1994 Colosio, el candidato presidencial que conecta con el pueblo mas no con los intereses en juego, es cobardemente asesinado en Lomas Taurinas, Tijuana; pero, las balas del odio y el resentimiento no pudieron silenciar al hombre, la venganza política no cobró factura, pero sí arrancó notas al cuaderno de la inmortalidad y hoy a casi 27 años de su partida física el ideal colosista sigue vivo; las campanas cantan la esperanza de México y seguimos convencidos de que por las causas de México, por las causas de la humanidad, es necesario: “reformarse o morir”.