Los poetas de Toluca

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Lo aquí contado no será fácil de relatar, ni ahora ni en otro tiempo cuando la profesión tiránica obligue a guardar encierro o resguardo o hastío y la vejez irrumpa  eliminando la memoria certera. El amor a la tierra, a la patria chica ha sido el criterio común que unió a decenas de poetas nacidos y criados literariamente aquí; sentimiento aunado al talento y elocuencia, así como al amplio conocimiento del vocabulario y la erudición, componentes indispensables para ser poeta en Toluca.

La altitud a la que se encuentra localizada Tollohcan (topónimo en náhuatl, 2,680 metros sobre el nivel del mar), la hace grande por igual. Enorme con su imponente Catedral y a sus pies la Plaza de los Mártires, ella misma a las faldas del Xinantécatl,  un volcán vigilante que todo lo impone, vientos, agua y clima. El frío característico de la ciudad ha marcado el temperamento de su literatura, helada, glaciar, río de corrientes menores como su hidrografía, pero capaz de florecer un valle extenso aunque sea para contaminarlo después. Ciudad industriosa y ahora turística, ha creado una pléyade de figuras literarias, nombres de letras de oro en los recintos clásicos y neoclásicos de la ciudad.

Romanticismo, naturalismo, realismo, vanguardia, son movimientos que vinieron y fueron, sin alterar la vida académica de Toluca, ciudad donde el reconocimiento y popularidad lo otorga la misma urbe, forjando sus mejores hombres y mujeres de letras quienes viajan a otros países a recibir palmas académicas, condecoraciones y cuya obra se encuentra reunida en Colecciones, Antologías, Sonetos, Epístolas, Romances, Obras completas de gran complejidad.

Abogados, profesores, filósofos, literatos, ingenieros, sacerdotes, pintores y otros, son los giros profesionales que se tornan abandonados o compartidos, destruidos  a veces por la pasión de la Poesía.  La provinciana Toluca hizo presa de todos ellos, seduciéndolos con sus Juegos Florales llenos de misterios y sus claustros oscuros, colegios rancios repletos de maestros y discípulos obedientes de las más estricta preceptiva europea. Luego vino la revolucionaria etapa de la Revolución Mexicana y los papeles intelectuales cobraron su vigorosa crueldad, la vocación tuvo que lidiar con la pobreza y las políticas culturales y de ahí las sonadas conquistas de los premios nacionales, las becas que se convertían en privilegiados exilios en Europa o  en comisiones diplomáticas en Oriente.

Los paisajes de alrededores, la arquitectura de la capital mexiquense, las calles, los Portales cedieron el paso a las inquietudes de nuevas generaciones. El decoro de las letras fue cambiado por consignas sociales, ansia de libertad, y Horacio y Virgilio quedaron por un tiempo olvidados. Lo nuevo era el Norte, la expresión deliberada, provocadora, performática, la palabra en acción, todos frente al capitalismo en un franco hippismo-beat. Para este entonces, los poetas ya no eran poetas solamente, ahora se habían transformado en una suerte de políglotas enciclopédicos, pues además debían ser críticos, ensayistas, periodistas, editores, docentes y especialmente promotores culturales. Vivir del presupuesto cultural se convirtió en una materia más a dominar.

La globalización tomó por sorpresa a Toluca La Bella, la injusticia y las desigualdades fueron enmascaradas por años, hasta que sus hijos poéticos reaparecieron en forma de colectivos, grupos independientes, editoriales caseras y fanzines de mala factura que entablaron una lucha poco cordial contra lo institucional estableciendo bandos rivales. A partir de esta división, cada grupo de creación literaria constituía una línea enemiga para el grupo vecino todo esto bajo la vigilancia de las producciones universitarias. Los mismos poetas se convirtieron en censores de los poetas.

La Poesía poco tenía que aportar al surgimiento de las figuras patriarcales de los años ochenta con poca o nula participación de mujeres escritoras, situación que se vería modificada en la siguiente década con la irrupción de los portentos femeninos, herederas de la labia de la Fénix de América. Así ha sido, curiosamente. Los foráneos fueron relegados por considerarse nocivos, los extranjeros, bien recibidos por el glamour que aportaron. Sin embargo, la historia posmoderna nos instruye a la concordia y a lo terrígeno, con una mezcla holística de no intervención, pero sana convivencia con las potencias literarias de la lengua materna. Así, contar con un posgrado en el extranjero asegura la supervivencia editorial y la vigencia en lecturas programadas durante festivales oficiales que son fotografiados en diarios de circulación estatal. Los encuentros literarios son quizás, el resultado natural de la aparición de internet, el medio de la información donde todo está conectado, esa gran biblioteca inmediata que se apresura a arrojar versos tras consultar el nombre de algún poeta.

Hasta aquí, el entorno, la selva en la que pequeñas y grandes especies de poetas destellan colmillos, despliegan plumajes y tienden trampas para defender territorios ganados, medallas, reconocimientos. Y es completamente normal, la competitividad es un rasgo humano presente en toda área del conocimiento, la Poesía es conocimiento, poder.

Este bosquejo histórico y catártico no representa más que la intención de anular la sinrazón poética, ese obstinado vicio de pasar unos encima de los otros. Toda expresión poética merece respeto y consideración, pues en su esencia, ha sido creada en un momento y lugar que pertenece a una comunidad no a un individuo. La era que nos toca compartir. Plantea desafíos aún más restrictivos que antes, si nadie lee poesía, si escasamente se lee entre la población, no tiene sentido continuar con la descalificación de los trabajos ajenos cuando un frente común es la única opción posible. Poesía mientras tanto, duerme en sus laureles, mecida por las musas.