Los milagros se admiran, no se explican: “La mirada” de las Observaciones a la Rama Dorada de Frazer II
- El asombro ante el sentido
Ya apartados de la excesiva claridad de la ciencia, podemos empezar a comprender que la mirada de Wittgenstein renuncia a nuestros impulsos internos a la hora de acercarnos aquellas formas impenetrables porque, discutido el problema anterior, le interesa que eventualmente podamos llegar a ver el mundo cómo, hace en la religión: sin ningún velo que lo cubra. Es decir, poniendo la atención en los estados originarios y más puros de las cosas y dejando brotar nuestro asombro ante ellas, como hacían los creyentes de la antigüedad. (Cfr. Wittgenstein, 1995, págs. 38-39).
Este asombro al que llegamos cuando cruzamos la barrera de lo impenetrable tiene un doble sentido que se debe aclarar. Porque, por un lado, sirve como prueba de haber captado todo lo que antes no se podía; y a la vez, de haber podido acceder a una nueva facción propia de nuestro interior que él llama el espíritu auroral del hombre: una suerte de estado primigeneo de la conciencia o, más bien, de la naturaleza humana, que aún reverbera en nosotros pero que hemos perdido por la hiperespecialización del conocimiento científico y por la actitud intelectualista que ha conducido a la filosofía desde el último siglo y medio. Con esto, Wittgenstein trata de ir más allá de la idea de que nos sorprendemos ante aquello que ignoramos una vez hacemos conscientes las limitaciones de nuestra mirada, y así presentarnos lo que encuentra en el seno de las particularidades de lo mágico y lo religioso que, le parece, puede enriquecer el sentido de asombro como inicio del filosofar, para finalmente mostrarnos un aspecto, un rostro, que puede decirnos cosas sustantivas sobre nosotros mismos.
Según esto, cuando captamos la profundidad y el significado de una forma de vida religiosa o mágica, en el fondo estaríamos hacemos una suerte de reminiscencia en la que volvemos a un estado de conciencia que ahora llamamos primitivo, pero que esconde una forma de conocimiento no “tradicional” de un gran poder, que se caracteriza por estar libre de todo el aparato conceptual que suele rebestir nuestros razonamientos, y por dejarse abasayar por la belleza de la conformación pura del mundo al hablar sobre él. Entonces, el asombroso en tanto resultado de la conexión con las intenciones de las comunidades que antes se escondían bajo una capa impenetrable de oscuridad, no solo es un aspecto propio de nuestro espíritu que Wittgenstein logra mostrarnos en el texto, sino que además, es uno de sus argumentos principales con los que pretende sugerirnos la potencia de su mirada, porque la prueba más fiable de ella, nos dice, es que resuena dentro de nosotros mismos al margen de nuestras convicciones:
El principio según el cual se ordenan estas costumbres es mucho más general de lo que Frazer dice y existe de tal modo en nuestra alma que podríamos ima¬ginarnos aquellas posibilidades. (…) ¿Cómo podría haber dejado de impresionar al espíritu del hombre al alba el fuego o la semejanza del fuego con el Sol? Pero ¿no es acaso que ‘por que no se la pueda explicar’ (la tonta superstición de nuestro tiempo), cuando se ‘explica’ deja de impresionar? (Wittgenstein, 2009, págs. 314-316).
Las anteriores observaciones, según lo expuesto, parecen sugerir cómo Wittgenstein apela a un rasgo propio de nuestra personalidad para mostrarnos un aspecto que ha encontrado buscando en la oscuridad del pensamiento mágico y religioso, y cómo después lo hace eventualmente comprensible, abriendo con ello nuevas posibilidades y sentidos de las cosas que no podíamos ver desde nuestra mirada tradicional. Desde esta nueva forma de ver el asombro, por ejemplo, podríamos interpretar que incluso la actitud intelectualista ante el mundo podría ser una manifestación de cómo nos comportamos naturalmente ante lo desconocido, pero rebestida con un escudo conceptual ante lo que nos desconcierta.
