LOS QUE SIEMBRAN EL VIENTO…

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Llegas a tu casa, luego de un largo día. Te quitas los zapatos, enciendes la radio justo a la hora de tu programa musical favorito; estás disfrutando de una deliciosa cena y escuchando la canción de moda y entonces, ocurre: la voz familiar de tu reportero más confiable, interrumpe la transmisión para informar que hostiles habitantes del planeta Marte, invadieron la Tierra –muy cerca de donde vives– y que la humanidad se enfrenta, esa misma noche, a su inminente extinción: el fin del mundo ha llegado. ¿Cuál sería tu reacción?

Hace 73 años, la emisora ecuatoriana Radio Quito, puso en el aire una dramatización ¡muy realista! de la novela La Guerra de Los Mundos de H.G. Wells, sin explicarlo adecuadamente, a sus oyentes. Para hacerla más creíble, la semana previa, el diario El Comercio había publicado noticias sobre ovnis avistados en suelo colombiano. Durante la transmisión, agregaron efectos de sonido y contrataron actores que suplantaron a autoridades del gobierno. Los actores, convencieron a los ciudadanos de que era ¡imposible repeler el ataque! El pánico tomó la ciudad.

El director de radionovelas y reportero, Leonardo Paéz fingió su propia muerte, a manos de los marcianos y cuando notó la enorme reacción del público, confesó el teatro, pero la multitud enajenada, se apostó frente al edificio que albergaba la radio y el diario; ya no discernía entre razón y emoción, entre verdad y mentira, y le prendió fuego. Las llamas consumieron la vida de seis personas y el prestigio de Páez, quien no fue perdonado. Autoexiliado, escribió un libro: Los que siembran el viento (1982), que narra lo acontecido esa fatídica noche de febrero. En el prólogo, escrito por un testigo, se lee:

a veces sin querer, ‘sembramos vientos y cosechamos tempestades’.

La idea de aquel montaje no fue original. En 1938, un joven Orson Welles, contratado por la cadena CBS para dramatizar obras literarias en la radio, informó que la ciudad de Nueva Jersey, había sido invadida por un gas venenoso, y marcianos. Welles advirtió a los oyentes que representaban una obra de ficción, pero los ciudadanos no atendieron la advertencia y aquella noche previa al Halloween, más de un millón y medio de ellos, abarrotaron las calles, colmaron las estaciones de policía, colapsaron las líneas telefónicas… y protestaron airados, al día siguiente.

El fenómeno de masas que despertó la emisión radial de Welles, confirmó a los medios de comunicación masivos, como el poder más influyente sobre la opinión pública. Toda vez que algunos investigadores han puesto en duda los titulares de prensa describiendo las vastas proporciones a las que llegó. Cabe una pregunta: ¿por qué la prensa escrita pondría en primera plana, un evento radial, si ambos compiten por el ingreso publicitario?

Por ese entonces, la prensa escrita protagonizaba, algunos bulos periodísticos importantes. En 1935, por ejemplo, el diario neoyorquino The Sun, hizo creer a sus lectores, que el afamado científico John Herschel, había descubierto –con su potente telescopio– vegetación, fauna y hasta hombres murciélago que realizaban ritos religiosos, nada menos que ¡en la Luna! Los apetecibles números a partir de estas noticias falsas, llevaron a otros medios del gremio, a copiar su ejemplo y el sensacionalismo arañó su reputación. Ampliando el marco referencial, La Primera Guerra Mundial redujo el ingreso publicitario de los medios, destinado en su mayor parte, a la radio. Si la veracidad de la poderosa radio, disminuía entre la población, la porción de la torta, recibida por la prensa escrita, crecería.

Volviendo a Radio Quito ¿Por qué se le salió de las manos el experimento, a Páez?

Hablamos de un tiempo en que la radio –compañera inseparable de millones de personas– era sinónimo indiscutible de verdad absoluta. Aún en nuestros días, sigue siendo la plataforma con mayor alcance, grado de influencia y credibilidad. La más participativa. La dramatización en vivo, apeló al sentido de supervivencia de la población; tocó sus emociones más profundas y lo hizo, a través de un medio cercano, que los acompañaba día a día. Aquello, debió sentirse como la traición de alguien en quien confías tu propia seguridad y la de tu familia. Una decepción que, a través de los ojos de la confusión y la ira, reclamó ser expresada sin análisis y con presteza. Cabe en lo posible, que la razón, pudiera haber mitigado la histeria colectiva desatada frente a Radio Quito, pero los oyentes ya no estaban seguros de qué era real y qué no. Al ser percibido como traidor, el medio se convirtió en parte de una amenaza marciana que ya había encendido las alertas y temores de la turba. Ésta, actúa sin identidad y por instinto: se protegió, eliminando el peligro. Tal como en la época de quema de brujas, el miedo creó la amenaza y se elevaron las llamas.

Cada año, el célebre Diccionario Oxford elige una palabra, entre las más buscadas. En el 2017, el término fake news (noticias falsas) ganó el título al aumentar su uso en 365%. Las fake news son milenarias, basta revisar la historia de la civilización. También, hay mucho sesgo de confirmación: gente queriendo probar que su visión del mundo es la correcta, e imponerla. Es urgente empoderarnos en las competencias mediáticas suficientes que nos permitan acceder, analizar, comparar y evaluar contenido para distinguir entre verdad y mentira, dentro de una noticia. Hoy, más que nunca, la alfabetización mediática se constituye en la abanderada de nuestras libertades: Sospechar de las noticias que apelan con exageración a nuestras emociones, que no son coherentes con sus propios datos de base, que no son sustanciales, que no construyen, que tu propio olfato señala como rancias, detenernos a valorar si el contenido que recibimos tiene su origen en una fuente confiable, antes de actuar o compartir. Dar click es tentador, pero puede hacer la diferencia, para todos, sembrar buena semilla en tierra firme a fin de cosechar felicidad y tiempos de calma.