Los premios
¿Para qué sirven los premios? Desde que la civilización clasificó los atributos y capacidades, se ha reconocido a aquellos que destacan, simplemente así, los mejores, los Aristos de Grecia, aquellos que no se podían condecorar en el Olimpo y vivían entre los mortales. De ahí que las Olimpiadas o cualquier otro certamen llamado de diferente manera, hubiera cumplido esa función. La palabra premio, entendida como recompensa no se despega de lo dicho y resulta que a las cualidades se les compensa o remunera. Así, los méritos tienen precio por merecidos y serviciales. Bien, lo que se cosecha prae (primero que todos los demás) y em (se toma antes que otro lo tome): praemium, lo que se agarra en franca prerrogativa y ventaja.
Adiestrada a ser la mejor estudiante por un alto mando castrense –mi madre–, debería estar más habituada a la competitividad, será que la laxitud de mi interés por los premios vino después de intentarlo por un largo período juvenil de desencanto, cuando la misma obra fue rechazada y rechazada secula, seculorum. De acuerdo, ese tipo de acciones vengativas contra el mismo filum de escritores no debe perpetuarse. Estoy casi segura, que ya identificaban mi firma anónima.
Nunca he ganado un concurso ni rifa ni boleto de lotería. Nunca he ganado en nada ni a las vencidas. Mi foto nunca ha resplandecido desde algún cuadro de honor. Sé que hay premios de todos tipos, desde el más prestigioso hasta el más desconocido, del Nobel al Oscar, pasando por el MIllion’s Poet, el Planeta, el Memorial, el Ibsen, el Prince of Poets, el de las Ferias Internacionales del Libro para escritores. Qué bien que los haya. Felicidades al próximo.