Para alimentar esta recuperación y búsqueda de nuevos sentidos basada en añadir el asombro como pieza clave de nuestra sensibilidad filosófica, entonces, Wittgenstein estaría proponiendo normalizar los acercamientos filosóficos a lo mágico y a lo religioso para entrenar nuestra mirada, y así acostumbrarnos a mirar entre las sombras o, lo que es lo mismo, Aprender a ver un milagro, en palabras de Krebs. Y así, empezar a enriquecernos a partir de cómo la parte ceremonial del hombre se manifiesta tras la diversidad de todas las prácticas rituales que existen en el mundo. Lo que es, finalmente, la dimensión tácita de las acciones de la magia y la religión que a Wittgenstein tanto le interesan.
Comprendido hacia dónde va el sentido del concepto de asombro en Wittgenstein, solo le queda a nuestro análisis entender cuáles pueden ser algunas de sus potencialidades en consonancia con lo que nos da el texto. Pues, develado este aspecto, su segunda parte se enfoca en, a partir de él, pensar las prácticas rituales que más le interesan en La Rama Dorada para averiguar qué cápsulas filosóficas le pueden ofrecer, ahora que se ha dejado claro que su riqueza se encuentra en el espacio primordial que dan a la imaginación a la hora de expresarse sobre el mundo, en su independencia de los razonamientos lógicos tradicionales, y sobre todo, en su expresión pura, muy al margen de si esto se hace utilizando conceptos o si quiera palabras. En otras palabras:
Si se acepta como evidente que el hombre goza con su fantasía, entonces hay que tener en cuenta que dicha fantasía (…) es una configuración compleja compuesta de partes heterogéneas: palabras e imágenes. (…) Operar con signos escritos y hablados no debe contraponerse al operar con ‘figuras imaginativas’ de los acontecimientos. (Wittgenstein, 2009, pág. 317).
Gracias a estos matices, podemos -para poner un par de ejemplos a modo de cierre- dejar de ver estupidez para pasar a ver el rostro noble de las tribus africanas de la antigüedad que, conociendo de sobra por pura repetición las épocas del año en las que lloverá candorosamente, como nos narra Frazer, se esfuerzan doblemente en los rituales ofrecidos a los dioses para que este fenómeno sea posible. Y es que, no es que no sepan que en ciertas épocas del año llueve considerablemente, sino que, desde dichas cosmovisiones, la naturaleza no se concibe como un un medio al que poder explotar o del que poder disponer a gusto del consumidor sino que se configura en una entidad que responde según cómo se la trata; cosa inconcebible para gran parte de los paradigmas de occidente, caracterizados por mantener un sentido ético en sus acercamientos al medio natural, más bien ajustados a la necesidad que se tiene de que este no se destruya indefinidamente, teniendo como fin último el poder seguir extrayendo recursos de él.
Coda
Desde lo que hemos presentado aquí, creo que también se nos hace más comprensible la profunda mirada del mago o del chamán de la antigüedad que según Frazer practica ‘magia homeopática’ porque cree que sus conjuros tienen rigor científico, y podemos ver que, en realidad, este no responde a una ignorancia supina de lo que hoy sabemos sobre la biología sino a una misión como curandero enfocada a entablar negociaciones con la enfermedad que ha tomado el cuerpo, admitiéndola a como soberana de él en tanto lo ha elegido para vivir. Algo que constituye, en cierto sentido, un acercamiento a lo biológico igualmente inconcebible actualmente, cuando en biología, más bien, la comprensión de lo vivo se limita a someterlo por entero.
En suma, las Observaciones a La Rama Dorada de Frazer constituyen un texto capaz de mostrar cómo algunos problemas filosóficos necesitan un cambio de rigor, sin que esto, de ninguna forma, presuponga su ausencia. Muchos menos si tenemos en cuenta que, como se había planteado al inicio del trabajo, el propósito de Wittgenstein era, en primer lugar la tamaña tarea de ensayar un cambio de mirada para penetrar en una de las facciones de lo indecible más oscuras pretendiendo ni perder ni sesgar su sentido. Y, en segundo lugar, tratar de representar sus ideas haciéndolas resonar siempre dentro de nosotros mismos para probar la riqueza que tienen los aspectos que nos quiere mostrar. Pues, muy al margen de la posición filosófica que se tenga, lo expuesto por Wittgenstein, en último término, sugiere que abrazar un giro hacia lo estético ante lo que no conocemos, responde a un profundo compromiso con las connotaciones éticas que subyacen al hecho de cómo nos acercamos ante las cosas que no conocemos.

